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Todas las cumbres de Juan Pablo Mohr
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Todas las cumbres de Juan Pablo Mohr

Desde niño, Juan Pablo Mohr fue adicto al riesgo y muy pronto demostró condiciones físicas extraordinarias para la montaña. Pero también surgió en él una veta social que lo puso a la cabeza de proyectos que dejó funcionando y que terminaron siendo su legado. Aquí, a un año de su muerte en el K2, su familia, amigos y un profesor reconstruyen el camino que lo llevó a convertirse en uno de los mejores deportistas de la historia del país.

Por Andrés Muñoz Zwanzger y Magdalena Ortega Vera

16 Marzo 2022

Una gigantesca avalancha les pasó por encima y estuvo a punto de costarles la vida, pero el 10 de mayo de 2017, cerca de las 10.30 de la mañana en Nepal, Juan Pablo Mohr y Sebastián Rojas se convirtieron en los primeros y -hasta ahora- únicos chilenos en conquistar el Annapurna (8.091 metros de altura), la décima montaña más alta del mundo, considerada la más peligrosa en la ruta de los ochomiles. Apenas 191 himalayistas conocen su cima, y en sus laderas han perdido la vida 61 personas.

Por lo mismo, los más experimentados suelen dejarla para el final; sin embargo, para Mohr fue la primera en el itinerario que había trazado para lograr las 14 montañas más altas, y pareció dejar una huella profunda en él.

Carmen Prieto, su madre, cuenta que su hijo regresó del Annapurna como una persona mucho más abierta a mostrar sus emociones y sentimientos con sus seres queridos. “Conmigo cambió totalmente su trato. Me abrazaba y me decía lo mucho que me quería. Nosotros siempre tuvimos una buena relación, pero esto era distinto. No sé cómo explicarlo. Él también me contaba lo que significó la avalancha para ver de forma diferente a su esposa y sus hijos: Juan Pablo, Elisa y Pedro”, recuerda emocionada.

En su casa de Vitacura hay fotos de su hijo por todas partes. Incluso un santuario dedicado a él. Cuenta que él era un hombre muy espiritual y de mucha fe. “Iba a misa y leía la biblia todos los días”, recuerda. La hermana de Juan Pablo, Carmen Mohr, agrega que más que una fe en Dios, era en términos de monjes, de tipo budista. “Esa era su filosofía de vida”, dice para explicar la conexión que tenía el deportista con la naturaleza y la paz que le transmitían las montañas.

La hazaña del Annapurna convirtió a Juan Pablo Mohr en uno de los montañistas más destacados del país, pero su paso por la actividad nunca estuvo acompañado de luces ni de mucha atención. Sin embargo, esa suerte de anonimato era uno de los elementos que más disfrutaba.

“Juan Pablo era una persona de muy bajo perfil, no le gustaba salir en cámara ni aparentar nada. Realmente era muy humilde”, recuerda Carmen Mohr. Federico Scheuch, su primo, agrega que no le gustaba vanagloriarse por los récords o hitos que conseguía. “Su gran motivación era superarse a sí mismo”.

Luego del Annapurna, Mohr lograría otras cuatro de las cumbres más altas del mundo. Subió el Manaslu (8.163 metros). Después, en 2019, alcanzó uno de los mayores hitos de su carrera deportiva al llegar a la cima del Lhotse (8.516 mt) y del Everest (8.849 mt), en un periodo de seis días y 20 horas, por lo que obtuvo un Récord Guinness. Ambas cumbres las hizo sin descender al campamento base. Ese mismo año, Mohr alcanzó la cúspide del Dhaulagiri (8.167 mt). Todas las cimas las logró “sin trampa”, como solía referirse al oxígeno suplementario.

Su plan era subir otros cuatro ochomiles durante 2020: el Gasherbrum I y el Gasherbrum II. Más tarde intentaría el Shisha Pangma y el Cho Oyu. Sin embargo, una fractura en un pie que sufrió ese año mientras estaba en Cochamó, obstaculizó sus intenciones. Además, la crisis sanitaria del coronavirus hacía inviable su idea.

“Cuando vino la pandemia, Juanpi estaba muy desmotivado. Él ni nadie podía salir, siendo que lo único que quería era irse a subir cerros y seguir con lo de los ochomiles”, recuerda María Alvarado, la nana de los Mohr Prieto que prácticamente se encargó de criar a Juan Pablo.

Tal vez por esa prolongada ausencia en las altas montañas durante gran parte de 2020, Juan Pablo Mohr no dudó en aceptar la invitación del montañista español Sergi Mingote a subir lo que iba a ser su sexto ochomil: el K2, en Pakistán.

“Jamás me produjo nada que él saliera a las montañas, excepto cuando me dijo que se iba a subir el K2. A pesar de que él era una máquina deportiva, yo le pedí hasta de rodillas que por favor no se fuera, pero no sirvió de nada”, confiesa apenada María Alvarado.

 

El llamado de la montaña

Juan Pablo Mohr, hijo menor del matrimonio entre Raúl Mohr y Carmen Prieto, nació el 9 de febrero de 1987 en Santiago. Los primeros acercamientos que tuvo con la montaña se dieron en el sur del país, en el centro de esquí Antillanca, al interior del Parque Nacional Puyehue, Región de Los Lagos, un lugar rodeado de bosques nativos, volcanes y lagos. “Juan Pablo tenía 3 años cuando mi papá nos empezó a llevar a la nieve. Nosotros tenemos un campo en Puyehue, que queda muy cerca de Antillanca y ahí nos inculcó el tema de la montaña. Empezamos a esquiar desde muy chicos”, relata su hermana Carmen Mohr.

