Vida y muerte de un nazi en el Persa
Durante casi tres décadas, Carlos Saavedra vendió medallas, uniformes y objetos de la Alemania nazi en el Persa Biobío. Su fascinación por el nacionalsocialismo comenzó en Valdivia, donde conoció a alemanes que llegaron a Chile después de la Segunda Guerra Mundial. A su local iban desde curiosos hasta jóvenes con chaquetas de la SS. Muchas veces recibió amenazas y golpizas de detractores. Participaba en misteriosas reuniones que nunca conversó con su familia. Tras su muerte, a los 93 años, dejó una colección que hoy su hija intenta deshacerse.
Por Felipe Rivera, Benjamín Puentes y Tomás Marín | Fotos: Jesús Martínez
2 de Septiembre de 2026
“Te vamos a matar. Afuera te vamos a esperar”.
Carlos Saavedra había llegado temprano a su puesto, como cada fin de semana. Un taxi pedido por su hija Patricia lo dejó en el Persa Biobío, frente al local que ella describe como su segundo hogar. Sobre el mesón desplegó la mercancía de siempre: medallas, monedas, gorras, uniformes, sellos postales y otros objetos vinculados a la Alemania nazi.
Durante años lo acompañó su esposa. Cuando ella murió, Patricia ocupó ese lugar. Le abría el local, ordenaba las piezas y montaba el puesto. Algunas veces volvía más tarde a buscarlo. Pero aquella tarde decidió quedarse con él en el Persa.
Recuerda que pronto dos hombres se detuvieron frente al mesón. Empezaron a insultar a Saavedra por los objetos que exhibía. Uno de ellos tomó un palo y lo agitó sobre la mercadería antes de amenazar con matarlo.
“Esa fue terrible para mi papi”, relata Patricia tapándose la cara con las manos.
Ella alertó a los locatarios vecinos. A la hora de cerrar, varios los acompañaron hasta la esquina y esperaron a que subieran a un taxi. Ella fue después a Carabineros para presentar la denuncia. Esa tarde, Carlos Saavedra salió ileso del Persa. Pero no era la primera vez que le ocurría algo así.
En una entrevista a estudiantes de la Universidad ARCIS, él mismo lo contó: “Hasta me pegaron a mí, me pegaron fuerte, cerca de la casa. Como siete personas me pegaron”. Su hija recuerda el episodio: “Mi papi se devolvió todo sangrado. Lo pillaron en la esquina y le pegaron. Pero no le robaron nada, ni la plata, nada. Solamente le pegaron”.
En otra ocasión la golpiza fue dentro del puesto. Patricia la fecha cinco años atrás. Tres jóvenes se metieron al local y le pegaron con palos. Ella se enteró por las llamadas de los vecinos. “Llegó todo machucado”, dice.
Sus hermanos, preocupados por la suerte del padre, le pedían a Patricia que intentara persuadirlo de no volver al puesto. Pero ella se negaba. “Habría sido como matar a mi papá”, dice. Los otros ataques ocurrieron más cerca. Una vez, alguien rompió la ventana de su casa lanzando un ladrillo envuelto en un papel. Saavedra estaba acostado. El mensaje decía: “Púdrete”, afirma Patricia.
De nariz prominente, Carlos Saavedra —o “Don Piporra”, como le decían en el Persa— era una figura conocida entre locatarios y visitantes. Durante años, Manuel, de 61 años, iba a verlo al Galpón 6. Más que un revendedor de objetos de colección, lo recuerda como “un erudito”. Por eso, dice, muchas personas se acercaban solo para conversar con él. “Era un personaje pintoresco”, comenta.
Benjamín Vargas, de 22 años y licenciado en Historia, comparte esa impresión. En 2023, junto a unos amigos, llegó por primera vez al puesto de Saavedra. “Era un personaje icónico del lugar. Estaba ahí, a pesar del tremendo local gigante de ropa americana al frente suyo o los estantes de polerones y de blusas o de parcas que estaban contiguos su local”.
A Vargas le parecía “una reliquia pegada en el tiempo”.
En los pasillos del Persa tampoco existía una sola versión sobre su ideología. Patricia sostiene que su padre solo era un coleccionista: “A él le gustaba la historia, la guerra, los ejércitos; no sabría decirte si era nazi”. Algunos locatarios aseguran que era un hombre de izquierda. Otros recuerdan que era crítico de la dictadura. “No soy malo, yo solo cuento la historia”, les dijo a los mismos estudiantes de la Arcis que lo entrevistaron.
Sin embargo, años antes, frente a las cámaras de Discovery Channel fue menos ambiguo.
