Acoso y hostigamiento: El difícil paso de la primera generación de alumnas del Instituto Nacional

Las primeras mujeres que ingresaron al histórico liceo en 2021 están a semanas de terminar cuarto medio. Para algunas, su paso por el establecimiento estuvo lejos de lo que esperaban. Enfrentaron comentarios machistas, hostigamientos y acoso sexual, sin recibir una respuesta oportuna de parte del colegio, aseguran. Ocho alumnas reunieron por escrito 23 episodios, los que denunciaron a las autoridades del colegio. V240 habló con ellas y conoció sus testimonios. “Creo que en algún punto, ojalá, si el universo, si Dios quiere, el liceo va a ser un lugar más justo entre hombres y mujeres”, dice una de ellas.

Por Antonia Baeza Soto | Fotos: Jesús Martínez

8 de Octubre de 2026

Cuando caminaba por los pasillos del Instituto Nacional, Leonor intentaba pasar inadvertida. No quería cruzarse con su expololo y su grupo de amigos, aunque a veces era inevitable. Dice que la acosaban. Que la perseguían en el patio o que la esperaban afuera de su sala de clases. Allí la encerraban en un círculo humano o le hacían “pspsps”, como quien llama a un perro. “Estaba desesperada”, dice. “Iba al colegio a llorar, iba a temblar. Pasaba más tiempo encerrada en el baño que en disfrutar el liceo”.

Leonor habla con la voz temblorosa. Cuenta que fue tanto lo que la hostigaron, que hasta hoy siente angustia: “A mí me cuesta venir al liceo, yo estoy con un psicólogo. Tengo ansiedad por los traumas. El colegio me hizo sentir culpable de que ellos (el grupo de alumnos) me estuvieran acosando o que yo tuviera miedo. Era como: ‘Es que son hombres, son inmaduros’”.

Lo que vivió Leonor no fue un caso aislado. El año pasado, ocho alumnas del Instituto Nacional reunieron por escrito sus testimonios de lo que describen como “acoso sexual, hostigamiento y abuso”, sufrido desde 2023 por parte de algunos de sus compañeros hombres. En la carta, dirigida a la entonces rectora Carolina Vega, se detallan 23 casos. V240 tuvo acceso al borrador del documento.

Leonor no es su verdadero nombre. De ella solo se puede decir que tiene 17 años, los ojos brillantes y una voz dulce, pero firme. Como la mayoría de las denunciantes, ella es parte de la primera generación de mujeres que entraron al Instituto Nacional en 2021. Está en cuarto medio, a pocas semanas de la ceremonia de egreso, que se realizará el 10 de diciembre. Pese a que ese día se convertirá en un hito en los dos siglos de historia del colegio, cuenta que su paso por allí no fue fácil ni para ella ni para sus compañeras.

Desde pequeña, Leonor recuerda haber escuchado a su padre decir que estudiaría en el Instituto Nacional. Su hermano se había graduado allí y sus padres querían que ella siguiera el mismo camino. “Él aprendió harto, sacó su carrera, y entonces era el sueño de mis papás que yo también fuera al Instituto”, dice. Pero Leonor no se tomaba en serio ese deseo. Pensaba que el Nacional nunca admitiría mujeres, pese a que la posibilidad se venía hablando desde 2016, cuando Marina Ascencio, una estudiante de 11 años, envió una carta a la Presidenta Michelle Bachelet, a la alcaldesa de Santiago Carolina Tohá y al rector del liceo, solicitando rendir las pruebas de admisión, hasta entonces exclusivas para hombres.

Sin querer, Ascencio abrió un debate público que tres años después reunió a toda la comunidad del Instituto Nacional en torno a jornadas de discusión y votación para definir si el liceo pasaría a ser mixto. A los pocos días, se conoció la decisión: la mayoría aceptó el cambio.

En 2021, Leonor fue matriculada en el Liceo 1 Javiera Carrera para cursar séptimo básico. Pero solo alcanzó a estar dos semanas allí. “Estábamos tomando la once y en la televisión salió la noticia de que se abrían 250 cupos para niñas en el Instituto Nacional. Mi papá decía: ‘Hay que ir, hay que ir, hay que ir’”.

El lunes 15 de marzo de ese año, aunque había toque de queda por la pandemia del covid hasta las 5 de la mañana, el padre de Leonor salió de su casa a las 3 de la madrugada para inscribir a su hija. Pensaba que encontraría una fila interminable.