Pero el montañismo no era el único deporte que despertaba el interés de Juan Pablo. Durante su etapa escolar practicó fútbol, skate, snowboard e incluso parkour. La adrenalina siempre estuvo presente en su vida. Su madre comenta que en el colegio era común que otras mamás la llamaran para recriminarle que Juan Pablo se tiraba en skate desde el segundo piso. “Tu hijo es un inconsciente”, le decían.

El primo de Mohr, Federico Scheuch, cuenta que desde siempre Juan Pablo fue un adicto al riesgo. “Lo veías saltar ocho escalones mientras giraba en el aire y tú decías ‘¿qué onda?’. Se tiraba de bajadas muy grandes en skate y siempre al límite. Esa adicción era lo que lo empujaba”.

Un punto de inflexión en su atracción por el alpinismo ocurrió cuando tenía 11 años y cursaba sexto básico del Colegio San Benito. Julio Martínez, el profesor de historia y geografía, realizaba expediciones con los alumnos a distintos cerros con el objetivo de acercar la montaña a las nuevas generaciones.

Estas salidas eran parte de las actividades académicas del colegio. Los alumnos debían escribir informes sobre sus aprendizajes. Martínez, quien también es un hombre de montaña, recuerda que uno de sus mayores logros es haber motivado a los alumnos a que se interesen por este deporte, entre los que destaca a Juan Pablo Mohr.

El profesor explica que las expediciones comenzaban en sexto básico y se mantenían hasta cuarto medio. Las primeras incursiones eran por el día, donde Martínez y los alumnos iban al Santuario de la Naturaleza Yerba Loca, camino a Farellones. En este lugar, los estudiantes realizaban un trekking básico y aprendían a practicar la técnica de la tirolesa, cuenta el docente.

Desde octavo básico, las salidas ya eran de tres días. “En esta instancia los alumnos empezaban a vivir más el tema de la montaña. Íbamos al cerro La Campana y aprendían cosas más técnicas como estilos de marcha, montar carpas y el campamento, habitaban un refugio, entre otras cosas”, explica Martínez.

De la capacidad física que Juan Pablo tenía en la montaña a pesar de su corta edad, el profesor asegura que “era extraordinaria”. Agrega que también tenía mucha energía, lo que podía generar preocupación en los guías. “Te prometo que me daba miedo salir con él porque era un chico muy loco, pero sus aptitudes físicas eran increíbles. Normalmente se iba adelante del grupo y agarraba un ritmo inalcanzable”, asegura.

Desde estas experiencias, Mohr comenzó a subir cerros con mayor regularidad. El joven y su familia vivían a los pies del cerro Manquehue, por lo que ese fue su punto de partida. En primera instancia llegaba hasta el Manquehuito, que se encuentra a 1.316 metros de altura. Siguió con el Manquehue (1.638 metros), el cerro más alto del valle de Santiago. Para una persona con buen estado físico, el tiempo de ascenso hasta esa cúspide está entre los 45 minutos y una hora. Juan Pablo solo necesitaba 30 minutos para subirlo.

Sin embargo, Martínez describe que Mohr le generaba mucha preocupación, debido a su ímpetu para subir. “El cerro tiene varias rutas de ascenso y la que se encuentra frente a Santa María de Manquehue no la hace prácticamente nadie, porque es la más difícil y larga. Además, hay que tener mucho cuidado porque tiene una pendiente inclinada, pero Juan Pablo se arrancaba y tenía que gritarle que tuviera mucho cuidado porque había posibilidades de una caída”, relata.

Justamente en este cerro, Martínez narra una vivencia, la que define como una de “las más feas” que le tocó vivir en la montaña. “Juan Pablo venía descendiendo por una zona de muchas rocas y de repente se resbaló. En ese momento yo digo ‘se acabó, se va a matar’. Realmente no sé cómo lo hizo, pero mientras caía logró dar un giro en el aire, una especie de mortal, y quedó sentado. Iba derecho a aterrizar con la cabeza sobre las rocas”.

Una vez que descendieron, el profesor dice que habló con la madre de Mohr para darle explicaciones, debido a que el joven había regresado con algunos golpes en el cuerpo. “Julio, no me digas nada porque yo lo conozco. No sacas nada con pedirme perdón porque sé que es un loco”, le dijo Carmen Prieto. Martínez explica que la noción que Mohr tenía de sus capacidades físicas lo llevaban a hacer este tipo de locuras.

Más adelante, cuando Mohr entró a la enseñanza media, comenzó a acompañar al profesor a las expediciones con los alumnos más pequeños. “En el colegio se estilaba mucho el principio de los tutores y Juan Pablo cumplía esa labor con los estudiantes que recién comenzaban a vivir las experiencias que él ya había tenido”, explica Martínez.

Incluso ya egresado del colegio, Juan Pablo siguió participando en ocasiones en las salidas a los cerros que desarrollaba el profesor.

Otro que fue testigo del sorprendente estado físico del montañista fue Nicolás Díaz. Ambos se conocieron a los 11 años, gracias al skate. “Fue una conexión demasiado rápida, en una época salíamos literalmente todos los días a andar”, asegura Díaz. Ejemplifica con un episodio que vivieron a los 15 años, cuando se les ocurrió la idea de tirarse por las bajadas de Lo Curro en skate. “Mientras yo meditaba acerca de si me tiraba o no y analizaba cómo hacerlo y cómo frenar, vi como Juan Pablo me pasó por el lado a toda velocidad. Él llegó y se tiró sin pensarlo. Todo lo que uno hacía en los deportes, Juan Pablo lo hacía diez veces mejor. Era físicamente impresionante, todo se le daba de inmediato”, dice entre carcajadas Díaz.

