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Si nos dejan: La historia de un amor en una casa enrejada en que murieron 7 personas
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Si nos dejan: La historia de un amor en una casa enrejada en que murieron 7 personas

Una vela destinada a espantar las malas vibras, inició un incendio del que siete personas no pudieron escapar en Cerro Navia. La casa estaba protegida por una serie de barrotes y candados que habían sido instalados tras sufrir algunos robos. Esta es la historia de un amor que terminó de forma abrupta en noviembre del año pasado.

Por Sebastián Palma e Iván López

18 Abril 2022

Durante la madrugada del 18 de noviembre del 2021, la última noche de vida de Nicole Ramírez (29), su pareja y padre de sus dos hijas, Sebastián Acuña (28), la miró recostado en la cama y le dijo las palabras que sólo lanza un hombre enamorado. El motivo de la conversación de Sebastián no era azaroso. Esa noche Nicole se preparaba para celebrar su cumpleaños. Había hecho su propia torta junto a una amiga, que la visitó desde Andacollo y que viajó a la capital en compañía de sus tres hijos.

Sebastián le tenía preparada una sorpresa. Parte de su plan era, primero, hacerla rabiar fingiendo desinterés en la fecha. Por lo mismo, la había evitado durante toda la tarde del día anterior. Esa madrugada planeaba seguir ignorándola y cuando despertaran a la mañana siguiente, él saldría a trabajar en su taxi.

No la llamaría durante todo el día. Imaginaba que luego de horas esperándolo ella estaría furiosa por su desidia impostada. Solo entonces, Sebastián iba a revelar su secreto. La felicitaría por su cumpleaños, explicándole que era todo parte de un plan, cuyo objetivo era hacer de este y todos los cumpleaños que vinieran una demostración de amor inclaudicable. Ese día Sebastián le iba a pedir matrimonio.

La sorpresa iba en serio. Esa semana Sebastián compró las argollas, mandó a hacer un pendón a una imprenta con una fotografía de ambos, compró globos y encargó rosas. Quería llenar de pétalos el pasaje en el que vivían. Todo sería coronado por un grupo de charros que entonarían la canción Si nos dejan, un himno de la relación y la música perfecta para demostrarle a su pareja que las propuestas de matrimonio de cuentos de hadas también ocurren en Cerro Navia.

Ese era su plan, pero en esa madrugada, antes de dormir, no se pudo aguantar. No le contó sobre la propuesta, pero sí le dio algunas pistas. “Esa noche le dije que se venían cosas nuevas para nosotros y nuestras hijas. Que se preparara para vivir como una princesa. Que de aquí para adelante le iba a dar todo lo que tengo, a entregar todo lo que soy” recuerda Sebastián.

Ambos se quedaron dormidos luego de la conversación. Su hija menor estaba acurrucada en medio de los dos. Al día siguiente nada de lo planeado por Sebastián terminó pasando.

Las llamas lo consumieron todo. Casi todo.

Vivir enrejados

Sebastián y Nicole se conocieron en el colegio y nunca se separaron. Cuando los dos eran adolescentes tuvieron su primera hija a la que llamaron Martina. Él de Renca y ella de Cerro Navia, la joven pareja intentó establecerse como podía.

Cuando Sebastián cumplió 21 años comenzó a trabajar como chofer de buses en una empresa de turismo. Siguió el ofició de su padre que durante la década de los noventa creó una pequeña empresa de micros amarillas, la que contaba con dos máquinas y la que permitió sacar a flote a su familia.

El negocio del padre de Sebastián permitió que la familia Acuña pudiera prosperar en medio de la Villa Mercedes de Renca. Sin embargo, también lo llevó a enfrentarse por primera vez con la delincuencia. Sebastián recuerda que en más de una ocasión ladrones entraron armados a su casa intentando llevarse la recaudación del día de las micros de su padre. También, que desde niño, debió lidiar con las estrategias de su familia para evitar robos, que si bien eran menores, resquebrajaban su calidad de vida.

