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Las vidas de un ingeniero que apoya el 18-O
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Las vidas de un ingeniero que apoya el 18-O

Pablo Nova estaba en el balcón de su departamento, cuando de pronto recibió un balín en su cuello, transformándose en una víctima más de la represión policial tras el estallido social. Una historia personal de superación social y económica que explica por qué, a pesar de ser parte del 10% más rico del país, Pablo apoya las movilizaciones.

Por Javiera García

28 Enero 2020

La mañana del viernes 18 de octubre, Pablo Nova Castro, ingeniero en construcción de 32 años, salió de su departamento en Seminario con Providencia, rumbo a su trabajo en la empresa Pares y Álvarez, ubicada en Las Condes. Como cada viernes, llevaba un bolso con ropa lista para viajar al final de la jornada a su casa en San Pedro, Concepción. Allá lo esperaba su pareja desde hace cuatro años, Martina Pérez, y la hija de Pablo, Fernanda, de sólo ocho años.

Ese viernes, Pablo trabajó de forma regular, hasta que las noticias sobre la evasión en el Metro fueron empeorando. Normalmente, su horario de salida era a las 4 de la tarde, pero ese viernes se adelantó al mediodía. “­Estoy complicado, la verdad. No sé si voy a poder siquiera tomar el Metro o el bus”, le comentó Pablo a Martina por teléfono.

Martina es docente de enseñanza básica en el colegio Marina de Chile, establecimiento público ubicado en Concepción. Ese día estuvo en una reunión para celebrar el día del profesor, por lo que no estaba muy enterada de la situación que se vivía en Santiago. Cuando Pablo la llamó, y en la medida que sus colegas también comenzaron a recibir información, entendió la gravedad de la contingencia.

Pablo llegó a Estación Central en Metro. Ahí, un grupo de 50 estudiantes evadían pagar el pasaje. A pesar del alboroto, logró tomar el bus.

“Voy en camino, pero hay un ambiente muy difícil acá, es medio caótico”, le advirtió a Martina por teléfono.

El viaje se dio sin problemas y una vez en Concepción, la pareja se dispuso a ver las noticias. Las llamas que surgieron en el edificio corporativo de Enel fueron lo que más les llamó la atención, así como el frenesí de la gente en las calles de Santiago.

Sabiendo que la situación podría propagarse a Concepción, Pablo decidió salir en la tarde del sábado, con Martina y su hija, a caminar y observar la manifestación. Eran las seis de la tarde. La concentración en Plaza de la Independencia, rebautizada por los manifestantes como Plaza de Lautaro, ya era todo menos pacífica, y los saqueos podían apreciarse.

Infancia y rebeldía en Hualpén

Pablo Nova entiende el enojo de la gente. No participa de la violencia ni de las consignas de los manifestantes, pero observa y los ayuda cada vez que puede cuando los ve acechados por las lacrimógenas a las afueras de su edificio en Santiago. Aunque el ingeniero pertenece hoy al 10% más rico de la población, entiende el malestar, pues pasó necesidades económicas importantes en su infancia y adolescencia, como falta de agua y luz.

Cuando Pablo tenía cinco años, su padre, Carlos Alberto Viviano Nova Seguel, tenía problemas con el alcohol y ese mismo año 1992 se fue por primera vez de la casa. La situación se mantuvo de esa manera intermitente durante los siguientes tres años, hasta que en 1995, cuando Pablo tenía ocho años, su padre se fue definitivamente. Desde entonces han pasado 27 años sin verse.

Cuando Pablo Nova tenía seis años, él y su madre se fueron de la casa de la abuela materna donde vivían. En un principio, el hermano mayor Leandro Nova los acompañó, pero su estadía también comenzó a ser esporádica. Viajaba entre la casa de su abuela y la de su madre, hasta que en segundo medio se quedó permanentemente donde su abuela, ya que le quedaba más cerca el colegio. Esto llevó a una separación entre ambos hermanos, una brecha que no se retomaría totalmente, hasta ya adultos y con familias.

Solo con su madre, Pablo Nova vivió su peor situación económica entre los seis y los diez años. Su madre, Rita Castro, es descrita por su hijo como una mujer depresiva. “Ella es una persona que se levanta en el departamento y puede estar todo el día sin salir, sin cocinar, sin hacer nada”, explica Pablo Nova sobre la personalidad y comportamiento de su madre.

Cuando Pablo Nova era niño, Rita del Carmen Castro trabajó haciendo aseo, pero no duró mucho tiempo. También recibió una pensión por parte del Estado de unos $7.000 pesos, por haber sido atropellada por un carabinero. Entonces Nova iba en primero básico. Ante la ausencia del padre de Pablo y su hermano Leandro, la mujer obtuvo una pensión alimenticia por parte del abuelo paterno de sus hijos. Fueron $14.000 pesos por niño, que con el tiempo aumentaron a $28.000 pesos. Algo que se acabó, entre los años 2000 y 2006, cuando los hermanos ingresaron a la universidad.