A pesar de que no es montañista, Nicolás Díaz acompañó a Mohr a subir el Manquehue muchísimas veces. También hicieron el Pochoco, el Provincia y El Plomo. “El Manquehue lo marcó. Ahí nació su pasión. Del colegio se iba al cerro. A veces, lo hacía hasta dos veces al día, era una locura”, asegura Díaz.

Eso sí, el momento que más marcó a Nicolás de todas las vivencias que tuvo con Juan Pablo, fue una noche en la que iban saliendo de un asado con amigos. Mientras caminaban, Mohr miró hacia el oscuro cielo y vio una torre de construcción que alcanzaba la altura de un edificio de diez pisos. “Él me mira y me dice ‘¡subamos!, la vista desde allá arriba debe ser increíble’”, narra Díaz.

Ambos subieron por la torre y se sentaron en los pesos de hormigón, esos que se usan para equilibrar el horizontal de la grúa. Nicolás asegura que sintió vértigo en el estómago, pero era imposible decirle que no a su amigo. “Era increíble la vista. Nos sentamos un rato hasta que desde abajo nos gritaron quién anda ahí. ¡A bajar rápido, nomás! Empezamos a bajar y al final había que saltar un vacío como de unos cinco metros y este loco ni siquiera lo pensó y saltó”, recuerda. Cuando Díaz logró bajar a duras penas, comenzaron a correr. “Nos fuimos justo, porque atrás venía un maestro de la construcción. Estábamos cagados de la risa… Hermosa esa vista”.

Jorge Pazmiño, montañista ecuatoriano que reside en Chile hace más de 20 años, conoció a Juan Pablo Mohr gracias a Pedro Anguita, un compañero universitario del deportista. El alpinista cuenta que hacer expediciones con Mohr “era como jugar con Messi. En cerros como el Manquehue o El Plomo te sacaba mucha ventaja. Nunca vi a nadie que marcara la diferencia como él”, asegura.

 

El diario de Juan Pablo

Una de las costumbres de Juan Pablo en sus expediciones a la montaña era llevar consigo una libreta en la que registraba gran parte de sus actividades diarias. Era su bitácora de viaje. El montañista solía enviar fragmentos de sus escritos a su familia.

Mohr escribía sobre sus rutinas diarias: a qué hora se despertaba, qué desayunaba y sus entrenamientos. Documentaba que solía llegar a los lugares antes que sus acompañantes y describía sus comidas, las que solían repetirse con mucha frecuencia.

El 13 de septiembre de 2019, mientras se encontraba próximo a conquistar la cumbre del Dhaulagiri en su segundo intento, Juan Pablo escribía lo siguiente: “El objetivo de hoy era llegar a Boghra, una casa de té en lo alto metida completamente en la selva. Me fui corriendo para llegar lo antes posible a comer y a bañarme antes de que se pusiera a llover. En dos horas llegué. Pedí comida, la de todos los días: papas fritas con huevo y tallarines con vegetales. Después de dos horas empezó a llover. Instalé todo en mi pieza e hice los ejercicios diarios. Estuve enseñándole los entrenamientos a los porters (expertos de las montañas de Pakistán que acompañan a los alpinistas en las rutas)”.

Extracto del diario de Juan Pablo Mohr durante su expedición al Dhaulagiri en 2019. Foto: Cortesía La Tercera

En otra ocasión, Juan Pablo registró una anécdota que reflejó su forma de ser:

“15 de septiembre. Campo base. Este fue el día de caminata más largo de todos. Fui el último en partir a las 7 am. La bajada del año pasado había cambiado, ya que se había derrumbado. No era muy fácil encontrar el camino. El guía se quiso quedar en el campamento uno, debido a que sabía que yo conocía la ruta. Empecé avanzando muy rápido y alcancé a todos los porters que habían salido a las 5 am. En una pasada por un río un poco más complicado, se me cayó el celular justo antes de saltar, ya que tenía el bolsillo abierto. Muy mal!!! Ahí tenía todas las fotos hasta ahora, aparte de ser el control del drone. En fin, perdí todo. Me saqué la ropa para meterme al río a buscarlo, ya que sabía que era a prueba de agua, pero aparte de pasar mucho frío por el agua congelada, no encontré nada. El caudal estaba muy fuerte, por lo que se lo debe haber llevado lejos. Uno de los porters también me ayudó a buscar, pero sin ningún resultado. En fin, las cosas materiales! Nada más, después de algo malo tendrá que venir algo bueno, como esa querida CUMBRE”.

Mohr alcanzaría con éxito la cima del Dhaulagiri en octubre de 2019.

Extracto del diario de Juan Pablo Mohr durante su expedición al Dhaulagiri en 2019. Foto: Cortesía La Tercera

Cambio de rumbo

Juan Pablo Mohr estudió Arquitectura de la Universidad Diego Portales. Tenía habilidades para la construcción y las manualidades.

Sin embargo, en el primer año de la carrera, una inesperada noticia sacudió su vida: su pareja Juana Fernández le dijo que estaba embarazada. Juan Pablo tenía 19 años. Pero no fue papá joven solo una vez, sino que tres veces. “A los 19, después a los 21 y a los 22 por tercera vez, entonces le tocó una historia media dura, porque además casarse a esa edad fue súper heavy”, comenta su hermana Carmen.

