Familias por mientras

El Gobierno quiere sacar de las residencias a cerca de 700 niños de entre 0 y 3 años para que crezcan en familias de acogida. Pero esa política depende de algo que hoy escasea: personas dispuestas a recibirlos en sus casas durante meses o, incluso, años. Mientras más de 5 mil niños, niñas y adolescentes siguen viviendo en residencias de Mejor Niñez, las familias transitorias aparecen como una respuesta a una crisis que el país arrastra desde los años del Sename. Sin embargo, quienes ya participan del programa advierten que los recortes anunciados están reduciendo parte de los apoyos que recibían, justamente cuando el Estado necesita sumar más hogares.

Por Silvana Campos Hidalgo

24 de Julio de 2026

Cuando murió Lissette Villa, de 11 años, en el Centro de Reparación Especializada de Administración Directa (Cread) de Galvarino, una residencia del Sename, el psicólogo Francisco Covarrubias, 47 años, se enteró por la televisión. Dos años después, durante el segundo mandato de Sebastián Piñera, el Gobierno coordinó una mesa de trabajo para enfrentar la crisis en la que estaba sumido el servicio. Aún conmovido por el caso de Lissette, Covarrubias decidió participar enviando una propuesta.

“Pero de las 220 propuestas no se presentó ni una sola sobre familia. Era muy loco, porque imagínate: el acuerdo era por la infancia. Y de todas las propuestas, la única sobre familias de acogida era la nuestra”, dice, con la pierna cruzada sobre el sillón de su casa.

Años después fundó ProAcogida, organización que acompaña a personas interesadas en transformarse en familias transitorias y trabaja junto al Programa de Familias de Acogida Especializada (FAE). Él y su pareja también decidieron dar el paso. Hoy cuidan a un niño de 9 años que mantiene visitas semanales con su familia de origen.

Según datos del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia, hasta mayo de 2026, 127.454 niños, niñas y adolescentes habían sido separados temporalmente de sus familias por vulneraciones de derechos. De ellos, 5.167 llegaron a residencias de Mejor Niñez y 11.796 fueron derivados a familias de acogida. “Necesitamos tener más para que la solución no siga siendo la residencia”, dice Covarrubias.

Explica, además, que muchas personas desisten por miedo al vínculo afectivo que inevitablemente se construye con los niños. Pero, para él, permanecer en una residencia puede profundizar el daño de quienes ya han vivido experiencias traumáticas. “Las cosas negativas que tiene la familia de acogida son infinitamente menores a los beneficios que tiene para los menores”.


ADOPTAR DESPUÉS DE ACOGER

Hace dos años y medio que Maxi vive con Paloma Galaz y su pareja, Alejandra Otárola. Ellas son una familia de acogida primeriza. Viven en un departamento cerca de La Moneda, rodeadas de fotografías familiares, plantas, juguetes y una mascota. Dicen que Maxi ya tiene 5 años, que es un niño amable y extrovertido, que le gusta hablar, estar con sus mamás y mostrar sus juguetes.

Para convertirse en familia de acogida tuvieron que cumplir varios requisitos: ser mayores de 18 años, contar con ingresos estables, tener una red de apoyo, no estar inhabilitadas para trabajar con niños, niñas y adolescentes, no tener antecedentes penales y que todo el núcleo familiar estuviera de acuerdo con la decisión. También debían asumir una condición de entrada: acoger no era adoptar.

Paloma, 39 años, es abogada de la Defensoría de la Niñez, mientras que Alejandra, 37 años, es ingeniera estadística del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género. Al principio pensaban distinto. Paloma no quería ser madre, pero Alejandra sí. Entonces llegaron a un acuerdo: empezarían por ser familia de acogida.

Maxi vivía en una residencia de menores. Antes de llevarlo a su casa, la pareja comenzó un proceso de vinculación con él. Primero lo visitaban en la residencia y pasaban tiempo juntos. Después empezaron a integrarse a su rutina: iban en la mañana, lo levantaban, lo llevaban al jardín, volvían en la noche, lo acostaban y se quedaban con él hasta que se durmiera.