No podían dejar los tarros de la basura fuera porque desaparecían al instante, lo mismo con las radios o antenas de los vehículos. Tampoco podían colgar la ropa en el exterior ya que, en un pestañeo, desaparecía. Sebastián recuerda que un día vio a un hombre que salió corriendo, cargando un tendedero lleno de sábanas y cobertores de su casa.

Ya de adulto y como chofer, Sebastián comenzó a generar una mayor cantidad de dinero, pero también mientras se desempeñaba en la empresa de turismo comenzó a consumir drogas. Una adicción que lo alejó de su familia y que casi lo lleva a perder su relación con Nicole.

Sebastián, dice que solo el apoyo de ella permitió que el pololeo pudiera seguir en pie. “Cuando me metí a los buses pasé a ganar 600 lucas en la quincena. Y me volví loco. Ahí me metí en la droga, porque trabajé en ese tiempo en una empresa donde el dueño de los buses empezó a darme. Pero estar al lado de Nicole me salvó, cuando llegué al lado de esa mujer me enseñó hábitos, me enseñó modales. Era como que domesticaran a un perro bravo y lo volvieran un poodle toy”, cuenta Sebastián.

En medio del intento de no consumir cocaína y con el apoyo de su pareja, Sebastián llegó a vivir a la casa de sus suegros en Cerro Navia. Ellos conocían bien sus adicciones, pese a lo cual lo aceptaron y apoyaron en el proceso de rehabilitación.

Sebastián llegó a una casa en la que vivían nueve personas. Además de él y sus dos hijas (Antonella nació en 2017), también vivían allí sus suegros, y un sobrino político de Nicole con su pareja y su hijo. La casa era una construcción de dos pisos ubicada en el pasaje Valdenegro. Las ampliaciones realizadas para que pudiese albergar cómodamente a una familia tan numerosa las realizó el padre de Nicole, quien junto a su esposa, pudieron costear la inversión gracias a una vida de trabajo como feriantes.

Allí Sebastián y Nicole configuraron un proyecto de vida. Vendieron casi todas sus pertenencias de valor, pidieron préstamos y compraron dos taxis. Uno de ellos era manejado por Sebastián y el otro por conductores independientes. El negocio comenzó a prosperar rápido. Nicole y Sebastián comenzaron a dibujar una vida fuera de Cerro Navia. Incluso fueron a ver una casa en Buin que tenía una piscina pequeña y un terreno grande donde Sebastián proyectaba levantar un taller. Se imaginaban los cuatro allí. Felices.

En la casa de Cerro Navia, junto con el mejor pasar económico de Sebastián y Nicole, sus dos taxis comenzaron a llamar la atención. Si las ampliaciones en la casa ya comunicaban que allí había dinero, el pequeño negocio de la pareja acrecentó esa proyección.

Al igual que los padres de Sebastián, la familia de Nicole debió lidiar con la delincuencia. Las ampliaciones de su domicilio levantaron las suspicacias de sus vecinos y la casa comenzó a ser categorizada como “la de los narcos del barrio”. Había una trampa en aquella denominación. Las casas de narco suelen estar protegidas por la reputación de sus dueños. Nadie se les acerca. Sebastián cuenta que, en cambio, la casa de sus suegros pasó a ser foco de la delincuencia.

“Varias veces metieron diablos a la reja y los ponían en la puerta y se sentía el pencazo. Entraron más de una vez, eso pese a las protecciones. Había una chapa giratoria con llave, la puerta tenía dos chapas y dos picaportes y después le pusieron dos platinas de acero. La puerta además era de alerce, pero una vez le metieron palanca y llegaron a despegarla de abajo. Allí vivíamos en la inseguridad. Un día mis suegros estaban veraneando en Cartagena y tuve que sacar a un huevón que se estaba metiendo por el portón”, recuerda Sebastián.