Juan Pablo Diban, amigo desde la época del Colegio San Benito, asegura que la noticia impactó positivamente en la vida del entonces estudiante. “Obviamente tuvo que ajustar muchas cosas, pero más que cambiarle el rumbo, le sumó energía y obligaciones de hacer todo bien. Los cabros chicos lo único que hicieron fue mejorar su vida”, afirma.

Mohr quiso casarse apenas supo que iba a tener a su primer hijo, pero su familia le dijo que no lo hiciera y terminó posponiendo la idea: el matrimonio fue el 26 de febrero de 2011, luego de que la pareja había tenido a sus tres hijos.

Cuando se enteró que iba a ser papá por primera vez, Juan Pablo sabía que su vida cambiaba para siempre, y, por lo mismo, le prometió a su padre que sacaría su carrera universitaria antes de tiempo, ya que no quería ser una carga para la familia. De acuerdo al medio Ladera Sur, Mohr finalizó sus estudios un año y medio antes de lo dispuesto en la malla curricular.

A Juan Pablo le gustaba dibujar y pintar. Este cuadro se encuentra en la pieza del montañista.

En la UDP conocería a un gran amigo y posterior socio laboral: Pedro Anguita. A pesar de que no formaban parte de la misma generación, los futuros arquitectos se encontraron en un ramo de Taller y de a poco fueron descubriendo que compartían el gusto por la montaña.

Uno de los momentos clave para la decisión de Juan Pablo Mohr de dedicarse por completo al montañismo y, además, acompañarlo de una labor social, fue una experiencia vivida junto a este nuevo amigo, el año 2012. Los jóvenes viajaron hasta la localidad de Caleu, en la comuna de Til-Til, a 68 kilómetros al noroeste de Santiago. El viaje se debía a que los padres de un amigo en común les encargaron la construcción de una casa en el cerro El Roble.

Mientras Mohr y Anguita realizaban las labores de obra, comenzaron a cuestionarse si era ese el tipo de trabajo que querían hacer por el resto de sus vidas. “En un momento nos dimos cuenta de que no queríamos dedicarnos a construir casas para siempre, sino que queríamos hacer arquitectura para que mucha gente la disfrutara y no tan solo un cliente”, recuerda Anguita.

Los jóvenes habían entendido que su interés estaba en realizar arquitectura en espacios públicos y no en entrar a la industria de las viviendas. También se percataron de que por ningún motivo querían ser trabajadores de escritorio y vivir sus vidas sentados frente a un computador. Así, concluyeron que su foco debía estar ligado a la construcción de infraestructuras deportivas, para tener la posibilidad de estar en todo momento ligados a la actividad física.

Una vez que regresaron a Santiago, Mohr y Anguita ya tenían claro lo que querían. “Salimos a buscar un edificio abandonado”, comenta Anguita. En esa búsqueda, los jóvenes estaban caminando por el Parque Los Reyes cuando se encontraron con Los Silos: dos torres en forma de tubo hechas de hormigón que hace más de 70 años habían formado parte de una fábrica de cemento.

Los Silos. Foto: Captura de Google Earth

El paisaje que rodeaba este lugar era desolador. “Los Silos era un basural, estaba todo destrozado. Por todos lados veías jeringas y metros de basura”, describe Anguita. Era un sitio que estaba en manos de la delincuencia y gente en situación de calle.

A pesar de este panorama, Juan Pablo Mohr y Pedro Anguita ya tenían claro que habían encontrado el lugar que buscaban. Intervención en espacio público, deporte, ayuda a la comunidad. Todos los intereses que los motivaban se entrelazaban en este sitio.

Con el objetivo definido, se acercaron a la Municipalidad de Santiago. “Nos dijeron que la única posibilidad de que nos entregaran el terreno, era que fuéramos una fundación o una ONG”, explica Anguita. Así se empezó a gestar la Fundación Deporte Libre.

“Para nosotros el significado de crear la fundación era independencia y libertad. Podíamos manejar nuestro tiempo y hacer deporte por el resto de nuestras vidas. Se convirtió en la posibilidad real de verlo como un pilar fundamental y no algo que hiciéramos en nuestros tiempos libres”, manifiesta Anguita.

Luego ambos iniciaron el proceso de reunir a personas para el proyecto: Miguel Anabalón (ingeniero comercial), Enrique Luco (ecoturista), Nicolás Muñoz (arquitecto) y Max Ovalle (arquitecto).

La causa, como la llaman en la plataforma de la fundación, es “fomentar el desarrollo de comunidades inclusivas, seguras y saludables, a través de la co-creación de espacios para el juego, la actividad física y el deporte.”

Entre 2012 y 2013, los jóvenes lograron construir a través de su propuesta de diseño colaborativo, construcción con identidad local y de seguimiento activo, su primera obra: el Parque de Escalada Los Silos.

Parque de Escalada Los Silos. Foto: Fundación Deporte Libre.

Para la intervención de este lugar, Juan Pablo y Pedro investigaron acerca de cómo en Europa lograban combinar la arquitectura con el deporte y los espacios públicos. Además, en vez de pagar oficinas, se instalaron a trabajar allí. Luego recrearon la construcción en otros puntos del país, como Osorno, Pirque y Antofagasta.

