Las desconocidas raíces izquierdistas del ministro Quiroz
Los padres del ministro Jorge Quiroz fueron académicos, exonerados durante la dictadura y reconocidos intelectuales de izquierda en la región de Valparaíso. Mientras Óscar Quiroz se convirtió en uno de los lingüistas más importantes del país y en rector de la U. de Playa Ancha tras el retorno a la democracia, Elisa Castro dedicó su vida a la enseñanza de la literatura inglesa y militó durante años en el Partido Comunista. Exalumnos, amigos y la propia Elisa reconstruyen para V240 la historia familiar y política del actual ministro de Hacienda.
Por Antonia Baeza
25 de Mayo de 2026
Existe un video que Elisa Castro comparte con orgullo entre sus contactos de Whatsapp. En él, aparece su hijo, el ministro de Hacienda Jorge Quiroz. Está en el Congreso, relatando su paso por la zona de Lirquén, en la región del Biobío, tras los incendios forestales.
“No porque uno sea economista y haga números, no ve personas y no ve realidades”, dice ante la sala.
Al hablar de la localidad, se toma unos minutos para explicar el origen de la palabra Lirquén. “Viene de Liwen, en esa lengua ancestral nuestra (…), no significa desolación, significa amanecer temprano”.
A Elisa, 89 años, le brillan los ojos cuando lo escucha decir eso. Luego, el discurso del ministro gira hacia el Plan de Reconstrucción Nacional y se pierde entre números y estadísticas, pero si alguien solo escuchara ese fragmento que emociona a su madre, pensaría que quien habla es un hombre formado en las humanidades más que en la economía. Sin embargo, para quienes conocen la historia de su familia, esa escena no resulta extraña.
Ahí, en esa breve referencia geográfica, está Óscar Quiroz, su padre, quien fuera rector de la Universidad de Playa Ancha en dos períodos consecutivos, un destacado profesor y uno de los mejores lingüistas del país. Y también está Elisa Castro, quien dedicó su vida a la enseñanza de la literatura inglesa y, además, dictó clases en la misma universidad.
Ambos fueron exonerados durante la dictadura.
Óscar Quiroz fue un reconocido hombre de izquierda, aunque sin militancia política. Elisa, en tanto, perteneció a la DC y luego al Partido Comunista durante siete años, hasta que vino el golpe militar.
Estudiaron en el Instituto Pedagógico, en la calle Colón de Valparaíso. Al recordar la primera vez que se vieron, Elisa se ríe y se tapa la boca con su mano, como si no quisiera perturbar el silencio en su living comedor. Actualmente vive sola en su departamento en Viña del Mar, donde recibe a V240. En días más soleados, desde el ventanal se puede apreciar la costa, pero esta mañana solo se observa una blanca vaguada costera que cubre todo el horizonte. Elisa lleva puesto un chaleco de lana. Se queja del frío y le pide a una de las mujeres que la cuida que prenda la estufa, pero el calor nunca llega.
Se conocieron en el Instituto Pedagógico, que entonces era sede de la Universidad de Chile. Él la vio llegar junto a otras estudiantes y comentó que le gustaba, aunque un amigo le advirtió que ella ya tenía pololo. Aun así, Óscar insistió. Se juntaban todos los días, entre estudios, discusiones y salidas, mientras Elisa mantenía otra relación. Óscar la esperaba cada lunes en la puerta del Pedagógico. Después de tres años, Elisa terminó con su novio y empezó una relación con Óscar, que duró casi siete décadas.
Ambos discutían constantemente en clases, recuerda Elisa, especialmente sobre sociología y política. Sus compañeros incluso guardaban silencio para escucharlos debatir. Después de clases, el grupo completo solía ir a tomar cerveza y a seguir conversando sobre política.
Empezaron como ayudantes en algunos ramos y después fueron profesores en el mismo Instituto Pedagógico.
Se casaron el 20 de febrero de 1960. Elisa lo describe como un “feliz enlace”. Ese mismo año nació su primera hija, María Elisa, quien más tarde se convertiría en profesora de música. En 1962, nació Jorge y dos años después Víctor Hugo, quien hoy es un conocido arquitecto de la región de Valparaíso.
LA VIDA EN LA VILLA DE LOS PROFES
Tras el golpe militar, soldados del Regimiento Maipo ingresaron al campus. Hubo detenciones masivas de estudiantes, académicos y funcionarios, y la sede porteña quedó intervenida. Más tarde, la dictadura la convirtió en la Academia Superior de Ciencias Pedagógicas y, en 1985, se creó la actual Universidad de Playa Ancha (UPLA).
