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La doble tragedia de Mario Acuña tras la brutal golpiza de Carabineros
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La doble tragedia de Mario Acuña tras la brutal golpiza de Carabineros

A un año de la noche del 23 de octubre de 2019 que le cambió la vida a Mario Acuña Martínez (44), su familia no ha recibido ayuda ni respuesta de parte del Estado. Su día a día se transita entre la vida y la muerte. La falta de atención médica, insumos y el abandono estatal hacen que él y quienes lo cuidan sobrevivan gracias a donaciones y la caridad de vecinos y personas que conocen su historia. Hoy, ya se conocen los nombres de los tres carabineros responsables de la violenta golpiza que lo dejó postrado de por vida. Todavía no hay justicia y la familia aún espera un trato digno para enfrentar las consecuencias del ensañamiento policial.

Por Catalina Llantén y Gabriela Soto

22 Octubre 2020

Una traqueostomía es un proceso quirúrgico que consiste en la apertura de la tráquea mediante una incisión y la inserción de una cánula que le permite al paciente respirar. Su uso implica riesgos: el ahogo por fluidos y el constante peligro de infección por la necesidad de limpieza diaria con elementos estériles. Si a esto se le suma una gastrostomía, mediante la cual se le introduce una sonda de alimentación directamente en el estómago de la persona, los peligros aumentan. Desde hace un año que Mario Acuña Martínez (44) no concibe la vida sin estos aparatos. La golpiza de tres carabineros, la noche del 23 de octubre de 2019 en la comuna de Buin, en pleno estallido social, lo dejó con muerte cerebral producto de un Trauma Encéfalo Craneano (TEC) complicado y con un hematoma subdural agudo, considerado uno de los más letales de los traumatismos craneales.

La vida de Mario tenía otro rumbo. Trabajaba como temporero en la comuna de Paine y vivía junto a su tía materna Paola Martínez. Ambos tienen cuatro años de diferencia. Más que una relación de tía y sobrino, era más bien la de una madre e hijo. “Por eso me duele tanto. Estos infelices me lo dejaron así, se ensañaron con él pegándole. La impotencia que a mí me da es que el Mario era sano y me lo dejaron así. Pero hay un Dios y va a llegar el día en que van a pagar todo lo que le hicieron”, dice Paola.

El 19 de octubre de 2019 se decretó toque de queda —y Estado de Emergencia— por primera vez desde el retorno a la democracia en el país. Entre el 18 y 23 de octubre, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) interpuso 5 querellas por homicidio y homicidio frustrado, además consignó 2.410 detenidos y 535 personas heridas, 210 de ellas por armas de fuego. Mario es una de las víctimas de homicidio frustrado por parte de Carabineros. Personas que salieron a protestar o se dirigían a sus trabajos, como Fabiola Campillai —impactada por una lacrimógena en su rostro que la dejó ciega—, y que no volvieron a sus hogares siendo las mismas. Así como Mario y Fabiola, el último informe del INDH (octubre de 2020) señala que son 3.023 las personas víctimas de vulneraciones a los derechos humanos cometidas por agentes estatales en el contexto del estallido social de octubre. Lesiones por balas, balines, perdigones, lacrimógenas, golpes y heridas oculares forman parte de los hechos consignados.

“Me gustaría mostrarle a esos tres carabineros cómo me lo dejaron, tenerlos al frente y decirles ‘mira, me lo dejaste mal, botado en la cama’. No los conozco, a lo mejor he pasado al lado de ellos en la calle y no me he dado cuenta”, dice Paola.

Hoy, a un año del brutal ensañamiento de la policía contra Mario, la familia Acuña Martínez ya sabe los nombres de quienes serían los responsables. Aún no son formalizados.

 

IMPOSIBLE DE COSTEAR

Comer, lavarse, vestirse, arreglarse, control de deposiciones, control de micción, uso del retrete, trasladarse, deambular, subir y bajar escalones, entre otras, son actividades básicas de la vida cotidiana. Mario no es capaz de realizar ninguna de estas actividades por sí mismo. Necesita la ayuda permanente de Paola.

