REPORTEAR BAJO TOQUE DE QUEDA EN SANTIAGO

22/11/2019

Durante un día común en el centro de Santiago de Chile la gente camina apurada a realizar trámites en los bancos, visitar al doctor o mantiene tediosas reuniones en alguno que otro café o restaurant del barrio. Eso hasta el 18 de octubre pasado, cuando empezó la crisis social que cambió las rutinas de la ciudad. Las visitas al doctor fueron por perdigones volando de manera desmedida por las calles de la capital, las reuniones se realizaron en marchas multitudinarias y los trámites en el banco en la incertidumbre constante respecto a la economía del país.

El vaso llamado “desigualdad y abusos del sistema” estaba lleno hace bastante rato, y la gota que faltaba para rebalsarlo, finalmente llegó. La gente finalmente se cansó, se aburrió. La subida de 30$ en el pasaje del metro terminó por desatar el descontento de los ciudadanos de Chile, quienes de manera masiva comenzaron a evadir el pasaje del metro de Santiago en la mitad de la semana del 14 de octubre del 2019.

Esto trajo como respuesta, el comienzo de la represión por parte de Carabineros y las Fuerzas Armadas en las estaciones de metro. El día 19 de octubre, Sebastián Piñera se convirtió en el primer presidente después de la dictadura en enviar a los militares a la calle en un caso de conmoción social (para el terremoto del 2010 fue acotado a las regiones afectadas), decretando Estado de Emergencia para casi todo el territorio nacional la noche anterior y ese mismo día, toque de queda entre las 20:00 y las 6:00 del día siguiente.

Para poder transitar libremente por la ciudad durante el toque de queda es necesario obtener un papel llamado “salvoconducto”, en donde se especifica el motivo por el cual transitarás por la ciudad. En mi caso este describe “registro audiovisual para trabajo particular”. Mi intención es netamente retratar en carne propia lo que está pasando, ya que me encuentro colaborando con un periodista argentino que trabaja en www.infobae.com.

22 de octubre, comuna de Ñuñoa, 7 pm. Tercer día de toque de queda. Reflexión.

Con mi salvoconducto en mano, me dirijo a uno de los epicentros de las protestas en Santiago en Plaza Ñuñoa. Una vez ahí, al llegar por la calle Irarrázaval llega el primer control rutinario por parte de las Fuerzas Armadas, siendo las 20:07. Todo en orden, papeles en regla, me despido del militar que nos toma los datos y emprendemos rumbo hacia la plaza. Al llegar ahí, el panorama es como en casi todo Santiago: barricadas recién apagadas, olor a lacrimógena impregnado en el asfalto y un cóctel de vidrios, piedras y plástico por montón en la calle. Todo tranquilo. Aparte de mí, sólo hay dos periodistas de una radio capitalina. La ciudad no parece ser la que todos acostumbramos, luce irreconocible, vacía.

Una vez fuera de la plaza, entrando al auto en el que me transporto, ocurre un hecho que me hace recordar las historias que mis padres me contaban sobre la dictadura: un militar apunta con su arma directamente hacia el vidrio delantero de mi auto. Segundo control, todo en orden igualmente, sólo que ahora me registran el auto completo y con un poco más de hostilidad. Una cámara de fotos, un celular, un cargador, mis audífonos, mi grabadora y el diario, es lo único que llevo. “Es de rutina el registro, cuando nos parece sospechoso alguien. Tenga cuidado, que andan hueveando todavía los capucha”, me comenta el aspirante mientras me entrega de vuelta mi salvoconducto.

Un poco más cercano a la entrada de la estación de metro Chile España, decido bajarme y estacionar el auto para ver la situación. El olor a lacrimógena es insoportable, las barricadas recién extinguidas por Fuerzas Especiales huelen a plástico y combustible que me empieza a molestar. Ya no queda nadie en las calles y siendo las 21:10 de la noche, decido volver a mi casa para guardar energías para el día siguiente.

Plaza Italia, noche del 23 de octubre 2019.

23 de octubre, Plaza Italia, 10 pm, intersección comunas Santiago y Providencia. Cuarto día de toque de queda. Contraste.

Al otro día, me dirijo a 4,2 kilómetros del lugar en el que estuve el día anterior, para ir a buscar a Joaquín Sánchez, un periodista argentino que conocí por amigos en común durante la semana, que me acompañará a vivenciar cómo funciona la ciudad bajo el toque de queda. En cuanto supo de lo que estaba ocurriendo en Chile, no dudó en comprar un pasaje aéreo para reportear en carne propia lo que estaba ocurriendo.

“¡Qué locura hoy el centro loco! ¿Volvamos a ver cómo está ahora?”, me dice Joaquín al subirse al auto. Le hago caso y emprendemos rumbo a Plaza Italia, siendo las 22:30 de la noche. Bajamos por Avenida Providencia y llega el primer control de Fuerzas Especiales en la calle. Todo en regla nuevamente. A las 22:45 ya nos encontramos en el epicentro diario de las manifestaciones, donde todo luce irreconocible: vidrios rotos, paraderos destruidos y muchos restos de lacrimógenas y perdigones. Ahí hay dos tanquetas de militares, resguardadas por una veintena de ellos. Nos hacen el control rutinario. “Sólo circulen por la plaza y a lo más en algunas calles cercanas”, nos ordenan.