Los Quiroz Castro vivían en el Cerro Barón, pero con el inicio de la dictadura comenzaron a convivir con una sensación de vigilancia y miedo. Elisa tiene recuerdos borrosos de aquella época. No se acuerda si ella dejó el PC o si la sacaron por su seguridad. Un año después del golpe, la familia dejó Valparaíso y se fue a vivir a la Villa Magisterio, en Villa Alemana, una población habitada casi por completo por profesores. “Secos de izquierda y secos de derecha”, dice Elisa, aunque el sector fue conocido en los 80 por su activa oposición a Pinochet.
Un día a fines de 1976, la hija mayor, María Elisa, decidió organizar una peña en la villa, desafiando las restricciones de la época a las organizaciones comunitarias. Lo que inició como una reunión pequeña en el Centro Juvenil de la población, terminó siendo un panorama que solía convocar a todos los vecinos. “Al comienzo empezaron a ir pocos, después iba la población entera y venían de Valparaíso, de Viña. Toño -así llama a su hijo Jorge- llevaba las cuentas”, se acuerda Elisa.
Una noche llegó un grupo desde Santiago para presentarse en la peña. Elisa no recuerda el nombre, pero sí mantiene en la memoria que estrenaron la Cueca Sola, que con el tiempo se transformó en un símbolo de resistencia y duelo por los Detenidos Desaparecidos. A los primeros acordes, una mujer caminó hacia el centro del salón, con un pañuelo en la mano y un vestido negro, y comenzó a bailar sin pareja.
“Terminamos todos llorando”, rememora Elisa.
El matrimonio tuvo que aprender a convivir con la incertidumbre y la sensación de peligro constante. Colegas, amigos e incluso un familiar habían sido detenidos y llevados al Buque Lebu, conocido como la Prisión Flotante, anclado frente a las costas de Valparaíso y usado por el régimen militar como centro de detención y tortura.
Elisa no olvida el impacto que sintió cuando un sobrino le contó que presenció como uno de los detenidos se suicidó a bordo del barco. Luego recuerda a quien fuera su jefe en la sede porteña de la U. de Chile, Nelson Osorio Tejeda, académico y militante comunista, quien también había sido detenido.
Junto a Óscar Quiroz, Osorio era parte de una generación dorada de profesores del Departamento de Castellano del Pedagógico durante los 60 y principios de los 70. Elisa hace una pausa antes de continuar la historia. Admite que aún la pone nerviosa recordar este episodio.
Relata que desde el golpe, cada mañana, ella y Óscar veían a hombres controlando el ingreso a la casa de estudios. Ambos sentían que cualquier trámite o conversación estaba bajo observación. En medio de esa tensión, Elisa recibió una carta enviada desde Estados Unidos por el escritor Fernando Alegría. Pedía ayuda para Nelson Osorio. El sobre llegó abierto. Ella confiesa que era tal el miedo que sentía, que no fue capaz de reclamar. Pensaba que la podían llevar presa.
Pero Óscar reaccionó distinto. Indignado, fue hasta la universidad a exigir ser recibido por rectoría. Insistió tanto frente a los hombres que controlaban el ingreso, que finalmente lo logró y, a riesgo de su propia seguridad, abogó por la libertad de Osorio y denunció el ambiente de vigilancia que existía dentro del campus.
Cómo la universidad decidió mantenerse al margen, Elisa organizó una reunión en su casa con familiares de Osorio para designar quién iría a Santiago con la carta a pedir ayuda. Finalmente, gracias a esas gestiones, el académico fue liberado y lo primero que hizo fue visitar a los Quiroz Castro. Aquella vez, Óscar y Nelson Osorio conversaron toda la noche. “Y al día siguiente, Nelson partió al exilio”, dice Elisa.
En 1986, Óscar y Elisa viajaron a China. Elisa aclara que no se fueron empujados por la dictadura, como muchos piensan, “aunque fue una consecuencia lejana”. Ambos habían sido invitados por el gobierno de Deng Xiaoping a enseñar español en la Universidad de Pekín. “Aprendí lo que los chinos habían sufrido durante su propia dictadura”, cuenta Elisa. Agrega que algunos profesores de ese país que visitaban su casa hablaban en voz baja sobre lo vivido: “Sufrieron mucho”.
Durante los dos años que permanecieron en China, apenas aprendieron algunas palabras en mandarín, porque en clases solo hablaban español. Óscar Quiroz aprovechó la estadía para escribir, junto al académico Wang Huaizi, un libro sobre modismos latinoamericanos para estudiantes chinos.
