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La sociedad civil al rescate

Frente a la ausencia de políticas públicas, personas comunes y corrientes comenzaron a organizarse para que la gente no pasara hambre. Una fundación que nació a partir de un tuit, dueños de restoranes, organizaciones ya existentes y la multiplicación de las ollas comunes forman parte de estas historias.

Por Ignacio Aguirre Rojas, Luna Angel, María José Gómez, Miguel Ángel Martínez, Javiera Pérez M. y David Tralma.

1 Septiembre 2021

“Que nadie se vaya a la cama sin comer y que la generosidad se haga viral”. 

Ese fue el mensaje que la periodista Macarena Ramírez (29) subió a su cuenta de Twitter en agosto de 2020, luego de leer en sus redes sociales distintos mensajes de personas que contaban sus dificultades económicas y el miedo a quedarse sin comida.

El tuit se volvió viral esos días y poco después, comenzó un grupo de ayuda alimentaria que actualmente lleva el nombre de Fundación Apaña.

“Nuestra frase y meta siempre ha sido que nadie se vaya a la cama sin comer, entonces en base a eso empezamos a ajustarnos todos los días vía Zoom con gente que no conocía. Creamos un correo, página web y las redes sociales e hicimos un llamado a las personas que necesitaran alimentos, que llenaran un formulario en el sitio web y que nosotros los íbamos a ayudar”.

En un principio entregaban cajas de mercadería, pensadas para ayudar durante tres semanas a una familia de 4 personas. Actualmente, reparten tarjetas con $30 mil, que se recargan todos los meses, para que las personas puedan comprar sus alimentos y tener la libertad de escoger qué comer. Además, mantienen la opción de cajas para personas de tercera edad y zonas rurales.

Así como Fundación Apaña, hay distintas redes comunitarias y organizaciones de la sociedad civil que decidieron ser parte de la solución ante el problema de la falta de alimentos durante la pandemia. Algunas son financiadas por sus propios voluntarios, pero también están las que reciben donaciones de alimentos de empresas más grandes. Lo cierto es que tienen un objetivo en común: que nadie más se quede sin un plato de comida.

Otra institución que aumentó su trabajo en pandemia fue Red de Alimentos (@redalimentos), que desde hace 10 años “recolecta comida y productos de primera necesidad que van a ser desechados por las empresas y los entregan a personas en situación de vulnerabilidad”, según explica Alfonso Mena, periodista de la entidad. 

Si bien la demanda de alimentos y productos de esta institución aumentó exponencialmente durante los primeros meses de pandemia, Mena también apunta a que el hambre es un fenómeno que nunca ha dejado de estar presente en el país.

 

La vuelta de tuerca de Comida Para Todos: enfrentar el hambre y la cesantía

Otra de las organizaciones que ha colaborado en esta crisis es Comida Para Todos, que nació en abril de 2020. Desde un principio el equipo decidió impulsar esta iniciativa como una “vuelta de tuerca”: querían solucionar el problema del hambre, y al mismo tiempo, la cesantía que se estaba viviendo en el rubro gastronómico por el cierre de restoranes.

La idea era entregar almuerzos sellados al vacío a distintas ollas comunes y comedores. Según Ana Riveros, periodista gastronómica e integrante de Comida Para Todos, la modalidad fue “pagarle a los restoranes por preparar la comida, por lo tanto, se reactivaban económicamente en momentos en que estaba todo cerrado y no había nada. Lo que no vimos fue el tema del traslado. Pero de repente surgen los transportistas escolares y ellos que habían quedado sin pega, aparecen entregando los almuerzos y nosotros pagándoles por ese traslado”. 

El funcionamiento es así: se realiza una minuta con las encargadas de las ollas y comedores donde están presentes, luego se prepara en los restoranes y se envasa al vacío. Al día siguiente, transportistas escolares trasladan las cajas en contenedores fríos hasta las comunas, donde solo se calientan y se sirven a los vecinos. 

Han participado de esta iniciativa restoranes como La Caperucita y el Lobo, La Cava del Sommelier y Rossonero, entregando almuerzos en Quilicura, Puente Alto, Santiago, La Pintana, Los Andes, Antofagasta y Valparaíso. Estas últimas dos ciudades tuvieron que retirarse hace algunas semanas por falta de donantes.