Fernanda Ugarte, quien posteriormente pasó a integrar el equipo, asegura que “había mucha gente que empezó a escalar, con lo que ese lugar revivió. Se le dio vida a un sitio que estaba completamente tirado”. Según cifras de la fundación, antes de la pandemia, cerca de 70 personas se acercaban diariamente para hacer uso de las instalaciones.

Con el tiempo, los fundadores se dieron cuenta de que transformar lugares abandonados no era todo lo que podían hacer por la comunidad. Así nació Patio Libre, proyecto de la fundación que interviene en patios de colegio y residencias de protección infantil con muros de escalada y skateparks, entre otras infraestructuras.

A la fecha, la fundación ha logrado aportar con su proyecto de Patio Libre en 16 establecimientos educacionales de la Región Metropolitana.

Muro de escalada en el Complejo Educacional La Reina. Foto: Fundación Deporte Libre.

El alcalde de Pirque de entonces, Cristián Balmaceda, valora la iniciativa de la fundación en el municipio. “El muro de escalada que hicieron tuvo mucho impacto, porque además de la construcción de este, ellos realizaron cursos para enseñar sobre su uso. Después de más de seis años todavía hay muchos jóvenes que lo ocupan”, asegura.

Por su parte, Felipe Guevara, quien era alcalde de Lo Barnechea al momento de uno de los proyectos de la fundación, también destaca el trabajo realizado en la comuna. “Era un sitio eriazo y se consiguió la recuperación de ese espacio público, pero lo más importante es que contó con mucha participación de la comunidad”, describe.

Nicolás Díaz, el amigo de la infancia de Juan Pablo, asegura que la fundación refleja todo lo que era Mohr. “Me acuerdo de que desde chicos hablábamos de hacer plazas de ejercicio en distintas partes. Su sueño era que todos pudieran hacer deporte en lugares que no se tuviesen que pagar”.

Para Fernanda Ugarte, el interés de Juan Pablo por ayudar a la comunidad tiene mucho que ver con su relación con María Alvarado. “El vínculo que formó con ella le generó esa sensibilidad con las personas que tienen menos recursos. Él quería que todos tuvieran la oportunidad de conocer la montaña y pudieran hacer deporte”, afirma.

Pero la veta social del montañista no quedó ahí. Aún cuando ya era un himalayista, Mohr continuaba preguntándose cómo podía hacer para lograr que en Chile hubiese más cultura de montaña. Fue entonces cuando, junto a Pedro Anguita, se le ocurrió un nuevo proyecto: “Los 16 de Chile”.

 

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“El proyecto nace en una subida al cerro, viendo el mal estado en el que estaban los refugios, porque no existe una cultura de montaña. Un buen refugio te permite otro desarrollo deportivo en el lugar, explorar más dentro del cerro. Le quita lo salvaje y lo hace más accesible”, sostiene Pedro.

En un principio, este plan tenía por nombre “14×14”, ya que sería un refugio por cada una de las montañas más altas del mundo. “Después nos dimos cuenta de que no tenía sentido, porque acá en Chile hay 16 regiones y para potenciar la montaña en el país debíamos hacerlo en cada una de ellas”, explica Anguita.

“Los 16 de Chile” tiene como objetivo construir un refugio en la montaña más alta de cada región del país. Además contempla clases para la comunidad, la intervención en un espacio público y un establecimiento educacional público.

Antes de partir al K2, Mohr estudió qué tamaño debían ser los refugios y en qué parte situarlos. En abril se construirá el primero en el volcán Tronador, en la región de Los Lagos, que incluirá, además, un patio de pre básica y una plaza.

Estas son las cumbres donde la fundación quiere construir los refugios:

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Una de las cosas que más movía a Juan Pablo Mohr a realizar todas estas acciones, era el amor que tenía por sus hijos. Pero en paralelo todo parecía complicarse en su relación de pareja, la que finalmente terminó por quebrarse.

“Cuando estuve con él siempre fue un buen papá. A Juan Pablo le costaba el hecho de dedicar su tiempo a otra cosa que no fuera la montaña, pero siempre aprovechó mucho a sus hijos en el sentido de compartir con ellos”, explica Fernanda Ugarte. “Los fines de semana era muy sagrado estar con ellos. No tengo recuerdos de que él se iba a la montaña en vez de estar con sus hijos”, agrega.

Sin embargo, Ivano Valle, uno de sus amigos, menciona que Mohr en algunas ocasiones sí optó por la montaña. “A veces tenía conflictos con su exseñora porque se iba al cerro en vez de estar con sus hijos. Eso igual incidió en su separación, por el tema de su dedicación a la actividad”, describe.

A pesar de eso, cuando los niños fueron creciendo, Mohr comenzó a incluirlos en algunas de sus expediciones. “Era como la terapia que hacían juntos”, dice su primo Federico Scheuch. “Trabajaban en equipo, Juan Pablo les daba funciones: ‘tú anda a buscar leña, tú arma la carpa, tú consigue el agua’. Para ellos era súper importante el vínculo familiar que podían lograr tener y esa conexión con la montaña era muy natural”, agrega.

La pareja se dio una segunda oportunidad una vez que Juan Pablo regresó del Annapurna. Todo esto luego de la traumática avalancha que vivieron en la gran montaña junto a Sebastián Rojas.

Los cercanos a Mohr aseguran que hubo un cambio en la personalidad del montañista una vez que regresó. De la misma forma, Fernanda Ugarte explica que cuando Juan Pablo se encontraba corriendo para lograr enterrar los piolets y protegerse de la nieve, lo único que hacía era pensar en Juana y en sus hijos. En ese momento, Ugarte era la pareja del alpinista.

