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Elena Valdivia: La profesora que solo enseña a jugar
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Elena Valdivia: La profesora que solo enseña a jugar

La ganadora del Premio Presidente de la República a la Música Nacional 2020, hace un repaso de cómo llegó a aprender el arte del folclore. La también profesora normalista aprendió no solo a través de las enseñanzas de artistas, como Margot Loyola o Violeta Parra, sino también con sus alumnos, quienes supieron transformarse en su mayor fuente de conocimiento.

Por Javiera García

11 Agosto 2022

Una vez terminado su té, Elena Valdivia, de 22 años, rodeó las mesas de los alumnos y salió a las afueras de la sala en busca de los niños para continuar la clase en la Escuela 14, ubicada en la localidad de Los Morros. Cuando los llamó, algunos bajaron de los árboles, y otros salieron empapados del río; sin embargo, notó que faltaba un alumno. “Como el recreo fue muy largo, él se fue a la casa, señorita”, comentaron los niños. En cuanto ya estaban todos en la sala de clases, la señorita Elena tomó la guitarra y la acomodó en su falda para tocar. 

“¿Quién me desafinó la guitarra?”, preguntó Elena a sus alumnos con voz firme y enfadada. Ante el sorprendente grito, los presentes mencionaron el nombre del alumno faltante. 

Luego de finalizada la jornada escolar, Elena llegó a sus clases de guitarra folclórica en la Escuela Nº1 Ignacio Carrera Pinto, en San Bernardo. Frustrada por no poder apoyarse de su instrumento para la lección del día, le comentó lo sucedido a su profesor, el folclorista Rolando Alarcón. “Elena, la guitarra está perfectamente afinada en tercera alta”, le comentó el músico. 

Valericio Cavieres, un niño de 11 años, había colocado la guitarra en una afinación con más de 400 años de antigüedad. Él sabía componer versos “a lo humano y a lo divino”, un arte de tradición oral que proviene del campo chileno. Poseía un conocimiento ancestral, heredado de poetas analfabetos dedicados a crear cantos y poemas a la fé católica, que conjugan las artes de la música, el canto, y la danza; mismas especialidades que Elena trataba de enseñar todos los días. “Él era alumno mío, y yo no sabía nada”, exclama al recordar el acontecimiento.

Elena Valdivia, premio Presidente de la República a la Música Nacional 2020, Maestra Bicentenario, y Ciudadana Destacada por la Cámara de Diputados en 2010, y ganadora del premio a la Trayectoria Cultural Tradicional Margot Loyola Palacios en 2018, comprendió que a quienes ella enseñaba también podían ser sus mejores maestros.

Ganar o perder

Abril de 1957. Una joven Elena con deseos de convertirse en artista,  se vio envuelta en protestas estudiantiles en Santiago, capital de Chile. Su padre, Don Raúl Tiberio Valdivia, se había enterado a través del periódico de la Batalla de Santiago, que tuvo lugar el 2 y 3 del mismo mes. “Mira, en vez de estar estudiando, esta niñita está en manifestaciones. Entonces se tiene que venir de vuelta”, comentó el padre. Por lo que, luego de pasar menos de cuatro meses en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, Elena Valdivia regresó obligada a Curicó, e ingresó al único lugar que ofrecía enseñanza superior en su ciudad natal: La Escuela Normal. 

“Yo no quería ser profesora”, menciona Elena sentada frente a una de las paredes de su casa, la cual está tapizada con reconocimientos por su labor de maestra normalista y en el folclore nacional. “Pero la vocación se descubre con el tiempo”.

Después de dos años de estudios en la Escuela Normal, Elena se dio cuenta de que podía compatibilizar su profesión con su pasión: el arte. 

“No hay peor cosa que los profesores con miedo”, exclama la docente, recordando las palabras de Gabriela Mistral. “Hay que atreverse a ser distinto”, comenta.