Al volver a Chile, fueron exonerados de la UPLA en 1988. “Nosotros ya teníamos la experiencia de ver a tantos amigos vivir lo mismo -dice Elisa-. Estaban todos preocupados de perder en la pega, todos, todos, todos”.
“Nos trataba como adultos, aunque teníamos 18 o 19 años. Nos hacía sentir que ya estábamos en la universidad, de verdad. Y se notaba que disfrutaba hacer clases”, afirma el fotoperiodista César Pincheira. (Foto: Archivo UPLA)
ÓSCAR, EL MAESTRO
Entre 1984 y 1987, Óscar Quiroz y el lingüista Félix Morales Pettorino publicaron el Diccionario Ejemplificado de Chilenismos (DECh), una de las obras más ambiciosas de la lingüística nacional. En la portada aparecía el lema del libro: “El DECh no manda, no prohíbe, no aconseja”. Según Ricardo Martínez-Gamboa, licenciado en Lengua y académico de la UDP, “fue el primer diccionario moderno, no solo en Chile sino en Latinoamérica, con técnicas lingüísticas o lexicográficas totalmente avanzadas”.
El trabajo tomó casi 15 años de investigación, con apoyo de cientos de estudiantes de pedagogía. La tarea era buscar expresiones chilenas en libros, diarios y conversaciones cotidianas, para investigar su origen e integrarlas al diccionario. El resultado fueron cuatro tomos, cada uno con 1.500 páginas y aproximadamente 50 mil palabras registradas.
“Quiroz fue un lingüista súper completo. Su obra fundamental es el diccionario, pero también el desarrollo de la lingüística en la semiología, la etnografía y la etnolingüística”, agrega Martínez-Gamboa.
Quiroz fue el segundo rector de la UPLA tras el retorno a la democracia, cargo que ocupó dos veces consecutivas, pero para muchos de sus estudiantes, su verdadera influencia estaba en la sala de clases. Álvaro Bisama, escritor y director de la Escuela de Literatura Creativa de la UDP, todavía recuerda sus cursos de gramática en la UPLA a comienzos de los 90. Cursaba segundo año de Pedagogía en Castellano cuando tuvo a Quiroz como profesor. Las clases tenían asistencia libre y altos índices de reprobación, recuerda. “No pasaba asistencia porque creo que consideraba que sus estudiantes eran adultos”.
Bisama cuenta que Quiroz enseñaba la lingüística como si fuera una entrada a temas más amplios. “En las clases podíamos pasar de discutir las conjugaciones de un verbo irregular a especular sobre el discurso de Andrés Bello en la fundación de la Universidad de Chile y el concepto de libertad. Tenía esa habilidad y esa capacidad de movimiento”.
Hay una escena que aún tiene presente. Dora Mayorga, lingüista y docente que había regresado del exilio, dictaba una clase de gramática cuando Quiroz abrió la puerta de improviso y anunció que esa tarde él entregaría un premio al escritor Gonzalo Rojas en la Universidad de Valparaíso. “¿Les parece ir?”, preguntó Quiroz. “Para él, la universidad no existía solamente en la sala; existía también en el pasillo, en los eventos, en la ciudad”, explica Bisama. “Muchas de las cosas que aprendí de cómo entender las clases, cómo entender la relación con los estudiantes y con el conocimiento, provienen un poco de Quiroz”.
En la transición a la democracia, el ambiente universitario seguía arrastrando las heridas que había dejado la dictadura. “Seguían los profesores contratados por los militares, seguían los decanos que venían de la época militar, seguían algunos profesores que habían denunciado a otros y se habían quedado con los cargos”, recuerda Bisama.
En ese contexto, Óscar Quiroz ayudó a estudiantes y profesores a terminar carreras y procesos de titulación que habían quedado interrumpidos. Uno de ellos fue el padre del propio Bisama. “Permitió a mi papá y a otros más terminar el grado, terminar la tesis y sacar el título. En ese momento eso era un acto de absoluta valentía”.
El fotoperiodista César Pincheira, hoy profesor de Periodismo y director de la agencia Huelladigital.cl, dice que su vida profesional comenzó gracias a una decisión similar. Estudiaba en la UPLA cuando Quiroz era decano de Humanidades y, además, su profesor de Semiótica. Pincheira quería hacer una tesis sobre fotoperiodismo, pero todavía no cumplía todos los requisitos académicos. Le faltaba una nota. Entonces pidió hablar con Quiroz y fue hasta su oficina para explicarle el proyecto.
La conversación, recuerda, fue breve.
-Pero, ¿usted se quiere dedicar a esto de verdad?