Exceptuando las pensiones, Rita Castro no generó mayores ingresos. Además, cuando Pablo Nova tenía entre cinco y siete años, su madre sufrió una parálisis, quedando postrada por dos años. Todos esos episodios llevaron a que en ocasiones, no hubo luz ni agua en la casa.

“Cuando me iba a dormir a mi pieza, el poste de la calle Los Alpes, que estaba afuera de mi cuarto, era mi forma de poder ver”, recuerda Pablo Nova sobre su infancia. “También para bañarnos, mi madre calentaba agua en la cocina. Así lo hacíamos”.

Ante esta situación, Pablo Nova comenzó a trabajar a los 10 años. Él, usando una escoba de su casa, salía a las 6:30 de la mañana e iba limpiando la misma calle donde vivía en la Población El Triángulo en la comuna de Hualpén. También limpiaba las entradas de los locales, donde los dueños, que ya lo conocían, le daban dinero. Además, aseaba el piso de las micros, así los choferes lo acercaban a su liceo, el Blanca Estela Prat Carvajal, sin cobrarle.

A los trece años, Pablo Nova comenzó a trabajar envolviendo productos en un supermercado donde en días buenos podía recolectar unos $50.000 pesos. A los 18 años llegó a ser reponedor.

A pesar del trabajo y el estudio, Nova tuvo problemas en el liceo y en su vida diaria. Vivía en un sector muy pobre, donde hay pandillas y droga. Él mismo se vio involucrado con un grupo de su vecindario, donde comenzó a tomar alcohol y a mostrarse agresivo frente a bandas rivales, para demostrar fortaleza.

En la enseñanza media, vivió varios cambios de colegio, justamente por su conducta. En el 2001, cuando cursaba Primero Medio en el Liceo Pedro del Río Zañartu fue expulsado por mal comportamiento. Nova nunca le llegó a pegar a nadie, ni a insultar a un profesor, pero si un compañero lo miraba mal, él no dudaba en responder en forma altanera.

“Yo, como le llaman en la jerga, era solo. Era al que miraban feo y me iba encima. No pegaba, simplemente, le echaba las paltas, como se dice”. Eso llevaba a denuncias de los padres contra Nova quien al ser grande, moreno, alto y con tatuajes en su brazo derecho, intimidaba fácilmente a los demás.

En el 2002 ingresó al Liceo Industrial de Hualpén donde alcanzó a estar tres meses: él decidió dejarlo, por rebeldía. Un año después, retomó sus estudios en el Liceo Lorenzo Arenas Olivo. La decisión fue impulsada de algún modo por su hermano Leandro, ya que Pablo no quería defraudarlo ni ser menos que él.

Calle Seminario al llegar a Avenida Providencia en Santiago.

Un balín en el balcón

Actualmente, Pablo Nova se queda en Santiago de lunes a viernes por trabajo. En el departamento donde arrienda una pieza viven desde hace cinco meses Simón Orellana de 23 años, estudiante de Ingeniería en Automatización y Control industrial, y Eva Hirschberg, estudiante alemana de Ingeniería Civil en la Universidad Católica.

El 5 de noviembre del 2019, como ya era costumbre, Nova y Orellana se encontraban observando una manifestación desde el balcón del living del departamento que está en el cuarto piso en la calle Seminario, cuando los Carabineros comenzaron a lanzar lacrimógenas. Pablo Nova fue a cerrar la ventana de su cuarto que tiene vista a la calle Providencia.

“Iba a cerrar las cortinas que van por afuera de mi ventana. Aproveché de fumarme un cigarro y cuando me doy vuelta para entrar, siento que me llega algo por atrás. Alcancé a ver que en la esquina estaban los Carabineros disparando”, recuerda Nova. Un balín le había impactado en el cuello.

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Nova se asustó. Se llevó la mano al cuello y corrió al baño a mirarse. Solo tenía una marca roja, un moretón, pues el balín no le llegó a perforar la piel. Lo más probable es que haya rebotado antes de impactarlo.

“Seguíamos en el balcón del living mirando, y llega el Pablo diciendo que le había llegado un perdigonazo en el cuello. Yo le pregunté si estaba bien. Nos mostró el cuello donde tenía una marca roja. Luego de eso nos quedamos hablando sobre el actuar de los pacos”, recuerda Simón.