Leonor fue la quinta alumna matriculada.


Tras la aprobación final por parte del Ministerio de Educación, el Instituto Nacional abrió 250 cupos para alumnas de 7° básico. La inscripción y matrícula de las nuevas estudiantes se realizó el lunes 15 de marzo de 2xxx (Fotos: Archivo fotográfico del Museo Histórico Nacional)

Tras la aprobación final por parte del Ministerio de Educación, el Instituto Nacional abrió 250 cupos para alumnas de 7° básico. La inscripción y matrícula de las nuevas estudiantes se realizó el lunes 15 de marzo de 2xxx (Fotos: Archivo fotográfico del Museo Histórico Nacional)

Mientras habla, luce una sonrisa orgullosa, pero ese gesto desaparece cuando cuenta que, especialmente al principio, tuvo que enfrentar la resistencia de algunos docentes a este cambio. “Muchas veces escuché a algunas profesoras e inspectoras decir: ‘Yo llevo 10 años haciéndole clases a hombres. A mí no me gusta hacerles clases a niñas’”.

También señala haber escuchado otros comentarios, como “ustedes son súper lentas”, “las chiquillas vinieron a arruinar el liceo” o “las mujeres son conflictivas”.

La profesora Nancy Aballay, 65 años, llegó en 2008 al Instituto Nacional y jubiló en 2025. Era inspectora general cuando ingresaron las primeras alumnas. Antes había pasado 13 años en colegios mixtos, pero describe la transformación del Nacional como “un shock de alto impacto”. “Era una comunidad conservadora, muy machista, donde estaba muy marcado el sello de que los hombres son los que llevan la batuta”, dice.

Según Aballay, parte de la resistencia también provenía de antiguos estudiantes. “Los exalumnos tienen mucho poder interno. Algunos que yo conozco, de la generación del 60, no admiten que el colegio se haya transformado en mixto. Para ellos, el colegio se echó a perder completamente al incorporar a las niñas”.

“Cuando yo entré, los que sufrían el acoso eran los niños gays. Ellos la pasaban muy mal en el colegio, incluso se formaba un curso en donde la mayoría era homosexual, porque se sentían más acompañados, más seguros”, recuerda.

En el caso de las niñas, dice, la pandemia dificultó su integración. Durante 2021 las clases fueron en línea y al año siguiente se mantuvo un sistema híbrido, mientras concluían las remodelaciones de un sector del establecimiento. “La historia no ayudó a que ellas se sintieran verdaderamente plenas y satisfechas en este proceso. De pronto, los profesores nos equivocamos, pero hubo algunos que se equivocaron incluso en cómo trataron a las niñas. Había profesoras muy acostumbradas a trabajar solo con el sexo masculino”.

Pablo -no es su nombre real- también ingresó ese 2021 a séptimo básico al Nacional, junto a sus compañeras. “Cuando entré, para cachar cómo era, me metía a YouTube, googleaba el liceo, veía entrevistas y me impactó que en el proceso para ver si se hacía mixto había muchos profesores que decían ‘yo educo a hombres, no educo a mujeres’. Ese fue el gran comentario que se repitió durante generación y generación”.

Recuerda que en primero medio un profesor hacía comentarios sobre cómo se sentaban las alumnas y el largo de sus faldas: “Nosotros, en ese tiempo, estábamos en una sala con escalones, no era plana. Así que cuando las niñas se sentaban muy arriba, él podía mirarlas abajo de la falda (…). Eso generó molestia. El curso se incomodaba mucho”. Agrega que conversaron el tema con el departamento de Convivencia Escolar y otros docentes, pero “nunca se le tomó el peso en verdad a la situación”, así que, a fin de año, los mismos alumnos hablaron directamente con el profesor, “quien se disculpó”, dice Pablo.

El cambio en el liceo también se notó en los espacios comunes. Leonor recuerda que había baños designados solo para las nuevas alumnas, pero en más de una ocasión vio cómo estudiantes hombres igualmente los usaban.

Sin embargo, lo que más la afectó fue el acoso que, según su relato, comenzó el año pasado, cuando cursaba tercero medio y se negaba a volver con su expololo, quien también estudiaba en el Nacional. Cuenta que en un punto ya no aguantó más y acudió al departamento de Convivencia para pedir ayuda. Allí detalló lo que estaba sufriendo. “No pude controlar las lágrimas, no paraba de temblar”. Sin embargo, lejos del apoyo que esperaba, dice que le llamó la atención la escueta respuesta por parte de la funcionaria que la atendió: “Lo voy a ver”.