La casa no fue solo foco de delincuencia. Sebastián asegura que en más de una ocasión en las mañanas se toparon con los automóviles manchados de aceite. También que comenzaron a aparecer pedazos de pollo podrido y huesos en el patio delantero. “Si no eres del ambiente de narcos o de ladrones, estás desprotegido. El niño crece en la población diciendo ‘quiero ser como él’. No dice ‘quiero estudiar’. Ellos piensan cumplir 18 años y comprarse un pasaje para irse a robar Europa. Entonces yo y la familia no éramos un referente para nadie. De hecho, por trabajar te dicen que eres un huevón laburante. Ser alguien laburante pasa a ser como un insulto”, reflexiona.

La sensación de delincuencia en aquella casa fue tanta que el suegro de Sebastián, Héctor Ramírez, decidió redoblar la seguridad. Sumada a las chapas instaló rejas con candados en cada ventana. El procedimiento para salir de casa, además, incluía dos puertas y un portón. Varías de ellas tenían chapas, picaportes, incluso dos estacas con candados.

Solo un ladrón avezado podría quebrantar los cerrojos.

 

Una trampa mortal

Antes que Sebastián se acostara con Nicole y le prometiera una vida de princesa, ella preparó los bizcochos para su torta de cumpleaños. Lo hizo en compañía de Támara Marín (34), su íntima amiga que sabía de repostería y que había viajado desde Andacollo con sus hijos Ángela (16), Emilio (9) y Pascal (3).

Los preparativos para la fiesta estaban listos. Antes de acostarse con su pareja, Nicole cumplió con un ritual que hacía todas las noches. Encendió una vela en un altar de la Virgen ubicado en el primer piso, el mismo que colocaron con el fin de espantar las malas vibras luego de los episodios del aceite en los autos y del pollo podrido.

Desde allí comenzó el fuego que lo cambió todo y que Sebastián recuerda como si fuese una secuencia de imágenes.

Primero, salir de la casa: “Esa madrugada yo me sentía despierto, pero estaba totalmente ido, quizás era el humo. Recuerdo que Nicole pasó por arriba mío, abrió la ventana. Yo miré y vi mucho humo. Ella gritó: ‘Nos estamos incendiando’. Mi señora entró en pánico. Quebró los vidrios. Intentó encender la luz, pero el circuito eléctrico ya estaba destruido. Los celulares estaban descargados, por lo que la salida iba a tener que ser a ciegas. Tomé a mi hija menor en brazos y salimos (…). Afuera había más humo. Vimos bajar a mi suegro por las escaleras. Mi señora pensó en su mamá y en Martina. Yo la iba siguiendo, pero veo a mi hija menor con un ataque respiratorio por el humo, ella tiene principio de asma. Nicole me dijo ‘sal con ella y nos vemos afuera’ (…). Bajé la escalera con ella en brazos. Como no había luz, tuve que bajar de memoria. En la escalera había 21 peldaños. Yo bajé contando de 1 a 1 y cuando llegué cerca del 20 salté. Me tiré para abajo donde estaba la puerta. Recuerdo que me saqué la polera y le cubrí la cara a mi hija. Ella venía muy mal con el humo. Saqué el picaporte, abrí la manilla y cuando llegué al patio pudimos respirar”.

Sebastián no logró abrir el portón, el que solo cedió gracias a la ayuda de sus vecinos. Cuenta que, tras dejar a su hija a salvo, regresó por el resto de su familia. “Miré al segundo piso y sentí la casa crujir. Intenté subir por la escalera, pero los peldaños se caían como si fueran esponjas. No podía subir por ahí, así que volví a salir (…). Intenté subirme por el cobertizo. Nicole y Martina estaban en la pieza de mi suegra que daba a la calle. Ellas intentaban salir por la ventana, pero no podían porque había una protección con candado. Gritaban. Yo esperaba subir, volverme loco y romperlo con mis manos. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Intenté subir al cobertizo. Estaba decidido, pero se cortó un cable de corriente que parecía una anguila. Estaba tratando de esquivarlo cuando siento un estruendo. En segundos se desplomó todo el segundo piso. Yo caí”.