“Los últimos días se quedaba dormido muy tarde, porque se había dado cuenta de que nosotras nos íbamos cuando él se dormía. Entonces, por ejemplo, a las 10.30 todavía no se dormía. El día antes de que se viniera a vivir a la casa, vino con su terapeuta, vio que tenía su pieza, su espacio, con fotos de él y de su familia, conoció a nuestra perrita, y al otro día lo fuimos a buscar”, recuerda Paloma.

Desde el Programa de Familias de Acogida Especializada (FAE) les entregaron cuna, coche, silla para comer y otros implementos básicos. También comenzaron a recibir gift cards mensuales destinadas a pañales, comida, artículos de aseo personal y productos para la casa. Cada tres meses, además, les entregaban una tarjeta para vestuario y calzado. Paloma dice que esa ayuda ha sido importante, pero que ellas suelen complementar esos gastos con sus propios recursos.


“Terminó por cambiarnos la vida en 180 grados. Ha sido brutal”, dice Paloma Galaz. En la foto, junto a Alejandra Otárola y Maxi.


Cuando Maxi llegó, Paloma y Alejandra decidieron cambiarlo de jardín. Ambas trabajan cerca de su departamento y el jardín anterior quedaba lejos, por lo que optaron por uno más cercano. En salud, Maxi mantiene sus controles en el sistema público, aunque ellas también lo llevan a recintos privados cuando lo consideran necesario. Cada atención deben informarla al programa, porque los registros del sistema público y privado no se cruzan automáticamente.

Al principio, Maxi tenía visitas semanales con su madre biológica. Después de la muerte de ella, siguió viendo al resto de su familia de origen. Paloma y Alejandra comenzaron a pensar en adoptarlo cuando ya había pasado el tiempo habitual de acogida: dos años. Hoy están en ese proceso.

Aunque desde el comienzo sabían que las familias de acogida no ingresan al programa con la expectativa de adoptar, ambas reconocen que el vínculo con Maxi se fue dando de manera natural. “Como que la vida ha empujado hacia esa opción. Nosotras tuvimos que reconciliarnos con la idea de una maternidad permanente y también de saber y de asumir que existe la posibilidad de que Maxi se quede con nosotras para siempre, y eso es lo que estamos trabajando ahora, que se quede. Pero, como te digo, esto es un caso muy excepcional”, explica Paloma.

Mientras habla, Paloma cocina y prepara la llegada de Maxi después del jardín infantil. Sonríe cuando intenta resumir lo que significó abrir la puerta de su casa. “Terminó por cambiarnos la vida en 180 grados. Ha sido brutal”.


SER UN PUENTE

El sol de la tarde ilumina la casa blanca de Nicole Nualart. En las paredes hay fotografías de su familia y de los niños que alguna vez vivieron allí. Sobre uno de los sillones descansan Juanito y Manolo, los gatos de la casa. Al segundo lo llaman “el gato terapéutico” de Renata, su hija del medio.

Nicole, 50 años, es psicóloga. Dice que ser familia de acogida los marcó tanto, que sus tres hijas terminaron vinculando sus propias vidas al trabajo con niños, niñas y adolescentes. Antonia, la mayor, es ingeniera civil y trabaja en la Fundación Colunga, dedicada a estudios sobre niñez. Renata estudia Derecho y quiere especializarse en el área de familia. Dominga, la menor, estudia Obstetricia.

La idea de acoger niños empezó cuando sus hijas rondaban los 10 años y querían un hermano. Un día, ella y su esposo, Carlos, les preguntaron en broma si lo que querían era un hermano o simplemente tener una guagua en la casa. Ellas respondieron que querían una guagua. Años después, Antonia llegó con una revista en la que se hablaba de las familias de acogida.

—Mamá, tú dijiste que si te traíamos una guagua, tú la criabas. Aquí está —le dijo su hija.

“Yo me morí de la risa porque pensé que era un juego. Cuando leí el reportaje no me pude volver a reír nunca más. Lo encontré tan terrible, tan dramático. Nunca más pude volver a dormir tranquila pensando que había una guagua sola en una cama y que a mí solamente la lata me detenía de poder cuidarla”, recuerda Nicole, mientras toma un sorbo de café.