“El enemigo que tengo yo y todos acá son los judíos, que no nos pueden ver. Siempre nos han venido a molestar; buscan cualquier pretexto para poder atacarme”, decía Saavedra ante la cámara, rodeado de los objetos militares de su puesto del Biobío.
El equipo de TV había llegado a Chile para retratar la subcultura neonazi que cobró visibilidad durante los años 2000. El documental, difundido en 2007, seguía, entre otras agrupaciones, a los jóvenes del Batallón Maipú. En una de las escenas, se ve a varios de sus integrantes visitando a Saavedra. Revisan los objetos del puesto y conversan con él. Al despedirse, uno de ellos pronuncia Heil Hitler y extiende el brazo derecho en un saludo nazi. Carlos Saavedra levanta el suyo y devuelve el gesto.
Al final ni los insultos ni las amenazas lo sacaron del Persa. Lo sacaron sus piernas.
El 20 de abril de 2026 le dijo a su hija que le dolían demasiado y que no podía seguir. “Después fue adelgazando, no quería comer. Me dijeron que la edad ya era demasiado”, relata Patricia. Su padre pretendía heredarle el puesto, pero ella decidió no continuar. Después de su muerte se lo entregó a la administradora de los locales.
Casi dos meses después de abandonar el Persa, el 14 de junio de 2026, Carlos Saavedra murió. Tenía 93 años.
Patricia Saavedra muestra parte de la colección que dejó su padre, desde medallas hasta monedas acuñadas durante el Tercer Reich.
Patricia Saavedra, 39 años, está sentada en el living de la casa que compartió con su padre. Las paredes, de un rosa pálido desgastado por el tiempo, todavía sostienen varios recuerdos: relojes, cuadros y piezas de carpintería que Carlos Saavedra fabricó con sus propias manos. No hay, sin embargo, ningún símbolo nazi a la vista.
Sobre la mesa, Patricia dispone parte de la colección que heredó: medallas con simbología nazi, estampillas de época con el rostro de Hitler y monedas acuñadas durante el Tercer Reich. Frente a ese conjunto —un “patrimonio de la humanidad”, como ella lo llama— comienza a reconstruir la infancia de su padre.
Carlos Alberto Saavedra Arancibia nació el 19 de noviembre de 1932 en Valdivia. Fue uno de ocho hijos. Creció junto a sus hermanos en una ciudad marcada desde hacía décadas por la migración alemana y que, después de la Segunda Guerra Mundial, recibió a nuevos refugiados provenientes de Europa.
Patricia cuenta que algunos de esos alemanes llegaron hasta las propiedades de su abuelo buscando alojamiento y trabajo. El primer encuentro no fue amistoso. Algunos intentaron entrar al terreno y el abuelo, acompañado por sus hijos, los enfrentó escopeta en mano. Allí tenía pequeñas casas destinadas a quienes trabajaban en el campo.
Con el tiempo, el abuelo terminó por recibirlos, pero impuso sus propias reglas. “‘Nada de armamento, nada de pelea. Y si van a trabajar, van a trabajar la tierra’, les advirtió”, dice Patricia.
Fue dentro de esa convivencia que Saavedra comenzó a escuchar las historias sobre la Alemania que aquellos hombres habían dejado atrás. Según Patricia, esa fue su primera aproximación al nacionalsocialismo, una ideología que décadas más tarde terminaría ocupando buena parte de su vida.
De ellos, dice, también aprendió a trabajar con las manos. Le enseñaron a tallar madera, fabricar resortes y reparar máquinas de coser. Esos conocimientos despertaron en Carlos Saavedra un interés por la artesanía y la mecánica, mientras compatibilizaba su vocación como bombero. Luego convirtió la artesanía en su sustento económico.
En 1955 dejó Valdivia y se trasladó a Santiago en busca de trabajo. Ese mismo año se casó con María Melania Mena Masías, con quien tuvo cinco hijos. Según Patricia, el apoyo de sus contactos alemanes le permitió comprar al contado una casa CORVI en la comuna de Conchalí —la misma en la que ella vive hoy— y montar allí su propio taller.
También siguió siendo bombero. Su hija cuenta que, incluso, una vez, a comienzos de los 80, casi pierde la vida combatiendo un incendio. “Entró a una casa para apagar las llamas y pronto se vio atrapado. Intentó escapar por una ventana, pero no pudo. Entonces bajó por una escalera que justo colapsó por el fuego”, relata Patricia. Se quemó la mitad del cuerpo y parte de la cara. Tuvieron que reconstruirle el rostro y la espalda, incluida la nariz, que quedó más grande de lo normal.