Mario ahora es paciente electrodependiente, es decir, su vida se sostiene con máquinas. En su caso, la bomba de aspiración que limpia los fluidos de su traqueostomía es indispensable. Si esta no se usa o no funciona correctamente, corre el riesgo de ahogarse.

A Paola le explicaron poco y nada sobre los cuidados que debía realizarle a Mario. En ninguno de los dos hospitales en los que estuvo su sobrino (Hospital Barros Luco y Hospital de Buin) le enseñaron a limpiar su traqueostomía o aspirar las secreciones. Tuvo que aprenderlo. Un ensayo y error constante que pudo perjudicar la salud de Mario, incluso costarle la vida. Para mudarlo y alimentarlo no tuvo problemas. Eran cosas fáciles de hacer. Pero una noche, a los pocos días de haber llegado a casa, Mario comenzó a ahogarse con los fluidos atrapados en su traqueostomía. No podía respirar. Paola no sabía qué hacer. Llamó a una ambulancia. Nunca llegó. Ante la desesperación intentó distintas maniobras “por instinto” hasta que se dio cuenta que debía limpiar la cánula de la traqueostomía.

“Es súper grave no explicarle a las familias. El paciente no debería irse del hospital sin una educación. Si no se educa a las familias ahí hay complicaciones que podrían terminar de forma fatal”, explica el fisiatra del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, Vicente Camus.

Las complicaciones mencionadas por el especialista pueden ir desde episodios como el ahogo que sufrió Mario hasta una infección por una cánula de traqueostomía mal puesta. Los cuidados de limpieza que requieren los pacientes con gastrostomía y traqueostomía son especiales y delicados. Es por ello que es necesario que con frecuencia asista un profesional de la salud a controlar que los aparatos como cánulas no se suelten, ya que son muy sensibles al uso y movimiento.

Para la hospitalización domiciliaria de un paciente electrodependiente, postrado y con daño neurológico como Mario, se necesitan al menos $320.000 mensuales sólo en insumos, tales como pañales, toallas húmedas, sondas de alimentación, cánulas, guantes esterilizados, filtros de traqueostomías, suero fisiológico, jeringas de alimentación, sondas de aspiración y más. Sin embargo, este valor no incluye los costos de los medicamentos ni cuentas de luz que, en un hogar con un paciente electrodependiente, pueden alcanzar los $150 mil mensuales. Adicionalmente se necesitan otros implementos esenciales: un catre clínico, el  más  barato, bordea los $290 mil; un colchón antiescaras, de aproximadamente $50 mil; una bomba de aspiración, cuyo valor es de $150  mil; una silla de ruedas neurológica, $200 mil, y un cuffometro (dispositivo utilizado para controlar la presión de la traqueostomía), $130 mil. La suma alcanza un total aproximado de $820 mil pesos. La bomba de aspiración solo funciona con electricidad.

Según la fisiatra y presidenta de la Sociedad Chilena de Medicina Física y Rehabilitación (SOCHIMFYR), Carolina Rivera, las condiciones mínimas para que un paciente electrodependiente, postrado y con daño neurológico pueda ser dado de alta domiciliaria son: servicios básicos disponibles, luz y agua, junto con estar inscrito en el registro de electrodependencia. Al menos dos personas capacitadas que sepan hacer los cuidados de una gastrostomía y realizar la limpieza de las secreciones de la traqueostomía. A ello, se debiera agregar un tecle o grúa que “en general ni siquiera las Isapres la tienen. Lo que hace es permitir movilizar al paciente de un lado a otro con mucho menor costo de energía y con menor riesgo de lesiones para el cuidador. Si uno pudiera hacer como un estándar de cuidado, en general un tecle sería ideal para los pacientes que estuvieran con mucha dependencia motora y eso también requiere corriente, también se enchufa”, explica la fisiatra.

La especialista agrega que “para aspirar a un paciente se requieren sondas de aspiración, por lo bajo una al día. Muchas veces las familias las reutilizan porque son caras y esos insumos en general no se los entrega nadie, son comprados y autogestionados por ellos mismos”.

