Duelo Migratorio
Lo que nadie te cuenta al partir

Al llegar a Chile, la venezolana Yohanna Zárraga descubrió qué era el “Duelo Migratorio” al ver a sus hijos extrañar la cotidianidad con sus cercanos, con su lenguaje, la comida, los olores y la geografía del lugar donde se criaron. Un fenómeno que, según especialistas, afecta a la mayoría de los migrantes.

Por Josefina Reyes y Claudia Saravia 
Video: Rodrigo Tapia / Ilustración: Catalina Hoyuelos

Cuando el 2018 Yohanna Zárraga (37) y su familia decidieron dejar Barinas, Venezuela, preparó maletas y embaló varias cajas. Pero una de las tareas que más tiempo le tomó, fue empacar los juguetes de sus dos hijos. De alguna manera y sin saberlo, Johanna pensó que las muñecas de Paula (8) y el Hombre Araña de Luis Gerardo (4) ayudarían a mitigar lo que los expertos denominan “Duelo Migratorio”, un fenómeno un tanto desconocido que se produce cuando las personas deciden o se ven obligadas a dejar su país y llegan a vivir a otro buscando nuevas oportunidades.

—Paula, ¿Qué es lo que más extrañas de Venezuela?

—La playa, el calor y mi perrito Moss—, contesta la niña con un tono triste.

Yohanna, sentada en el living de su departamento en la calle Diego Portales, en la comuna de La Florida, recuerda que una de las primeras situaciones que vivieron en Chile y que les provocó un “choque cultural”, fue la fiesta de Año Nuevo: “Nos tocó fuerte. No sabíamos cómo enfrentarlo porque nosotros normalmente salimos a la calle a desear un feliz año a los vecinos y amigos, mientras los niños juegan hasta las tres de la mañana”, recuerda.

Pero esa noche del 31 de diciembre de 2018 fue distinta: los Hurtado Zárraga estaban en el condominio donde viven los cinco miembros que componen el grupo familiar.  La casa aún no estaba amoblada completamente, el lugar les parecía frío, no conocían a sus vecinos y la gran fiesta junto a su familia venezolana que llegaba a reunir a 60 parientes, ahora era solo nostalgia.

Allí en medio de las celebraciones que oían desde el balcón del departamento, sintieron el peso de la decisión que tomaron el lunes 17 de septiembre de 2018. Yohanna tiene ese recuerdo marcado a fuego: miró la fachada de su casa y dijo: ‘Hasta pronto rancho’. Y tras cerrar la puerta, tomaron el taxi que los llevó al aeropuerto Luisa Cáceres de Arismendi de Barinas, donde abordarían un vuelo a Chile.

Qué es el duelo

Una calurosa tarde a mediados de enero, casi cuatro meses después de su llegada a Chile, Yohanna entendió la tristeza de ese 31 de diciembre cuando asistió al taller de Duelo y Estrés Migratorio en el Centro Comunitario de Salud Familiar (Cesfam) Doctor Ramón Corbalán Melgarejo de Santiago Centro. Allí la psicóloga venezolana Patricia Zavarce, le explicó de qué se trataba y cómo tenía que superarlo.

Según los especialistas del tema, cuando se habla de la migración es pertinente incluir el duelo como un proceso propio de este fenómeno, pues las personas que abandonan su país no solo pierden la cotidianidad con sus cercanos, sino que también con su lenguaje, la comida, los olores y la geografía del lugar.

Esto último es lo que le ha pasado a Yohanna en estos primeros meses: las arepas no saben igual porque no consigue en Chile la misma harina, ni los mismos quesos de su tierra. Además, los mangos, uno de sus frutos favoritos que adornan las calles de Barinas, acá en Chile es posible conseguirlos en supermercados o a un alto precio en las ferias libres.   

La literatura al respecto señala que el duelo migratorio no afecta solamente a quien se va, sino que también a quien decide no emigrar. A diferencia de un duelo por la pérdida de un ser querido, esta circunstancia tiene la particularidad de ser transitoria, pues quienes lo sufren tienen la opción de revertirlo y volver al país que dejaron atrás.