En Santiago trabajó durante años en Casa Suez, una tienda dedicada a la venta de artículos de cordonería y paquetería. Según recuerda Patricia, se desempeñaba como técnico y vendedor de máquinas de coser. De lunes a viernes podía armarlas, desarmarlas y repararlas por completo. “Se las sabía al pie de la letra”, dice.
Los fines de semana, en cambio, Saavedra vendía insignias y objetos militares que le entregaban algunas de las familias alemanas que había conocido en el sur. Varios de esos contactos se radicaron después en Santiago. Así, pieza por pieza, fue levantando su colección.
Pero no solo le entregaban medallas. Patricia recuerda que una vez su padre llegó con pequeñas cajas que contenían zapatos y vestidos de niños. Según el relato que acompañaba a las piezas, habían pertenecido a niños judíos asesinados durante el Holocausto. Sus contactos los habrían traído a Chile como una suerte de amuleto de buena suerte, afirma ella. Su procedencia, sin embargo, nunca fue corroborada.
Patricia tenía unos 10 u 11 años. Cuenta que, desde la llegada de aquellas prendas, comenzó a escuchar gritos y a ver figuras infantiles dentro de la casa. Su madre temía que esos objetos expusieran a toda la familia a posibles ataques y le exigió que sacara todo.
Ella nunca compartió el gusto de Saavedra por su colección. Según Patricia, sufría por el rumbo que había tomado su marido. Cuando él llevaba nuevas piezas a la casa, ella, supersticiosa, les arrojaba sal para absorber las energías negativas.
El episodio no apartó a su padre de ese mundo. Por esos años comenzó a frecuentar reuniones vinculadas al nacionalsocialismo chileno. Su hija asegura que sabía poco de lo que ocurría en ellas, pero sí recuerda que algunos automóviles llegaban a buscarlo y que su padre desaparecía durante una o dos semanas.
Cuando las reuniones se realizaban en la casa, Carlos Saavedra procuraba mantener a sus hijos fuera de las conversaciones. “Son cosas prohibidas”, le decía a Patricia si intentaba entrar. En una entrevista de 2014, el propio Saavedra aseguró que había sido amigo del escritor y diplomático nazi chileno Miguel Serrano y que este participaba en algunos de esos encuentros.
A veces regresaba de sus viajes con quesos, telas, relojes y cajas antiguas. Por la casa también seguían circulando las medallas: algunos clientes llegaban para dejarle nuevas piezas y otros preguntaban por máquinas de coser, aunque en realidad buscaban comprar insignias. “Nunca paró de vender”, dice Patricia.
Durante la década de los 90, Saavedra trasladó ese comercio al Persa Biobío. Llegó vendiendo monedas alemanas y, mediante un contacto, comenzó a traer desde Alemania gorras, abrigos y otros objetos militares. No se instaló de inmediato en un lugar definitivo: pasó por distintos galpones mientras ampliaba el inventario y armaba un puesto cada vez más cargado de cascos, uniformes y medallas. El Persa se convirtió en el lugar al que regresaría cada fin de semana durante más de dos décadas.
En el Persa Biobío hay, por lo bajo, cinco puestos que venden artículos de la Alemania nazi. Pero, según locatarios y clientes, el de Carlos Saavedra destacaba entre todos ellos.
No era raro que el hombre recibiera visitas durante toda la semana. Su clientela variaba desde estudiantes, coleccionistas, simpatizantes del nacionalsocialismo hasta ciudadanos alemanes. Muchas veces ni siquiera compraban. “Don Piporra” era reconocido por ser bueno para conversar y contar la historia cada una de sus piezas.
Muchos de quienes fueron sus amigos y habituales compradores declinaron participar para este reportaje. No todas las visitas que llegaban a su negocio compartían sus ideas. “Venía mucha gente que lo insultaba por las cosas que él vendía. Entonces ahí, claro, se ponía violento y respondía”, dice Leo, vecino de local y amigo de Saavedra. Asegura que durante los 90 y los 2000 era mucho más “efervescente” para defender su ideología en momentos de discusión política.
Leo cuenta que durante mucho tiempo evitó debatir con él sobre la dictadura. Pensaba que era un tema que podía provocar una distancia entre ellos. Sin embargo, un día se decidió a preguntarle cuál era su postura. Dice que, para su sorpresa, Saavedra era completamente contrario a lo ocurrido en aquella época. “Si eran defensores de la raza y de la nación, no podía ser asesino de su propia raza y su propia nación”, recuerda que le dijo su amigo en aquella ocasión.