Como los hostigamientos continuaron, Leonor señala que volvió donde la misma persona para pedirle una solución. “Ella me dijo: ‘El colegio no te va a creer, porque yo hablé con ellos (los alumnos) y me dijeron que era mentira. No vengas a seguir insistiendo’… Yo quedé para adentro”. Entonces pidió ayuda a otra docente, pero la conversación tampoco tuvo resultados: “Me empezó a preguntar cosas nada que ver con el caso. Si yo me drogaba, que si mis papás se drogaban, porque quizás yo estaba alucinando”.

Pero antes de relatarle lo que ocurría con el grupo de estudiantes, Leonor dice que le contó que su sueño era estudiar medicina. La mujer revisó sus notas y le dijo: “Con un promedio 6,6 no vas a entrar a medicina en ninguna universidad”. Eso terminó por descolocar a Leonor, que salió de esa oficina frustrada y sin respuestas sobre el acoso que fue a denunciar.

Emilia -no es su nombre real- también pertenece a la primera generación de alumnas del Instituto Nacional. Llegó de manera imprevista, cuando el colegio en el que estudiaba tuvo problemas con las clases online y fueron canceladas. Entonces, preocupada por el retraso, postuló a tres liceos emblemáticos. Se decidió por el Nacional, porque dos amigas ya habían sido aceptadas.

Asegura que los comentarios y hostigamientos por parte estudiantes hombres comenzaron al año siguiente, en octavo básico, cuando volvieron las clases presenciales. “Nos catalogaban por tops: la que tenía el mejor cuerpo y así. Se notaba mucho que ellos se desesperaban por ver a una mujer en el instituto”.

Emilia formó parte de la Secretaría de Género y Disidencias del establecimiento. Sitúa el periodo más grave entre 2022 y 2023. “Nos llegaban, yo creo, cinco denuncias al día de hostigamientos, de acoso, de abuso, de bullying hacia mujeres y disidencias. Ahí teníamos que partir a hablar con Convivencia para que no te pescaran; nos agarraban para el chuleteo”.

Leonor y Emilia explican que casi siempre era el mismo grupo de alumnos el que las hostigaba. “Me acuerdo de que uno de ellos, una vez le dio la mano a una compañera y al oído le dijo: ‘con esta mano me pajeé anoche’. Ahí empezamos con las denuncias, porque estas personas se tiraban muchos comentarios por el estilo”, relata Emilia.

Agrega que ella fue víctima de otro tipo hostigamiento desde octavo básico. “Yo tengo hipersensibilidad auditiva y estas personas, sabiendo, cuando yo me sacaba los audífonos iban y reventaban cajas. Fui mil y una veces a Convivencia para denunciar”.

Para ella, uno de los periodos más difíciles fue acompañar a Leonor en sus denuncias contra el mismo grupo. “Lo más impactante era que no nos creyeran”.

Emilia recuerda que en una ocasión les dijeron que no se podía hacer mucho, porque la familia de uno de los estudiantes denunciados era conflictiva. El desgaste la llevó a pensar en cambiarse de establecimiento. “Mi mamá los odia con toda la vida, porque yo llegaba mal a la casa. Me afectaban sus palabras y sus comentarios. Es penca ser acosada, ser molestada por un grupo de personas inmaduras y con un pensamiento súper machista. Sí pensé en decir “ya, chao”, pero no lo hice, porque no quería dejar sola a Leonor. También quería visibilizar todo esto y mostrar que no somos las únicas”.

Florencia -no es su nombre real- tiene la voz suave. No parece estar en cuarto medio, porque demuestra menos edad. Cuando cuenta lo que ha tenido que aguantar, primero suelta una risita nerviosa y después sus ojos reflejan angustia.

Llegó al Instituto Nacional ilusionada por integrar la primera generación de alumnas. Un familiar que había estudiado allí le había dicho que aprendería mucho y que su experiencia sería entretenida. Pero dice que pronto enfrentó agresiones por parte de algunos estudiantes hombres. Al principio pensó que las cáscaras de naranja y los trozos de goma de borrar que algunos compañeros le lanzaban eran bromas. Pero afirma que cuando sus compañeras la defendían, eran amenazadas y las perseguían por el patio.