Nova no presentó una querella, pues sintió que no valía la pena. Tampoco fue al médico. La experiencia quedó como una anécdota. La publicó en Facebook ese mismo día, donde puso las imágenes del balín y la lesión.

El básquetbol como puerta de entrada a la universidad

Entre los años 2003 y 2005, en el Liceo Lorenzo Arenas Olivo, hubo algo que marcó a Nova y lo salvó: el básquetbol. Entre 15 y 16 años conoció a Daniel Suazo, un peruano que venía de Estados Unidos. Él le mostró el deporte y el estilo hip-hopero y a Nova le gustó.

En segundo medio se unió al equipo de su liceo, donde conoció a Jorge Sanhueza, de 46 años, su entrenador, y quien se transformó en su pilar. Él le dio consejos sobre chicas y le enseñó madurez.

“El profe me decía ‘toma, aquí están las llaves del gimnasio, de aquí en adelante, tú abres el gimnasio, si no estoy yo, tú eres el responsable de entrenar a los chiquillos’. Entonces esa fue mi primera etapa de crecimiento. De decir, yo ya soy grande”, recuerda Pablo Nova, sobre su relación con Jorge Sanhueza y su equipo.

“Luego de un año jugando me volví capitán. Esa fue mi primera responsabilidad. Mi hermano llamó al profe Rafael Oyarzún, el entrenador de la Universidad del Bío Bío, y le habló de mí. Me vio jugar y quedé. Jugué tercero y cuarto medio y luego pasé altiro a la universidad como deportista destacado”, relata Nova.

La beca “Entrada para deportistas destacados” le permitió estudiar. Con ella tenía un 30% de descuentos en alimentos y el 20% del arancel lo cubría el fondo solidario. Nova terminó el colegio con las mejores notas de las tres generaciones.

“Gracias a los que marchan por mi futuro”

A los 23 años, Nova conoció a Tania Araneda, con quien tuvo una relación de seis años. Un año después, nació su hija Fernanda. Hoy, Nova y Tania están separados.

Nova participó de la movilización estudiantil del 2006 en primera línea, al ingresar a la universidad. Tenía 19 años. Lanzó piedras e hizo barricadas para defender a la gente. Hoy, él participa como observador de las manifestaciones y lleva a su hija para enseñarle de la vida.

“Me da impotencia. No es normal trabajar 45 horas, viajar 3 horas, y que te paguen un sueldo de 300 mil pesos, cuando el arriendo vale justamente eso. No es de flojo, podría trabajar más, 90 horas a la semana, pero ¿eso es normal? No es normal”, critica Pablo Nova sobre cómo es la situación para muchas personas del país. Él piensa que esa es la razón por la cual se produjo el estallido social.

Por esto y por su historia personal, a Nova le importa que su hija Fernanda conozca de alguna forma esta realidad.

El lunes 21 de octubre, salió de su casa en Concepción, en San Pedro de la Paz, acompañado de su hija y su pareja. A las cinco de la tarde, la familia se dirigió a la Plaza de la Independencia, ubicada en la calle O’Higgins con Aníbal Pinto, para participar en una manifestación. Ni Pablo Nova ni su pareja trabajaban esa semana, ya que, a raíz de la crisis les habían dado la semana libre. A Fernanda, por su lado, le habían cancelado las clases.

“Más allá de motivarla o enseñarle sobre cómo se manifiesta la gente, quería transmitirle a mi hija la realidad que, tal vez, ella no va a vivir”, cuenta Nova sobre por qué decidió llevar a su hija a una manifestación.

El ingeniero tiene muy presente su pasado y aunque actualmente tiene un buen trabajo y dinero para cuidar de su familia, no olvida las dificultades que tuvo que vivir. “Lo que yo tiendo a hacer con mi hija es intentar enseñarle de empatía con las demás personas”, explica. Su pareja, Martina, al ser profesora de colegios vulnerables, lo apoya completamente.

Fueron las diversas charlas cotidianas en la casa las que llevaron a su hija a hacer un letrero en apoyo a los manifestantes.

–Papá, ¿puedes acompañarme a leer mi letrero al escenario? –le preguntó Fernanda a Pablo Nova, ya en el parque.

–No, prefiero mirarte desde aquí –le respondió él, pues no le gustaba la idea de exponerse en el escenario. Fernanda, en todo caso, fue igual, acompañada por Martina Pérez.

Pablo Nova grabó en video a su hija entrando al escenario y leyendo en voz alta frente al micrófono el mensaje escrito en su cartel: “Gracias a los que marchan por mi futuro”, mientras, levantaba el letrero y era ovacionada por los asistentes.

Este perfil fue realizado por Javiera García en el marco del curso «Crónicas y Perfiles» dictado por la profesora Andrea Insunza durante el segundo semestre de 2019.

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