Si bien tenía un carácter confrontacional, con los años esa personalidad fuerte se fue diluyendo, hasta el punto en que él mismo se encargaba de alejar a los jóvenes neonazis que acudían a su local como un lugar de reunión. “Últimamente él estaba muy aislado de ese tipo de cosas”, concluye Leo.
Hoy, su antiguo puesto en el Galpón 6 se encuentra cerrado. Unas latas oxidadas cubren la entrada del local. Justo al frente está el negocio de Cecilia, quien fue su vecina los últimos ocho años. Afirma que, a pesar de su avanzada edad y los problemas en sus piernas, Saavedra iba al Persa regularmente y que las amenazas y peleas seguían. “Tenía sus detractores que le decían cosas feas”.
En 2021, algunos puestos del Persa ya habían vuelto a funcionar después de la pandemia. Saavedra, sin embargo, todavía no regresaba al suyo. En ese período, una disputa por la herencia entre los propietarios del galpón terminó con el desalojo de varios locales. Quienes vaciaron el puesto de Saavedra no lograron avisarle porque no tenían su teléfono. La mercadería quedó en la calle y gran parte de la colección desapareció.
Días después consiguieron ubicar a Patricia. Cuando Saavedra volvió a instalarse, tuvo que reconstruir el puesto con las piezas que mantenía en su casa y otras que adquirió tras el desalojo.
En sus últimos años, Saavedra dejó de pagar el arriendo del local. Según cuentan los locatarios, la administración le permitió mantener el puesto en forma gratuita, considerando su edad y las décadas que llevaba trabajando en el Persa.
Benjamín Vargas alcanzó a verlo durante sus últimos meses. En febrero de este año fue al puesto para conversar con él, como acostumbraba. “Ahí me enteré de que el caballero estaba enfermo, que ya casi no se podía mantener durante el día en su negocio, así que estaba en cama, con la familia”, recuerda.
Vargas volvió la semana siguiente. Cerca del mediodía, encontró al hombre en el puesto. “Cuando conversé con él por última vez, se entendía muy poco lo que decía. Estaba muy enfermo de la garganta y se notaba que carraspeaba. Él no se daba cuenta de que no se le entendía”, cuenta.
Durante los años en que Patricia acompañó a su padre, sus hermanos solían llamarla cerca de las diez de la noche para asegurarse de que ella hubiera regresado a la casa. Según ella, temían que las amenazas contra el padre terminaran alcanzándola también. Tras la muerte de Saavedra, su hermano Juan la abrazó.
—Por fin vamos a dormir tranquilos —le dijo.
Durante dos noches, Carlos Saavedra fue velado en su casa, en Conchalí. Patricia decidió no llevarlo a una iglesia. Familiares, amigos y conocidos pasaron a despedirse de él. Una de esas noches, tres automóviles negros se estacionaron al frente. De ellos, bajaron varios hombres que, según Patricia, hablaban con acento alemán. Llevaban café, azúcar y una caja. Uno le entregó 500 mil pesos.
—Era nuestro padre, era nuestro pastor —recuerda que le dijeron.
Antes de retirarse, se acercaron al cuerpo y rezaron en alemán.
Al día siguiente, el cortejo salió rumbo al cementerio Parque Santiago, en Huechuraba. En el camino, un grupo de bomberos desfiló en honor al antiguo integrante de la compañía e hizo sonar la sirena de uno de sus carros. “Los bomberos le hicieron una despedida linda”, dice Patricia.
En el cementerio, un grupo de jóvenes se acercó al ataúd, entregó las condolencias a la familia y se despidió levantando el brazo en un saludo nazi. El gesto molestó a algunos de los hijos de Saavedra. Pero Patricia pidió que los dejaran. “Es la despedida de mi papá. No se la estás haciendo tú, se la están haciendo ellos. Son amigos; mi papi los conocía a todos”.
Después del funeral, a Patricia le quedó una pregunta más concreta: qué hacer con las cajas y los baúles llenos de medallas, monedas, uniformes y otros objetos que su padre acumuló durante décadas. Cuando Saavedra dejó de asistir al Persa, ella comenzó a ofrecer parte de la colección en grupos de anticuarios de Facebook.
En el living, Patricia vuelve a guardar las medallas con simbología nazi, las estampillas con el rostro de Hitler y las monedas acuñadas durante el Tercer Reich. Su plan es convertir temporalmente la casa en una especie de “museo” para vender las piezas. “Vamos a poner todas las cosas de mi papi para que vengan y compren, porque hay que deshacerse de ellas… Estas cosas no son buenas”.
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