La familia de Mario no puede costear esto. Producto de la pandemia, el marido de Paola, Reinaldo, está cesante y ella se dedica exclusivamente al cuidado de Mario. Sus hijas, en tanto, venden ropa en ferias libres. Esos son sus únicos ingresos.

 

RIFAS, VENTA DE COLACIONES Y DONATIVOS

Según el Censo de 2017, la población de Buin es de 96.614 personas. De ellas 9.564 viven en hogares carentes de servicios básicos, mientras que 17.004 viven en hogares hacinados, de acuerdo con datos de la encuesta Casen al cierre de 2018. Esta es la situación de la familia de Mario, que para recibirlo en su casa debió construir y habilitar una pieza avaluada en $1.800.000.

La casa a la que llegaría Mario Acuña estaba lejos de ser apta para recibirlo. Allí vivían su tía Paola, su marido y sus hijos. Los dos hospitales en los que estuvo Mario presionaron a la familia para que se lo llevaran a casa, pero no contaban con lo mínimo para recibirlo.  Como el Barros Luco ya no podía seguir  manteniéndolo, Paola  a  través  de  una conocida que trabaja en el Hospital de Buin logró que lo recibieran allí por un corto período. Pero a los pocos días comenzó la misma presión. Paola pidió más tiempo al hospital hasta que pudiera conseguir dinero para construir una pieza para Mario y habilitar todo lo necesario.

Con todo en contra, acudieron  al  alcalde  de  Buin,  Miguel  Araya,  para  pedir  ayuda.  Tras conversaciones con el edil, el municipio se comprometió a costear la totalidad del gasto. Comenzaron entonces la construcción de la habitación. Todo iba bien hasta que llegó la funcionaria municipal a entregar el cheque, pero con un monto diferente. Nunca entendieron por qué, pero $1.000.038, que fue finalmente lo que les llegó, no era el dinero prometido.

―Como la plata no alcanzaba tuvimos que ir a pedir ayuda de nuevo a la muni con la asistente social y ahí nos pasaron 200 mil y tantos pesos. Ahí compramos lo que era más necesario. El apoyo importante lo hemos recibido de la gente, personas que  han  venido  a  dejarle  cosas  a  Mario,  guantes,  jabones,  toallas  húmedas,  toalla  nova —cuenta Paola.

El  saldo  que faltaba para construir la habitación ($600 mil) lograron reunirlo  gracias  a  rifas,  donativos,  ventas  de colaciones y campañas en redes sociales. De esta misma forma consiguieron el colchón anti escaras, indispensable para pacientes postrados. Lo único que recibieron de parte del Hospital de Buin fue el catre clínico, mientras que el Hospital Barros Luco les proporcionó una silla de ruedas neurológica. Reinaldo, marido de Paola, construyó durante dos meses la pieza junto a su hermano. Para el 31 de marzo, día en que llegaría definitivamente Mario, la pieza de 13 metros cuadrados, paredes color blanco inmaculado y piso de baldosas ya estaba lista.

Sobre el catre clínico de Mario cuelga una figura de Jesús de yeso de unos 30 centímetros. El mueble para los insumos se ve vacío. Solo hay un paquete de toallas húmedas y una foto suya con sus tres hijos. A unos metros del catre hay un sillón para dos personas. Frente a éste, un lavamanos junto a una barra de apoyo, para lavar los insumos. La luz es fría y no hay ventanas.

 

“ME PEGARON TRES PACOS”

Paola  Martínez  y  sus  hijos  están  asustados  y escondidos en su casa de la Población Jorge Washington de Buin. Son las 11 de la noche del 23 octubre de 2019.  Después de participar en un cacerolazo junto a sus vecinos, en memoria de  los  primeros  fallecidos  en el  estallido  social,  llegó  Carabineros.  Se  escucharon  disparos. Todos  arrancaron,  pero   Mario  desapareció de la vista de Paola.  Cuando  el alboroto y los disparos cesaron, su sobrino volvió. Estaba ensangrentado. Se sentó en el sillón y le dijo con dificultad a su tía: “Me duele la cabeza, me pegaron tres pacos”.