“Nosotros teníamos una relación muy linda antes de que él se fuera al Annapurna. Me dijo que eso lo cambió, porque nunca había sentido la muerte tan de cerca. De hecho, ahí lo nuestro estaba más lindo y fuerte que nunca, sobre todo porque a Juan Pablo le costaba comprometerse con cosas que no fueran la montaña”, explica Fernanda.

“Yo creo que esa expedición lo cambió. Se puso emocional al saber que se estaba metiendo en algo peligroso”, complementa Nicolás Díaz. “Cuando regresó, Juan Pablo luchó por volver a armar su familia. Pero no resultó”, agrega.

Carmen Prieto, la madre del montañista: “Conmigo cambió mucho después de esa experiencia, se volvió mucho más cariñoso. Yo era todo para él”, asegura.

 

Altos y bajos

En 2016, luego de haber conquistado el Aconcagua y el volcán Ojos del Salado, Juan Pablo Mohr había comprendido que su capacidad física y sus aptitudes en la altura podían ir más lejos. Fue de esta manera que en 2017 viajó, sin experiencia alguna en ochomiles, al Annapurna.

En primera instancia, a Mohr se le había ocurrido subir los diez volcanes más altos del mundo, pero cuando estaba en la mitad de la planificación del proyecto se dio cuenta de que prefería conocer los Himalayas, su cultura y, sobre todo, las gigantescas montañas de su cordillera.

Al igual que todas las cumbres que hacía el deportista, el objetivo sería hacerlo sin oxígeno suplementario. La cordada del chileno estaba compuesta por el español Sergi Mingote y el brasileño Moeses Fiamoncini. Juan Pablo luego intentaría hacer dos ochomiles no solo en la misma temporada, sino que en la misma semana.

Para él, Chile era el lugar ideal para prepararse, debido a la cantidad de montañas que le permitían mantenerse en forma. El cerro El Plomo estaba a una hora de su casa, por lo que podía dirigirse diariamente a practicar. Además, Mohr había convertido el dormitorio de su departamento en un “boulder”, una modalidad de escalada que permite practicar la actividad sin la necesidad de utilizar elementos de protección como cuerdas, arnés y otros elementos de fijación.

Pieza de Juan Pablo adaptada como boulder

Su madre, Carmen Prieto, cuenta que su hijo salía de su pieza escalando a través de la estructura que construyó él mismo y que incluso llegaba hasta el baño escalando. Allí, además de practicar el deporte con sus hijos, planificaba gran parte de sus proyectos personales.

Hoy todo continúa en su lugar: sus zapatos, chaquetas, pantalones, bolsos, bastones, e incluso el traje amarillo que utilizó en la expedición del Lhotse y el Everest en 2019. “Él me pedía siempre que yo le tuviera todo ordenado. Y así le tengo sus cosas”, explica María Alvarado.

A pesar de la verdadera hazaña que significó hacer ambas cumbres en tiempo récord, Mohr no tendría mucho tiempo para celebrar. Luego de descender al campamento base, una lamentable noticia lo esperaba. “Cuando Juan Pablo estaba en la mitad del Everest a mi papá le diagnosticaron un cáncer terminal, pero como familia dijimos que esperaríamos a que hiciera cumbre para contarle”, relata su hermana Carmen.

El montañista logró estar cerca de su padre durante sus últimos veinte días de vida. Finalmente, Raúl Mohr falleció el 11 de julio de 2019 a los 61 años. Tras la muerte de su progenitor, Juan Pablo estuvo mucho tiempo muy triste y desolado.

Su amigo Nicolás Díaz agrega que él y su padre eran muy parecidos, sobre todo en el carácter. “Eso lo afectó mucho. Su papá era un pilar fundamental de la casa, de la familia y obviamente de él. Se fue ese pilar y él terminó a cargo de todo, pero tenía el poder de hacer todas esas cosas”, dice Díaz.

Una vez que comenzó la pandemia, Juan Pablo decidió irse a Cachagua junto a sus niños. De esta manera, podría estar al menos más cerca de la naturaleza. Nicolás Díaz se encontraba viviendo en Maitencillo.

Juan Pablo y Nicolás conversaron desde pequeños acerca del sueño de tener sus casas una al lado del otro y en el mismo terreno, pero lo más importante, construirlas juntos. Ese anhelo comenzó a hacerse realidad a inicios del 2019, cuando entre los dos compraron un sitio en Maitencillo. A pesar de que Juan Pablo era arquitecto y Nicolás constructor, la obra iba lenta, no solo porque estaba la pandemia de por medio, sino porque querían reutilizar la mayor cantidad de materiales posibles para no contaminar.

“Fue súper lento partir porque nos íbamos consiguiendo materiales y poco a poco íbamos armando. Al final estábamos más motivados y ya levantándola”, explica Nicolás.

Mohr y Díaz construyeron una plataforma en el terreno, sobre la que Juan Pablo se alojó todo el invierno dentro de su carpa. “Había un frío para morirse y una lluvia que ni hablar”, recuerda Nicolás, quien agrega que incluso desde Pakistán, cuando partió para subir el K2, Mohr lo llamaba desde su teléfono satelital. “Lo único que quería era volver a Chile para terminar de construir su casa. Me mandaba dibujos desde allá. Como me dejó en plena construcción, yo seguí avanzando e iba todos los días a la obra”.

La última vez que hablaron, Juan Pablo le dijo que iba a volver directo a Maitencillo para reunirse y seguir con la construcción de las dos casas.