Hay un episodio en especial que le duele relatar. Dice que una vez llegó temprano a su sala de clases y vio que había llegado solo un compañero. No recuerda qué conversaron, pero sí lo que ocurrió después: “En un momento me tomó la cabeza y frotó mi rostro en su pantalón, a la altura de sus genitales”, detalla.

Unos años después Florencia empezó una relación con un compañero del liceo, pero resultó ser una persona violenta: “Él me agarraba de las manos cuando estaba enojado y me tironeaba, muchas personas vieron eso”.

En 2024, dejó de ir por un tiempo al liceo, porque se enfermaba constantemente. Ella explica que era el resultado “de la pena que tenía, porque yo sentía que tenía muchas cosas acumuladas”.

Su caso fue incorporado en la carta que le enviaron las alumnas a la rectora el año pasado, denunciando acoso y hostigamiento. Dicen que en ese momento, por primera vez después de muchos intentos, sintieron que sus problemas estaban siendo tomados en cuenta. El documento motivó la expulsión de un grupo de estudiantes.

“Ha habido casos de supuestos capuchas que, por palabras de inspectores, los echaron al tiro. Y a nosotras, que teníamos pruebas y más de tres años reclamando, nos hicieron caso ya casi al final”, dice Emilia.

La decisión del colegio fue un alivio para las denunciantes, pero la tranquilidad les duró poco. “A fines del año pasado, yo vi adentro a estas personas cuando ya las habían expulsado. Seguían entrando, porque había un inspector que los dejaba”, afirma Emilia. “Varias veces pasé al frente de ellos y, claro, se reían, cuchicheaban justo cuando pasaba yo”.

La exrectora Carolina Vega fue destituida en octubre del año pasado por “faltas graves a la probidad administrativa y negligencia en el cumplimiento de sus deberes”, a propósito de un hecho de violencia que se registró en el establecimiento. Ella acusó en sus descargos “discriminación de género” y “persecución política”, lo que fue descartado por la investigación. V240 intentó contactarse con ella, pero no respondió. También se le solicitó una entrevista a la actual rectora Sandra Aravena, quien señaló que antes debía consultar con el sostenedor. Luego de eso no volvió a contestar los correos.

Roberto Abarca es profesor jefe de un cuarto medio y exalumno del Nacional. A su juicio, las alumnas de la primera generación son valientes. “Antes de que llegaran, un profesor dijo en las noticias que este colegio no era para niñitas. Entonces evidentemente llegar a un lugar así, es como inhóspito al principio”.

 

Abarca opina que el proceso de votación para decidir si el Instituto se convertiría en mixto fue “más de legado político que un tema consciente. No sé si fue llevado de la mejor manera (…). Por eso cuando ellas llegaron, no estaba todo habilitado”.

En el curso de Abarca, las mujeres son mayoría y el desempeño de ellas lo ha sorprendido: “Son las que han tomado el liderato incluso de las directivas de curso, presidenta, vicepresidenta, delegada. Así que han tomado un papel preponderante en las actividades”.


"Los exalumnos tienen mucho poder interno. Algunos que yo conozco, de la generación del 60, no admiten que el colegio se haya transformado en mixto. Para ellos, el colegio se echó a perder completamente al incorporar a las niñas”, dice Nancy Aballay, exinspectora del IN.


Leonor y Emilia coinciden en que las experiencias negativas las marcaron, pero también rescatan que sus profesores son buenos y que les dejaron una huella que recordarán con cariño. Explican que la profesora Nancy Aballay les dijo que su llegada era un hecho histórico, les aconsejó que debían adueñarse de eso y no dejar que les quitaran el protagonismo, porque habían llegado para quedarse.

Ambas quieren que el Instituto Nacional siga siendo mixto y que lleguen más alumnas. “Yo creo que las generaciones que vienen van a ver la desigualdad que hay dentro del instituto. Y creo que en algún punto, ojalá, si el universo, si Dios quiere, el liceo va a ser un lugar más justo entre hombres y mujeres”, confía Emilia.

Pero hace una distinción: “El liceo no es malo, es la gente”. Ella no había planeado convertirse en alumna del Instituto Nacional, llegó casi por casualidad, pero ahora, a semanas de terminar cuarto medio, sonríe mientras algunas lágrimas de emoción se acumulan detrás de sus lentes.

“Sin querer terminé siendo de la primera generación de mujeres. Mi mamá está orgullosa y eso es lo que a mí me importa. Y si mi mamá está orgullosa, yo estoy feliz”.


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