“Tenía todo su lado derecho roto, su cara y su ropa llena de sangre. Le iba a dar una pastilla, pero después pensé que mejor que no. Le limpiamos la cabeza y me dijo que se quería ir a acostar. Le dije que mejor se esperara a que se le pasara”, cuenta Paola sobre esa noche.

Al día siguiente, Mario no despertó. Empezó a convulsionar, se orinó y no respondía. Paola llamó a una ambulancia. Le dijeron que debía pellizcarlo debajo de su axila para ver si reaccionaba de alguna forma. No reaccionó. La ambulancia llegó y fue trasladado a la UCI del Hospital Barros Luco en San Miguel, lugar en el cual permaneció cuatro meses.

Después de algunos días despertó en una realidad completamente distinta. Ya no se podía mover ni hablar, solo podía abrir su ojo izquierdo. La única forma en que podía respirar era a través de una traqueostomía y para comer dependía de la sonda de la gastrostomía. Quedó con muerte cerebral.

“Yo siempre me siento responsable de lo que le pasó, porque yo estaba ahí. Me habría gustado que esto fuera un mal sueño, que haya sido mentira todo lo que pasó. Éramos una familia feliz”, suspira Paola.

 

CUÉLLAR, NEIRA Y LASTRA

El 27 de octubre de 2019, la abogada del Instituto Nacional de Derechos  Humanos (INDH), Beatriz Contreras, presentó una querella criminal en contra todos quienes resulten responsables en calidad de autores, cómplices o encubridores del delito de homicidio frustrado. En la querella se detalla: “La víctima, no alcanzó a arrancar y fue abordada por los tres agentes estatales, quienes abusando de sus funciones, lo abordaron por la fuerza y comenzaron a golpear su cuerpo hasta hacerlo caer al suelo, donde le patearon la cabeza entre los tres por algunos minutos, como medida de castigo y amedrentamiento por estar infringiendo el horario de restricción a la libertad ambulatoria establecido por la autoridad”.

El 18 de mayo de este año, el Consejo de Defensa del Estado interpuso una nueva querella por apremios ilegítimos en contra de Carabineros. El documento fue dado a conocer por el medio La Voz de los que Sobran (ver aquí) y en él se señala: “Se estableció luego en la investigación que los funcionarios que esa noche al interior de la plaza tuvieron contacto con la víctima fueron el cabo segundo Henry Cuellar, junto a los carabineros Jonathan Neira y Antonio Lastra”.

El día después de esa noche, Mario llegó al Hospital Barros Luco. El equipo médico no le dio esperanzas de vida. “Nos dijeron que estaba súper mal, grave. Que el Mario no pasaba ese día, que se iba a morir, que teníamos que donar sus órganos, pero yo les dije que no iba a donar nada porque me iba a hacer cargo de él quedara como quedara”, cuenta Paola. A los pocos días despertó. Solo pudo abrir su ojo izquierdo.

Reinaldo, el marido de Paola, está ahora cocinando mientras ella observa a Mario desde el sillón de la pieza. Él está acostado con la mirada perdida hacia el techo. Tiene pequeños espasmos en las piernas. Está enflaquecido. Ha perdido masa muscular.

—Paola ven a ayudarme un poco —la llama Reinaldo.

—¡Voy! —le responde ella.

En ese momento, cuando Paola deja la habitación Mario comienza a ahogarse. Paola lo escucha de inmediato y vuelve corriendo a limpiar las secreciones con la bomba de aspiración. Mario la observa fijamente. Mueve la boca y sin hablar modula la palabra “pan”.

—Mario, tú sabes que no puedes comer pan. Ya te voy a traer tu comida, tranquilo —le responde.

“A Mario le encantaba mucho el pan, pero no puedo hacerle entender que no le puedo dar”, dice resignada. Paola ahora limpia regularmente las secreciones de Mario. Nadie se lo dijo ni le enseñó. Aprendió sola.

 


 

Este reportaje corresponde al proyecto de título de las autoras, alumnas de Periodismo de la Universidad Diego Portales, dirigido por el profesor Alberto Arellano.

Ilustración de Francisco Castañón

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