 

K2: el último ascenso

En diciembre de 2020, con cinco de las 14 montañas más altas del mundo ya conquistadas, Juan Pablo Mohr se preparaba para un nuevo hito en su carrera deportiva: llegar a la cumbre del K2 en invierno, un desafío que hasta ese momento nadie había alcanzado, con o sin oxígeno suplementario. Evidentemente, Mohr lo haría sin la ayuda de tanques de oxígeno.

Con 8.611 metros de altitud, es montaña es la segunda más alta del mundo. Fuertes avalanchas, laderas empinadas y vientos de más de 100 kilómetros por hora son algunas de las condiciones que esperan a los alpinistas que se atreven a enfrentar a este gigante. Y en invierno todo empeora.

Desde que Fernanda Ugarte supo que Juan Pablo Mohr intentaría hacer la cumbre en el K2, tuvo un mal presentimiento. “Yo sentí que iba a morir en esa montaña”, asegura. “Mis últimos mensajes hacia él siempre fueron que se cuidara. Soñaba que él estaba en peligro, que le iba a pasar algo y me despertaba asustada. Le comenté una vez de mis sueños, pero él me respondió que todo iba a estar bien, que no me preocupara”.

No fue la única. La hermana del montañista, Carmen Mohr, también admite que desde que Juan Pablo emprendió ese viaje sintió una fuerte preocupación. Lo mismo dice el amigo y compañero de expediciones de Mohr, Ivano Valle. “Fue súper complejo cuando supe que iría al K2, porque él estaba muy entusiasmado y feliz, sobre todo porque confiaba mucho en sus capacidades y obviamente uno también, pero sabíamos que era una montaña ultra peligrosa”, relata.

Valle agrega que realizó muchos ascensos con Mohr, por lo que conocía en primera persona su capacidad, que califica de “sobrehumana”. Por este mismo motivo, para él era muy difícil plantearle a Mohr que no fuera a esa montaña. Además, una vez que la idea había entrado en la cabeza del deportista, la probabilidad de que desertara de realizarla era muy baja, reconoce. “Lo que sí le dije antes de que partiera es que no tenía que llegar obligatoriamente a la cumbre. En cualquier momento podía decir que era demasiado, que se retirara e iba a estar todo bien. Le recalqué que tuviera conciencia de eso, porque Juan Pablo era una persona muy de lograr su objetivo a toda costa”, explica Valle.

Mohr había sido invitado a este desafío por el español Sergi Mingote, con quien coronó la cumbre del Lhotse en 2019, y a quien el chileno admiraba mucho e incluso lo consideraba un mentor, según su hermana Carmen. Este era otro factor que aumentaba el interés de Mohr por el objetivo. Su cordada estaba compuesta, además de  Mingote, por el rumano Alexandru Gavan y la italiana Tamara Lunger. Todos llegaron a Skardu, ciudad paquistaní conocida por ser la puerta de entrada a la montaña Karakorum y al K2.

“Aquí partimos lo que va a ser esta esta inédita cumbre en invierno. Ha sido una semana muy intensa y movida, mucha coordinación, permisos y gestiones para poder lograr juntar a todo el equipo en Pakistán”, publicó The North Face en un sitio dedicado exclusivamente a seguir los pasos de Mohr por su sexto ochomil. El 29 de diciembre ya estaban en el campamento base del K2, tal como estaba planificado. “Impresionante la energía de este lugar, la primera vez que lo vi quise llorar”, escribió Mohr en su cuenta de Instagram.

Sin embargo, los fuertes vientos obligaron a Mohr y compañía a demorar los planes. En Chile, Carmen Mohr no lograba quedarse tranquila. “Siempre en sus viajes estaba muy pendiente de su estado y buscaba su ubicación en el GPS, pero en esta en particular había algo distinto, algo que me hacía ruido. Le mandaba mensajes todos los días”, relata.

El 16 de enero, Juan Pablo y Sergi Mingote se encontraban en el campo uno y se preparaban para retornar al campo base. El chileno le dijo al español que quería descender un poco más rápido y Sergi le respondió que no había problema, que se reencontraban abajo. Mientras Mohr bajaba vio un cuerpo que caía a gran velocidad por la pendiente. No logró reconocer quién era y descendió rápidamente para socorrer al herido. Cuando llegó se percató de lo peor: era Mingote.

“Luego de su muerte, Juan Pablo se desconectó porque necesitaba meditar y asimilar la situación”, cuenta su hermana Carmen. “Después de cinco días nos envió un mensaje por Whatsapp que decía: ‘Familia, me lanzó a la cumbre, estoy súper capacitado. Todo esto es en honor a Sergi’”.

“Nosotros confiábamos en sus capacidades y tampoco le podíamos decir ‘oye, no subas’, porque la familia es el apoyo incondicional, pero de cierta forma igual nos cuestionamos y pensamos ‘ojalá no lo subiera’”, recuerda.

Juan Pablo Mohr armó cordada en compañía de la italiana Tamara Lunger. Ambos comenzaron la expedición a la conquista del K2 el 2 de febrero a primera hora.

El reporte que envió Mohr a su auspiciador, The North Face, era claro y conciso. “Vamos a empezar a subir mañana a las 5 am directo al campo 2. Después queremos subir al campo 3 el día 3 de febrero. En el campo 3 vamos a analizar si el día 4 está bueno. Si no hay viento, vamos a tratar de llegar al campo 4 e intentar hacer cumbre el viernes 5 de febrero por la mañana”, decía el mensaje.