En 1959, se escuchaban golpes, zapateos, palmas, y cantos de niños. Cuando las clases de matemáticas empezaban en la Escuela 14 de Rio Maipo todos comenzaban a crear música. La profesora admite que nunca fue buena para los números. Sin embargo, enseñaba a través de sonidos, bailes y canciones. Los alumnos seguían las indicaciones de Elena. “La redonda era 1, 2, 3, 4…”, señalaba la profesora mientras levantaba los brazos y formaba un círculo que duraba cuatro tiempos. Otros, golpeaban los bancos con los lápices, o corrían alrededor del salón. Y a través de ese método, no solo logró que los niños aprendieran a contar y a multiplicar, sino que ellos la motivaron a fundar su primer grupo folclórico. 

“Los niños tienen el juego a flor de piel. Elena les permite tomar esta música, baile, cultura, y hacerla propia”, destaca Katalina Valenzuela, quién dirige la agrupación folclórica infantil-juvenil, Los Antumapitos. Este entusiasmo que generaba en los alumnos se experimentaba tanto en 1959, como en 1993. “Nos pedían que ensayáramos una hora a la semana, y terminábamos ensayando tres”, recuerda con entusiasmo Joyce Valle, una ex alumna.

El campo y sus costumbres le enseñaron a salirse del esquema. Comprendió que aquellos que vivían en comunidad eran los verdaderos maestros y que ella era simplemente una alumna, y buscó trabajar a través del asombro que sintió por la cultura tradicional del campo chileno. Gracias a los conocimientos adquiridos tanto en la escuela formal, como la experimental y cooperativa, Elena formó Los Morritos en 1961, con alumnos provenientes de la escuela rural. Esta agrupación daría pie a Los Chenitas de San Bernardo, conjunto folclórico infantil que permanece hasta la actualidad.

Elena junto a alumnos de Los Chenitas de San Bernardo. Foto: Facebook Elena Valdivia

El factor Violeta

Con el afán de aprender más, en 1960 Elena comenzó a asistir a una de las Escuelas de Cultura Artística, ubicada en la comuna de San Bernardo. Ahí aprendería danza y guitarra folclórica de la mano de otros profesores y artistas.

Durante la segunda mitad de la década del 60, se vivió el apogeo de La Nueva Canción Chilena. En este movimiento de renovación del folclore, Elena llegó a codearse con algunos de sus exponentes. Especialmente, con las principales investigadoras del folclore del campo chileno: Margot Loyola y Violeta Parra. Todas mayores que Elena, todas ellas sus maestras.

La Carpa de La Reina se inauguró la noche del 17 de diciembre de 1965, cuyo escenario esperaba convertirse en “la universidad del folclore chileno”. En su interior, se encontraba una variedad de conjuntos musicales, y entre ellos estaba Elena, de 28 años. Junto al grupo Huelén, conformado por sus compañeros de la Escuela de Cultura Artística, se presentarían en la carpa. Violeta Parra, la dueña y directora del lugar, se asomaba por un agujero mientras preparaba empanadas y sopaipillas.

“No importa, con esos tres turistas rubios nos vamos a subir al escenario”, exclamó Parra al notar que no contaba con el público esperado, según recuerda Elena en el documental Intensamente Violeta (2017). 

Debido a la poca recaudación, los artistas que se presentaron esa noche no recibieron un sueldo convencional. Sin embargo, Violeta les entregó objetos personales en forma de pago. Hasta el día de hoy, Elena se arrepiente de haber aceptado el adorno, pero lo atesora como un gran recuerdo. Este se encuentra en su hogar junto a sus premios.

La carpa de circo estaba llena de amor, artilugios y arte, según recuerda Valdivia. Y dentro está, la maestra Elena era una simple estudiante ante la destacada Violeta Parra. Ella jugó a ser artista, y se dio cuenta de que recibió un pago más valioso que el adorno mismo: Violeta le regaló la inspiración para dedicarse profesionalmente al folclore. 

 

El estilo Valdivia

Elisa Seguel tiene 74 años, y conoció a Elena hace 50, cuando ingresó a Los Chenas, otra agrupación musical creada por Valdivia y conformada por adultos. Ella considera que todo lo que sabe de folclore lo aprendió de La Nena, quién hoy reconoce como una de sus amigas más cercanas. Motivada por su experiencia, llevó a su hija Milenna Vásquez a la agrupación Los Chenitas de San Bernardo cuando era una niña.

