“LO ÚNICO QUE SÉ HACER ES VENDER CARNE”

María Zúñiga tiene 70 años y es una de las pocas mujeres que administra una carnicería en el Matadero Franklin. El local es herencia de su padre, quien la inició en un negocio que hoy sufre importantes cambios: los supermercados les han quitado clientes, los visitantes ya no son tan fieles y el vértigo dio paso a la tranquilidad en sus pasillos. ¿El futuro? María confía que su hijo lo escriba, siempre cerca de la carne. 

Por Francisca Torres


Entre un par de gatos bien alimentados y personas que se cruzan con carros de feria y bolsas, en plena calle San Francisco, emerge el cartel «Bienvenidos al Mercado Matadero Franklin». Queda poco para las ‘Fiestas Patrias’’, la decoración tricolor ya cuelga del techo y se extiende por todos los pasillos. Pero es curioso, donde antes decenas de personas buscaban ofertas para nutrir su parrilla, hoy el escenario es muy distinto. En la previa a un “18 XL”, las carnicerías lucen pocos compradores, dando cuenta de un fenómeno que poco a poco se acentuado con los años.

El local «El Chuncho» está en el tercer pasillo del Matadero. Se exhibe carne fresca de novillo y de cerdo, y tal como dicta la tradición, sus precios están escritos a mano en rojo y amarillo. Desde afuera se puede ver que el negocio está lleno de cajas con mercadería en su interior. El mesón es atendido por tres hombres. En una de las esquinas, detrás de una caja y con un delantal blanco, aparece María Zúñiga Urbina (70). Tras un amable ¿Qué busca señorita?, nos presenta sus terrenos. María es la dueña del local, una tradición que heredó de su padre y que orgullosa nos invita a conocer.

Al entrar es posible ver que la carnicería está adornada como una casa: la paredes de color blanco están llenas de plantas colgando, un televisor en la esquina y una ventana de madera que da hacia el frigorífico. Recorren cada espacio los tres colaboradores de María, todos uniformados con polerón y pantalón azul eléctrico, junto a un delantal rojo donde aflora un pequeño búho en el centro.

Cada mañana María y su marido, Mario Cautivo (72), abren el local cerca de las 8:00 am. El matrimonio vive en San Miguel y sigue esta rutina religiosamente de lunes a domingo. “He trabajado toda mi vida, desde niña. Yo lo único que sé hacer es vender carne”, dice María y sonríe, reconociéndonos que el único día que no abre el local es el 1 de enero.

Una vida en el Matadero

Para la familia Zúñiga la carne se transformó en una tradición familiar desde que Bernardo, padre de María, compró el local y lo bautizó con el símbolo del equipo de sus amores, la Universidad de Chile. Esos eran buenos tiempos para el Matadero y desde pequeña que María hizo suya la carnicería, conociendo poco a poco todo el teje y maneje del recinto.

A los 10 años, María se levantaba todos los sábados a las 5 de la mañana para acompañar a su padre al antiguo matadero. Le encantaba atender público, ocupar la caja e interactuar con las personas que compraban y vendían en el sector. Por lo mismo, cuando él falleció hace ya 35 años, no dudó en hacerse cargo del negocio junto a su madre. Atrás quedaron sus estudios de laboratorista dental. Su vida ahora se abocaría a la carne.

María está orgullosa de la cercanía con su clientela que desde pequeña logró construir: “La mayor característica que tiene mi local es que es atendido por su propia dueña. Yo siempre estoy acá, me gusta interactuar con los clientes. El que me viene a comprar los conozco desde niños, es generacional. Han venido con su mamás, se han casado, han formado familia y siguen viniendo. Yo tengo mucha afinidad y cercanía con los clientes”.

Nuevos tiempos

La carnicería ‘El Chuncho’ utiliza 2.000 kilos de carne cada mes, sin embargo, esto no está ni cerca de lo que vendían hace más de veinte años. María recuerda con nostalgia el apogeo del Matadero, cuando una serie de poblaciones se agrupaban a su alrededor y le aseguraban la venta de cada mes.

En la actualidad, la disminución en la demanda de sus productos ha sido sistemática y según esta experta, hay una sola explicación: el arribo de los supermercados. “Uno en septiembre tiene la esperanza que va a ser bueno, pero últimamente eso ha ido cambiando. Los supermercados para nosotros es una competencia terrible. Este año ha sido horrible, en el mes de junio casi no vendimos nada, fue muy malo, me bajaron las ventas más de un 30% y eso es mucha plata”, sentencia María. 

A esto se suma el cambio en el perfil de sus clientes. Hoy en su mayoría son inmigrantes, quienes no compran grandes cantidades de carne, sino que buscan opciones más económicas, como la carne molida y el churrasco. No obstante, María está decidida a seguir trabajando en el Matadero junto a su marido, ya que espera que la tradición familiar continúe y sea su único hijo el que se haga cargo del negocio.


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