Carlos y Antonia fueron los primeros en investigar cómo podían convertirse en hogar de transición. El proceso fue largo. Estuvieron un año en evaluación, asistieron a reuniones y toda la familia tuvo entrevistas, también su círculo cercano. Nicole cuenta que, incluso, los pololos de sus hijas fueron entrevistados para saber si estaban de acuerdo con la decisión de acoger.


Las paredes de la casa de Nicole Nualart están llenas de fotos de los niños que alguna vez vivieron allí. Ella dice que siguen teniendo contacto con varios.


De los niños que han pasado por su casa, algunos llegaron después de ser separados de sus familias de origen y otros fueron acogidos apenas recibieron el alta del hospital al nacer. Ninguno pasó por una residencia infantil. Algunos estuvieron solo unos meses con ellos; otros, años. Siguen teniendo contacto con varios, porque sus familias adoptivas decidieron mantener el vínculo. Con otros tuvieron que cortar el lazo. Sin embargo, con un niño en particular la relación fue diferente.

Para este reportaje, Nicole prefiere llamarlo Pedro.

Cuenta que Pedro llegó a la casa cuando tenía cuatro años. Había sido separado de su familia después de que sus padres fueran detenidos y llevados a la cárcel. Cuando ambos salieron de prisión, comenzó el proceso para que el niño volviera con su familia de origen. Pedro regresó a ese entorno y la familia de Nicole siguió teniendo contacto con él, aunque cada vez con menos frecuencia.

Actualmente, Pedro tiene 11 años, no vive con sus padres y, según cuenta Nicole, no quiere saber de ellos. Ambos desarrollaron un consumo problemático de drogas y dejaron de cuidarlo adecuadamente. Hoy vive con una de sus tías, con quien la familia de Nicole ha podido mantener el vínculo.

La historia de Pedro no es la norma. En otros casos, el contacto ha sido constante. Se juntan, comparten y conocen a los padres y madres adoptivas de varios niños que pasaron por la casa. Para ella, todos forman una sola gran familia.

Hace ocho meses que en la casa de Nicole no hay niños de acogida. De vez en cuando todavía encuentra juguetes tirados. Dice que le da nostalgia, pero toma este tiempo como “un descanso”. Su última acogida fue la sexta, y siente que ya no tiene la misma energía. Aun así, reconoce que a veces “le empiezan a picar las manos” por recibir a otro niño.

En su casa siempre tuvieron claro que eran un puente. Por eso nunca quisieron adoptar. Nicole se ha encargado de explicárselo a los niños que cuidaron, sobre todo a los más grandes: estarán ahí por un tiempo, pero ella siempre será su mamá de acogida.

Lo que les decía era que “Dios había planeado una familia en la cual ellos pertenecían, pero que la cigüeña se había equivocado y que la mamá donde ellos tenían que nacer no los podía recibir en su guatita. Entonces buscó una guatita para que ellos nacieran, pero esa guatita tampoco era la guatita definitiva, así que tenía que buscar un camino para llegar a su familia definitiva, y que yo era el camino para llegar a esa familia”.


“ALGO DE LOCOS”

La primera vez que Joselin Catalán, 44 años, escuchó hablar de las familias de acogida fue en el jardín infantil donde trabajaba como educadora de párvulos. Un caso la impresionó tanto que llegó a contárselo a su marido, Juan José Manzano, topógrafo, 43.

Él reaccionó de inmediato. “Le pareció algo de locos. No entendía cómo alguien podía criar a un niño para que después se fuera con otra familia”, dice Joselin.

Fueron a charlas informativas, pero la opinión de él no cambió. Creía que no serían capaces de separarse.

Hasta que llegó la pandemia.

Encerrados en su casa de San Bernardo por la cuarentena, pensaron en los niños que estaban en residencias de menores. Solos, sin visitas y sin la calidez de un hogar. Entonces tomaron la decisión. Entraron al Programa de Familias de Acogida Especializada (FAE) y pasaron seis meses en evaluación.