En la calle Catedral, Elisa y su hija se dispusieron a bailar cueca durante un evento en la Casa del Maestro. En cuanto terminaron se les acercó una persona para preguntar si conocían a “La maestra Elena. Ambas se sorprendieron ante la pregunta del desconocido. 

“Es porque tienen la escuela de ella. Ustedes son Elenas Valdivias bailando”, recuerda Elisa que le comentó el extraño. Madre e hija, que habían sido alumnas en diferentes agrupaciones y durante distintas décadas, se sintieron orgullosas.

Joyce Valle también fue alumna de Elena en Los Chenitas. Se dedicaba a cantar y a tocar la guitarra en el conjunto, hasta que a los 13 años su profesora la motivó a probar algo nuevo. “¿Por qué no aprendes a tocar el arpa?”, le propuso Elena y puso a su disposición el instrumento. Para Joyce esas fueron las palabras que le dieron la oportunidad de descubrir su potencial artístico. El arpa le permitió convertirse en docente y fundar la Academia de Arpa Folclórica Chilena.

Durante la dictadura militar, se buscó eliminar diferentes formas de expresión artística que pudieran ser contrarias a las ideas del régimen. Todo aquello que pudiera relacionarse con el comunismo o pensamientos de izquierda era vetado, y se solía vincular al folclore con esas corrientes de pensamiento. Las visiones de los artistas pueden ser diferentes, y agrupaciones folclóricas como Los Huasos Quincheros o Los Cuatro Cuartos eran permitidas. Sin embargo, la visión conservadora de estas obras distaba mucho de las ideas y enseñanzas de Elena. Ella se negaba a cantar estas canciones, creía que las raíces del folclore se encontraban, no en los dueños de la tierra, sino en los trabajadores del campo. En virtud de esto, se le acosó y persiguió ideológicamente, según comenta su hermano menor, Enrique Valdivia Silva.

“La mitad de la gente era contraria a mis creencias”, recuerda Elena al rememorar sus días en la Escuela Alemania de San Bernardo hace más de 40 años atrás. Creían que ella era comunista porque tocaba las canciones de Violeta Parra. Debido a esto cambiaban constantemente a Elena de curso, con el objetivo, según cuenta ella, que bajara los brazos con el tema cultural y se dedicara solo a la labor de profesora básica. De esta forma, los niños no tendrían oportunidad de encantarse con ninguna expresión artística de las que enseñaba Valdivia, y menos con la música folclórica.

Durante la primera mitad de la década de los 80, Los Chenas se encontraban de gira en Valdivia. En medio de un ensayo, Elena Valdivia llamó la atención de Elisa Seguel para que corrigiera su postura al bailar. “Párate derecha, camina con la cabeza arriba”, señaló reiteradas veces la profesora según recuerda Elisa. La mujer se sintió profundamente ofendida ante el duro trato de su educadora y compañera. Tanto así, que sin decir ni una sola palabra, y con lágrimas en su rostro, tomó sus maletas y se fue al terminal de buses para retornar a San Bernardo. 

Pese al mal rato, Elisa coincide: para educar, debe haber disciplina. Joyce Valle la recuerda de la misma forma, como una maestra muy exigente. Pero, pese a ser una niña, comprendía que era necesario poner una cuota de orden a los alumnos.

Otra persona cercana a ella también corrobora esto, su hermano menor. “Es muy severa”, comenta Enrique Valdivia. Indica que la forma de enseñar de Elena corresponde a la “escuela antigua”. Elena admite que heredó de su padre ese comportamiento rígido. Sin embargo, señala que para su labor de docente y de investigadora de tradiciones folclóricas es sumamente importante mantener el orden.

“Bajo el sol del mediodía, mi vida… taran taran… los areneros. Mi vida, saldrán los areneros”, canta la maestra, mientras recuerda sus primeros años como profesora normalista en campo chileno. Un camino que la llevó a descubrir que la educación sería su camino para arraigar en los más pequeños la vitalidad de las tradiciones chilenas. Un recorrido en el que descubrió que el juego sería sería su herramienta, y el folclore su gran legado.

 


 

Este trabajo fue desarrollado por su autora para el curso “Crónicas y Perfiles”, dirigido por la académica Paula Escobar. 

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