-Es mi sueño.
-Ya.
“Y firmó los papeles”, recuerda Pincheira. “Ese gesto me marcó para siempre. Me hizo pensar que a veces uno, como profesor, abre puertas o las cierra sin querer por culpa de la burocracia. Él podría haberme dicho: ‘Haga primero la nota que le falta y después vuelve’. Pero entendió que no era un capricho. Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que fue algo súper determinante para mí como profesional”.
La escena la tiene fija en su memoria. Sobre todo ahora, cuando le toca enseñar. “Cada vez que llega un alumno con un proyecto y depende de mí ayudarlo o frenarlo, me acuerdo de eso. Y le digo: adelante”.
Pincheira también recuerda el modo en que Quiroz se relacionaba con sus estudiantes. “Nos trataba como adultos, aunque teníamos 18 o 19 años. Nos hacía sentir que ya estábamos en la universidad, de verdad. Y se notaba que disfrutaba hacer clases. Uno podía ver que le gustaba profundamente lo que enseñaba”.
Después se ríe mientras busca una comparación.
“Era una especie de señor Miyagi, de Karate Kid”.
Elisa Castro y Óscar Quiroz durante la ceremonia en que la UPLA le confirió al académico el grado de Doctor Honoris Causa en 2019. (Foto: Archivo UPLA)
GOOD BYE, LENIN
Óscar usaba boina, bufanda y una barba de chivo que le valió un apodo entre sus cercanos: Lenin. El parecido físico con el líder soviético era comentado con humor entre quienes lo conocían.
Ricardo Bravo todavía recuerda su voz carrasposa y la facilidad con que convertía cualquier conversación en una discusión apasionada sobre lenguaje, política o cultura. “Hacía que la lingüística fuera entretenida”, dice.
Bravo coincide en que Quiroz tenía una capacidad poco común para profundizar discusiones complejas sin volverlas solemnes. Incluso en las reuniones de masonería a las que iban juntos, terminaba llevando las conversaciones hacia temas culturales, históricos o políticos.
En esas ocasiones también hablaba de lo que vivió en dictadura. Según Bravo, Quiroz le contó que durante esos años sufrió un hostigamiento sistemático en su trabajo. “Las universidades estaban completamente intervenidas. Existía esta lógica de que quien no pensaba como el jefe no podía seguir ahí”, dice.
Bravo asegura que Quiroz siempre se definió como una persona de izquierda. “No había dudas por sus comentarios, por su comportamiento, por su historia”. En 2017, cuando Bravo inició una campaña como candidato a diputado por el Partido Socialista, decidió pedirle ayuda. “Le dije que necesitaba el respaldo de personas que tuvieran opinión”. Quiroz aceptó de inmediato grabar un video para redes sociales.
Lo registraron con el celular de Bravo, en el balcón del departamento de Óscar en Viña del Mar. No necesitaron repetir la toma. Bravo recuerda que habló con la misma claridad y convicción que durante años lo habían convertido en una figura respetada dentro y fuera de la universidad.
Es ese mismo balcón donde hoy Elisa recuerda a Óscar.
Han pasado dos años desde que murió producto del Alzheimer, a los 87 años. Cuando habla de él, la voz se le vuelve más lenta y frágil.
Todavía recuerda los almuerzos familiares de fin de semana, con largas discusiones sobre política, trabajo, libros o problemas cotidianos. Todos opinaban y discutían, dice. “Y ahí aprendimos que, aunque éramos todos Quiroz Castro, veíamos la vida de manera distinta y no teníamos por qué pensar igual”.
Elisa asegura que nunca quiso una familia con pensamiento uniforme. Le parecía más importante debatir, bromear y cuestionarse mutuamente que imponer una sola mirada. “Eso es lo que heredaron nuestros hijos de nosotros dos”, dice. “Siempre rechazamos todo lo que fuera uniformidad, porque eso termina llevando al nacionalismo o a formas de controlar el pensamiento”.
Entonces piensa en Jorge, su hijo, el ministro.
“Me siento contenta de que esté haciendo algo que le gusta”, dice primero.
Hace una pausa.
“Y miedo por la gente a la que no le gusta”.
Se nota la preocupación en su voz cuando termina la frase.
“No es lo mismo estar en la casa viendo televisión que saber que el que aparece en la pantalla es tu hijo”. Luego baja un poco el tono. “Él tiene que dar cuentas no de lo que él piensa, sino de lo que él ve y lo que cree que debería hacerse”.
V240 se contactó con el ministro Jorge Quiroz, pero no quiso participar en este reportaje.