El primer niño llegó a su casa en 2022. Martín (nombre ficticio, a solicitud de la familia) tenía un año y un mes cuando fue separado de su familia de origen y llegó al hogar de Joselin y Juan José. “Ocho meses después se fue con una tía, que estuvo presente durante todo el proceso de acogimiento y terminó adoptándolo junto a su pareja”, dice ella. La despedida fue difícil para la familia Manzano Catalán, pero siguen en contacto con Martín, aunque se ven poco. La distancia, desde San Bernardo a Santiago centro, explica Juan José, les juega en contra.

Después llegó Javiera (nombre ficticio). Había sido abandonada en el hospital al nacer. Tenía 27 días cuando fueron a buscarla, justo el día del cumpleaños de Emilia, la hija del medio de Joselin y Juan José. Su llegada fue, para ellos, una especie de regalo. Javiera vivió algunos meses en la casa, hasta que desde el sistema les informaron que habían encontrado una familia apta para adoptarla y, de inmediato, comenzó el proceso de vinculación.

Su partida también fue dolorosa. El día en que sus padres adoptivos fueron a buscarla, esperaron hasta el último momento para armarle la maleta. “Fue un proceso triste”, recuerda Juan José. Aun así, el vínculo no se cortó. Hoy mantienen una relación cercana con la nueva familia de Javiera. Cuando ellos tienen algún inconveniente, la niña vuelve a la casa de los Manzano Catalán y ellos la cuidan.

También siguen viendo a Martín. A veces, cuando salen, pasan a buscarlo a él y a Javiera, los llevan a pasear y luego los dejan nuevamente con sus familias. Para Joselin y Juan José, una de las cosas más importantes ha sido poder ver sus hitos: cómo crecen, cómo avanzan y cómo siguen formando parte de sus vidas, aunque ya no vivan con ellos.


La familia de Joselin Catalán y Juan José Manzano entró al Programa de Familias de Acogida Especializada (FAE) durante la pandemia. Pasaron por seis meses de evaluación.


La posibilidad de adoptar siempre ha estado presente. Dicen que pensarlo es inevitable. Pero, para ellos, adoptar también significaría dejar de acoger. “Cuando un niño llega a la casa se convierte en un hijo más. Y con nuestros tres hijos biológicos, asumir de manera permanente a un cuarto haría difícil seguir recibiendo a nuevos niños”, explican.

Cuando Javiera fue adoptada, en noviembre del año pasado, decidieron tomarse un descanso para procesar la separación. Pensaban volver a acoger en marzo. En febrero, su dupla psicosocial (la psicóloga y la trabajadora social del programa FAE que los acompañan el proceso de acogida) le preguntó si estaban disponibles. El 6 de marzo llegó su tercera niña, Catalina (nombre ficticio), con apenas 42 días de vida.

Ser familia de acogida también ha marcado a sus hijos biológicos. El mayor, Juan José, ha dicho que cuando crezca quiere seguir el mismo camino. El menor, Santiago, “es el encantador de bebés porque es el que primero los hace reír”, cuanta Joselin. Todos, dice el matrimonio, se encariñan con los niños que pasan por la casa y los consideran parte de la familia.

El pasado 1 de junio, durante su primera Cuenta Pública, el Presidente José Antonio Kast abordó la crisis de las familias de acogida. Dijo que el Plan Crecer en Familia ya está operativo en La Araucanía, Valparaíso y en la Región Metropolitana, y que se espera sacar de las residencias a cerca de 700 niños de entre 0 y 3 años para entregarlos al cuidado de familias de acogida.

Pero los Manzano Catalán cuentan que, cuando comenzaron, el FAE entregaba coche, cuna, silla para comer y otros implementos básicos para recibir a un niño. Hoy, dicen, esos elementos son un requisito que cada familia debe costear por su cuenta. También aseguran que la leche que reciben ya no es la misma y que, actualmente, solo les entregan la del consultorio

Por eso, cuando Catalina deje la casa, no saben si volverán a recibir a otro niño de inmediato o si esperarán a que la situación cambie.

A ambos les incomoda que, cada vez que cuentan que son familia de acogida, muchos interpretan su decisión como un acto de caridad. “Lamentablemente hoy nacen menos niños dentro de familias e ingresan más a protección del Estado”, dice Joselin. Juan José completa la idea: “La única manera de cambiar esa realidad es involucrarse”.


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