La ciudad no es la ciudad a la que estamos acostumbrados. A Plaza Italia asistieron más de medio millón de personas durante el día a manifestarse, y los estragos que dejó la violencia de Carabineros y las Fuerzas Armadas, se dejan ver en las calles cercanas. La calle Bustamante por ejemplo, luce en sus murallas marcas de perdigones que impactaron durante la tarde, ahí también el olor a la lacrimógena sigue impregnado en el pavimento y en toda la calle en general. Es muy molesto.

“Yo vivo en la calle hace diez años, porque estuve encanao (preso) veinte. Nunca había visto algo así de grande, nunca había visto tanto cabro joven manifestándose en la calle. Tampoco nunca había visto a los pacos tan locos. Hoy, por ejemplo, vi cómo le sacaban la chucha a un cabro chico que estaba sin polera. A mí por suerte me conocen estos hueones y no me hacen nada, pero si no, me habrían matado hace rato”, cuenta Pedro Isla, quien pernocta diariamente en la Plaza Italia.

Son las 00:34 y ya nos retiramos del lugar tras haber registrado lo máximo posible. Subiendo por Avenida Providencia, camino a la casa donde se está hospedando Joaquín, nos toca el último control de la noche, esta vez, efectuado por Carabineros. “Está vencido su salvoconducto, aquí dice 23 de octubre”, nos dice el Carabinero. No tiene razón en decirnos eso, ya que el salvoconducto que otorga Carabineros de Chile para quienes lo soliciten, dura hasta que termine el toque de queda al día siguiente. Al explicarle esto, nos dejan ir y nos separamos con Joaquín.

24 de octubre, Plaza Ñuñoa, 8 pm. Quinto día de toque de queda. Represión.

El día siguiente, viví en primera persona la represión que viven todos quienes se quedan después de iniciado el toque. Con salvoconducto en mano nos encontramos con Joaquín y Fabián Núñez este último, un fotógrafo chileno y amigo mío de infancia, que quiere retratar lo que ocurre. Dejamos el auto estacionado en una la calle 19 de Abril, aledaña a Plaza Ñuñoa y vamos donde están los últimos manifestantes presentes, que alcanzan a ser unos 50. Son las 20:09 de la noche y a lo lejos se vislumbra la luz de una barricada en Irarrázaval cerca de Chile España. Con ella, va llegando también el carro lanza aguas y un zorrillo. La tensión crece entre los manifestantes a medida que ambos se acercan al lugar.

Se oye un sonido fuerte y comienza a salir humo. Es la primera bomba lacrimógena, que llega al paradero que se encuentra en Plaza Ñuñoa. La mayoría arranca por la calle Jorge Washington, donde algunos logran escabullirse en los edificios y otros, simplemente siguen corriendo. Pasan los minutos y las lacrimógenas tienen invadida la calle. Es ahí donde aparece el zorrillo, que al pasar por esta, hace que la irritación en los ojos y la tos aparezca en todos quienes estamos en el lugar. Yo no aguanto más y comienzo a vomitar, el gas que emana el zorrillo me sobrepasa y me deja sufriendo, al igual que a Joaquín y Fabián.

Plaza Ñuñoa. 21:10 horas. 24 de octubre de 2019.

Pasa media hora y nos acercamos a Irarrázaval, donde está el contingente de las Fuerzas Armadas y Carabineros extinguiendo las últimas barricadas que hay en el lugar. Al vernos, comienzan a apuntarnos con sus rifles y nos ponen contra una reja. “¡Las manos en la reja hueon!”, mientras uno de ellos toma el rifle y con la culata nos separa las piernas de manera poco gentil. Nos piden el salvoconducto y revisan nuestras pertenencias. “Váyanse rápido, acá sale que circularán en un vehículo. Vayanse”, finaliza el carabinero. Nos quedamos un rato más en la plaza, recorriendo y viendo cómo había quedado todo. Vemos cómo detienen a un joven que transitaba en bicicleta por el lugar. Lo tiran al suelo y le apuntan con el arma. “¿Y tu salvoconducto conchetumadre?, exclama el militar que le estaba apuntando. No lo tenía ya que estaba volviendo a su domicilio. “Por esta te la voy a dejar pasar, pero te vai derechito pa’ la casa. ¿Escuchaste hueón?”, grita el uniformado.

Tras ese episodio nos dirigimos cada uno de vuelta a sus casas. Llego y me acuesto a pensar en todo lo que vi en estos tres días, en especial, una ciudad que no pareciera ser la misma en la que he vivido por 22 años. Los sentimientos de pena, miedo y angustia me invaden por largo rato. No aguanto más y largo a llorar. Ver a los militares en las calles es muy fuerte, en especial porque mis padres, tías y abuelos siempre me contaron de cómo era la vida en dictadura, con los militares en las calles, acompañados de miedo, incertidumbre, angustia y represión. Tener a Joaquín acompañándome fue una tremenda escuela, en especial porque es un periodista que tiene muchísimo kilometraje en lo que es el reporteo. Uno de sus consejos fue cuando estábamos llegando al lugar y yo, que me dejé llevar por los sentimientos, comencé a tocar la bocina como un manifestante más. “Estás reporteando, no eres manifestante ahora. ¡No te dejes llevar por los sentimientos ni por tu rabia, por más que este pasando toda esta mierda!”, me dijo antes de bajarnos del auto el último día. Como periodista, o al menos como futuro periodista estos días me marcaron mucho y me hicieron aprender muchísimo de nuestro rol social como comunicadores, donde la verdad debe ser la protagonista de toda historia.

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