Si bien, existe una cercanía física entre los niños y sus padres, estos últimos no siempre están disponibles emocionalmente para sus hijos, debido a que se encuentran sometidos a un constante estrés por la preocupación de conseguir un trabajo estable, una vivienda y cumplir con el trámite de regularización, explica la psicóloga Laura Altimir.

La psicóloga de la Universidad Diego Portales Laura Altimir, explica que esta situación genera diversos cambios en el ánimo de la familia. Si bien, existe una cercanía física entre los niños y sus padres, estos últimos no siempre están disponibles emocionalmente para sus hijos, debido a que se encuentran sometidos a un constante estrés por la preocupación de conseguir un trabajo estable, una vivienda y cumplir con el trámite de regularización.

“Esto claramente tiene un efecto en los niños, más aún porque a ellos no se les pregunta, sino que se les avisa cuando la decisión está tomada. Por lo que no existe un proceso de elaboración de duelo y estos presentan dificultades al momento de integrarse a la sociedad, lo que muchas veces no es tomado en cuenta”, dice Altimir.

Enfrentando el duelo

En estos meses Yohanna se ha preocupado de que sus hijos no pierdan las costumbres arraigadas en su país. Desde algo tan simple como que sus niños le digan “koyak” al clásico caramelo que en Venezuela le llaman “chupeta”, hasta advertirles que las demostraciones de afecto entre parejas deben darse solo en un ámbito privado, ya que eso, según las tradiciones de su país, es lo correcto. Quizás en esos detalles, como mantener la bandera venezolana colgada en la pared del living del departamento, Yohanna ha intentado mantener vivo lo que le queda de Venezuela en su lenguaje y recuerdos.

La psicóloga Laura Altimir advierte que algunos de los síntomas a través de los cuales los menores manifiestan este proceso de estrés, son los siguientes: los niños se pueden mostrar irritables, más activos de lo normal, hiperquinéticos y rabiosos. En estos casos, es un experto quien debe diagnosticar y abordar este problema desde una perspectiva familiar, pues no siempre los niños cuentan con una red de apoyo suficiente.

Joseba Achotegui, especialista en psiquiatría y académico de la Universidad de Barcelona, en su artículo “Migración y Salud Mental: El síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple” (Síndrome de Ulises), señala lo siguiente: “la primera infancia constituye para los seres humanos una edad sensible, en la que se estructuran una serie de vínculos con las personas próximas, la lengua, el paisaje o la cultura”, por lo que es necesario que las familias presten atención a la conducta de sus hijos.


Luis Gerardo y Paula con los dibujos de su maleta. Fotografía de Rodrigo Tapia.

Vivir el duelo

Los expertos recomiendan iniciar una terapia sicológica en caso de que los menores presenten ciertas conductas que evidencien el grado de afectación en ellos, sin embargo, en nuestro país la incorporación de la población migrante al sistema de salud ha sido un proceso que ha tomado varios años.

En un principio la Constitución del 80 del dictador Pinochet no contemplaba del todo a los migrantes en el Plan Nacional de Salud, pero dicha medida nunca se concretó.

En la actualidad los migrantes, sean regulares o no, tienen derechos asegurados en el sistema público. Sin embargo, la salud mental es un tema no resuelto por las autoridades: Según el Plan Nacional de Salud Mental 2017 -2025, señala que Chile es uno de los países con más bajo presupuesto para salud mental, con tan solo el 2,4%. Esto difiere de otros países miembros de la OCDE que triplican este gasto.

Para Altimir, experta en migración, el déficit de psicólogos y psiquiatras presentes en los centros de salud pública, sumado a la falta de recursos por parte de los extranjeros para optar a las terapias privadas, genera un problema para los chilenos y más aún para los migrantes.

Ese 15 de enero, en el taller de duelo migratorio, la psicóloga Zavarce le recomendó a Yohanna iniciar un duro proceso de adaptación: dejar de idealizar su lugar de origen, evitar llorar cuando recuerda las playas de Venezuela y aceptar, de a poco, que las arepas que amasa junto a su madre con harina chilena son parte de las decisiones que deberá asumir.

Mientras Yohanna vive el duelo, Paula y Luis Gerardo, sus hijos, ya se proyectan para el futuro: la niña quiere ser bailarina o veterinaria y el pequeño Luis Gerardo sueña con ser el Hombre Araña, muy parecido al juguete que Yohanna empacó en su maleta.