 

Aumento de las ollas comunes

Si bien las ollas comunes y comedores populares se han mantenido vigentes como espacio de organización y ayuda social desde la década de los ochenta, durante la pandemia se evidenció un aumento: se llegaron a contar más de 600, de acuerdo a estimaciones de la organización Red Hambre Cero. Un escenario que fue retratado por Vergara 240 el pasado.

A junio de este 2021, alrededor de 325 de estas ollas comunes seguían funcionando solo en la Región Metropolitana, según un catastro realizado por La Tercera en 31 comunas.

La olla común de Villa Arauco, en La Pintana, es una de ellas.

Andrea Inostroza (37) trabaja desde hace años en la feria libre del sector Santo Tomás, en dicha comuna, donde es dirigenta. Poco después de los primeros meses del estallido social, comenzó a ver cómo recrudecían las condiciones económicas de sus vecinos.

“Siempre en la feria hay gente que recoge lo que va quedando, las frutas y verduras. Tú ya conoces el tipo de gente que va a recoger y todo, pero nos dimos cuenta de que había gente que no habíamos visto antes en las calles recogiendo. Estamos hablando de familias completas, niños que se veían bien vestidos, limpiecitos y cuidaditos con sus papás, con mucha vergüenza pasando por la feria diciendo “mira.. ahí está la papa, recógela”.

Así nace la olla común “Villa Arauco”, en febrero de 2020.

Según la dirigenta, el surgimiento de la olla de su barrio ha ayudado a los vecinos a entender que entre todos se necesitan en momentos de crisis. Pero al mismo tiempo, critica el florecimiento de las ollas y comedores sociales para enfrentar el hambre. “Es una ausencia del Estado. O sea, las ollas surgieron espontáneamente por vecinos y grupos de dueñas de casa, que tienen sus grupos de mujeres o alguna junta de vecinos. Nadie hizo nada y estábamos todos mirándonos las caras diciendo ‘ya, tenemos que hacer algo’. Esto salió de las organizaciones”.

Viviana Acevedo (62) es una de las asistentes a la olla común de Villa Arauco, pero no siempre ha podido acudir. Los primeros meses de pandemia fueron duros para ella, ya que se contagió de coronavirus, dice,  y por la enfermedad y sus secuelas, no podía salir a cobrar su pensión ni tampoco comprar víveres para el hogar. En ese momento una vecina notó lo que le estaba sucediendo y comenzó a llevarle almuerzos. 

“Una vecina avisó acá (en la olla), de ahí empezaron a mandarme la comida. Estuve más de cuatro meses encerrada, llegaba hasta la puerta y en la puerta me dejaban las cosas”, explica Viviana Acevedo.

La olla común “Aurora”, de Temuco, es otra de las iniciativas que se mantiene en pie hasta hoy. Desde hace un año y siete meses que entrega almuerzos a más de cien personas (más de la mitad de ellos son niños), y también onces, consistentes en avena con leche.

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Olla común "Aurora" de Temuco

María Elsa Ojeda, abuela y madre de cuatro hijos, inició esta organización en abril de 2020 desde su propia cocina; el primer día fueron 30 personas, luego llegaron a ser 160, dice. 

La olla funciona de lunes a viernes. Ojeda siente que “no puede fallar debido a que hay algunas que me tienen a mí, otros que reciben su bono IFE, pero tampoco les alcanza, porque hay que pagar arriendo con eso o pagan luz, agua, compran gas y quedan ya mal. Ellos dependen de mí todos los días”. 

“Cocino los almuerzos pensando en que ese plato de comida es probablemente el más importante en el día para los vecinos y vecinas que ven truncado el acceso a una alimentación segura”.

El regreso del hambre

Investigación: Ignacio Aguirre Rojas, Luna Angel, María José Gómez, Miguel Ángel Martínez, Javiera Pérez M. y David Tralma.
Ilustraciones: Cristián Rojas Rebolledo
Edición: Cecilia Derpich y Paz Fernández

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