Finalmente, el 4 de febrero el equipo de Mohr y Lunger se encontró con otra cordada, compuesta por los montañistas John Snorri, Ali Sadpara y su hijo Sajid en el campamento 3, a 7.300 metros sobre el nivel del mar. Esa tarde Snorri llamó a su esposa para contarle que habían tenido que compartir carpa entre seis personas.

Durante la madrugada del 5 de febrero, salió la nueva cordada en dirección al campamento 4. Sin embargo, Tamara Lunger decidió no continuar y regresó al campamento base.

De acuerdo a la señal del GPS de Mohr, cerca de las 10 de la mañana llegaron al “cuello de botella”, a 8.230 metros. Hasta ese entonces, según relata Sajid Sadpara, su padre Ali y John Snorri estaban subiendo con ayuda de los tanques de oxígeno, mientras que Mohr y él continuaban sin.

La cordada volvió a sufrir un cambio cuando Sajid comenzó a presentar malestares, ante lo que su padre le sugirió usar oxígeno. Sin embargo, debido a unas fallas técnicas en el aparato, Sajid tuvo que devolverse al campamento 3.

Luego, todo comenzó a empeorar.

“Yo encontré raro que el GPS iba siempre avanzando pero en un momento se detuvo y se fue a la izquierda. Después nunca más anduvo”, dice María Alvarado, quien llevaba días siguiendo a cada instante la ubicación de Juan Pablo. Los GPS de todos los montañistas se habían congelado debido al frío extremo en el lugar.

A las seis de la mañana del sábado 6 de febrero, María relata que se despertó porque alguien le estaba tocando la puerta. Era la madre de Mohr, quien entró llorando para contarle lo que sería el inicio de una pesadilla. “¡Juan Pablo no ha bajado!”, le anunció.

Ese mismo día, helicópteros sobrevolaban la montaña en busca de los montañistas, pero no lograron encontrar nada.

Fernanda Ugarte estaba en la Patagonia haciendo escalada cuando se enteró de que Juan Pablo estaba desaparecido. “Cuando todos tenían fe y me trataban de tirar para arriba, yo ya estaba viviendo el duelo. De hecho, fui a escalar y lloraba mientras estaba en la roca. Sentía que estaba escalando con él y lloraba y lloraba”, dice emocionada.

Algo similar le ocurrió a Ivano Valle, quien no se sentía esperanzado con respecto a la supervivencia de Mohr. Recuerda que se encontraba en Farellones cuando le comenzó a hacer ruido la ausencia de noticias de Juan Pablo. “En mi interior, esa noche supe que algo había pasado, pero como que todos estaban con mucha esperanza de que todo estaba bien y no quería ser yo el que dijera que había que poner los pies en la tierra”, confiesa. “Es difícil romperle la ilusión a las personas, sobre todo porque justo por esos días fue el cumpleaños de Juan Pablo. Nos juntamos con todo el equipo de la fundación y no parábamos de llorar. Todos lo sabíamos, pero nadie lo decía”.

Luego de 12 intensos días de búsqueda, el 18 de febrero el gobierno de Pakistán lo confirmó. “Hemos llegado a la conclusión de que los montañistas ya no están en este mundo”, declaró el ministro de Turismo, Raja Nasir Ali Khan.

El amigo de Mohr, Juan Pablo Diban, cuenta que sabían que la probabilidad de que apareciera era mínima, pero la confirmación del fin de la búsqueda fue un momento muy difícil de asimilar. “Es una de las experiencias más duras que me ha tocado. Estar con la expectativa por casi dos semanas de que iba a aparecer y que en un momento se terminara el rastreo fue muy fuerte”, expresa el joven, que había viajado junto al primo de Mohr al K2 para ayudar en las labores de búsqueda.

“Independiente si hizo cumbre o no, nos da lo mismo. Era un desafío muy personal, no por tener un Récord Guinness. No creo que lo de Sergi haya afectado sus capacidades físicas, aunque las emocionales sí, pero no por eso no volvió”, manifiesta su hermana Carmen.

En julio del año pasado, su cuerpo fue encontrado por otra expedición. Su familia decidió dejarlo en el K2. “Aquí está solo el cuerpo, me llevo el alma”, dijo su madre a la prensa, quien viajó a Pakistán a despedirse de su hijo. A la edad de 34 años, Juan Pablo Mohr, el montañista más destacado de la historia chilena, se quedó en la montaña, tal y como quería. Ese era su lugar. “Él siempre me decía que si algo le pasaba quería que tiraran sus cenizas en la montaña”, finaliza María Alvarado.

“Es muy difícil estar sin Juan Pablo. Es como un carrusel con altos y bajos”, explica Federico Scheuch. Para el primo del montañista, la mejor manera de pasar el duelo es trabajando por los mismos sueños que tenía Mohr. “Estoy muy enfocado en poder seguir su legado, poder trabajar en los mismos proyectos que veníamos trabajando. Nos dejó mucho trabajo y el show debe continuar. Imagínate que en la última llamada que tuvimos me dijo ‘Fede, tienes mucha pega. No descanses porque estoy acá en el Himalaya, hay muchas cosas que hacer’”.

 


 

Este reportaje es una versión editada del Proyecto de Título desarrollado por Andrés Muñoz Zwanzger y Magdalena Ortega Vera. Su profesor guía fue Javier Ortega Serrano.
Imagen de portada, gentileza de Fundación Deporte Libre

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