“Un vecino me dijo que tenía que ser fuerte, que no había nada que hacer. ‘No puedes meterte porque ya salvaste a tu hija, no la puede dejar sola’, me dijo. Yo gritaba y gritaba, diciendo que Nicole y Martina iban a salir de ahí. Pero nunca salieron. Los bomberos hicieron lo que pudieron, pero ya no había nada que hacer. En el incendio falleció la amiga de mi mujer con sus tres hijos. Mi suegra. Mi Martina de diez años y mi señora”, recuerda Sebastián.

La promesa que no se quemó

Pocas horas después que las llamas consumieran por completo la casa del pasaje Valdenegro, Macarena Acuña, hermana de Sebastián, llegó en su auxilio. Bomberos ya estaba en el lugar y pese a los esfuerzos, no pudieron hacer mucho más que impedir que el fuego se propagara por las casas adyacentes.

Macarena no solo acompañó a su hermano y a su sobrina menor esa noche. El duelo por perder a su cuñada y a su sobrina era particularmente doloroso para ella, ya que como tía había forjado un lazo especial con la hija mayor que su hermano había tenido cuando era un colegial. “A ella le encantaba venir a mi casa. Yo era su devoción, yo sentía que era todo para ella y ella era todo para mí. De repente yo me peleaba con mi hermano, pero ella igual le pedía a su papá que la trajera desde Cerro Navia a La Florida. Le encantaba quedarse (…). Para mí, Martina no era una sobrina, era mi hija”, cuenta Macarena.

Los hermanos han tenido tiempo para pensar con respecto a la decisión de encerrarse producto de la delincuencia y la inseguridad. Ambos concluyen que enrejar las casas es un arma de doble filo y que una medida así nunca se debería materializar si es que no se cuenta con un plan de escape.

“Nunca pensamos qué haríamos si la casa se quemaba. Y ese día me sentí como un ratón. Una rata perseguida por una escoba”, cuenta Sebastián, quien además reflexiona sobre la nueva ley de cierre de calles y peajes. “Esta ley no es preventiva, es un parche nomás. Es para que te sientas un poco más seguro. Yo pienso que con esto le sacas la lengua a la delincuencia, pero juegas con la muerte. Es un arma de doble filo”.

Tras las muertes de Martina y Nicole, el Servicio Médico Legal demoró 15 días en entregar sus cuerpos, junto al de los otros fallecidos del incendio. Mientras, Antonella (4), la hija menor de Sebastián y Nicole, fue atendida en el Hospital Sótero del Río para evaluar sus pulmones tras la gran cantidad de humo que respiró. Durante la evaluación clínica, la pequeña relató el episodio que provocó la muerte de su abuela, hermana y madre. El testimonio fue tan conmovedor, que la doctora tratante derivó a la niña para recibir apoyo psicológico, tratamiento al que asiste cada viernes.

Hoy, Sebastián y Antonella viven en La Florida junto a Macarena y sus tres hijos. A tres meses del incendio que cambió su vida para siempre, Sebastián cuenta que dejó de asistir a sesiones de apoyo psicológico. Sin embargo, dice que es su hija quien lo sostiene y lo empuja a seguir adelante. “Yo de vez en cuando lloro solo y algunas veces ella me ha visto. Me intento secar las lágrimas, pero una vez me preguntó si es que lloraba porque extrañaba a su mamá. Ese día me dijo: ‘papito, yo igual la echo de menos, pero tú te tienes que sentir feliz, yo te amo porque me salvaste la vida. Le ganamos al fuego’. Esos gestos me sostienen, pero me dejan mal”, afirma Sebastián.

A sus 28 años, dice que espera cumplir la promesa que le hizo a Nicole. La vida de princesa que se comprometió a entregarle a su mujer eso sí, deberá ser para su Antonella: “Pienso que si le doy un futuro malo no tendría sentido habernos salvado”.

Entre balas y rejas

Por Ignacia Arriagada, Iván López, Micol Parra, Ignacia Pezoa, Valeria Pozo, Nicolas Villagra, Gonzalo Mendoza.

Edición: Ivonne Toro y Sebastián Palma.

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