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Che Manino: vamos a brillar, mi amor
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Che Manino: vamos a brillar, mi amor

Rodrigo Manino (32) llegó desde Argentina en 2016. Era alegre, amistoso, fanático de Independiente de Rivadavia y de los Redonditos de Ricota. La noche en que murió, esperaba micro para retornar a casa de su mamá. No vivía en la calle, pero ahí lo encontró la muerte el 8 de noviembre.

Por Constanza López y Camila Bazán

29 Enero 2021

Cuando era un adolescente, Rodrigo Manino (32) siguió una de las giras del Indio Solari, por toda Argentina. El cantante, que había sido vocalista de los Redonditos de Ricota, era su ídolo. Rodrigo tuvo el arrojo de lanzarse a recorrer el país para oírlo entonar la Bestia Pop. “A brillar, mi amor. Vamos a brillar, mi amor”. A Rodrigo le sobraban las ganas y le faltaba el dinero. Se coló en los conciertos sin pagar entrada. “Mi héroe es la gran bestia pop, que enciende en sueños la vigilia”.

Era un muchacho con suerte, hasta que la madrugada del 8 de noviembre, se cruzó en Chile, lejos de su Argentina natal, con Diego Ruiz Restrepo. Los videos de seguridad muestran que el acusado por la muerte de Rodrigo caminaba por Estación Central  junto a Miguel Olate y Jeison Acevedo, dos colombianos a quienes no conocía. De pronto vio a Manino y se lanzó a su cuello con un cuchillo de 20 centímetros de doble filo. Enterró una y otra vez el arma. Rodrigo alcanzó a avanzar unos pasos y se desplomó.

Esa noche, el Che había estado tomando en la calle con sus amigos, algo que hacía frecuentemente. Entonces, ocurrió. Un encuentro inesperado y una muerte prematura. Eduardo Lobaton, uno de sus cercanos, lo recuerda así:

–Lo dejé y me despedí. A los 20 minutos, lo mataron.

El amigo y “jefe” informal de Rodrigo, Miguel Ángel Palermo –le proporcionaba mercadería para vender en la calle y le encargaba hacer envíos de pedidos a Starken– le pidió a Eduardo que cuando él se marchara de la reunión en la vía pública, se preocupara de que Rodrigo también se fuera a su casa. Eduardo le dijo que sí, aunque pensó que no era un niño y no necesitaba cuidados. 

No era un niño, es cierto, pero su mamá, Mirtha Carmona (60) recuerda que de pequeño y de adulto, Rodrigo “se me perdía” y esa angustia, la de no encontrarlo, marcó la relación de ambos, cercana y temerosa.

–Siempre le preguntaba, ¿no tienes miedo de que te pase algo? Bueno, tenía que pasarle lo que le tenía que pasar, punto. Era su momento, su minuto, no sé. Él jugó con su vida – dice Mirtha.

***

Los amigos de Rodrigo se enteraron de inmediato por rumores. Un conocido que cuidaba autos le fue avisar a Miguel Ángel que el Che estaba extraño, durmiendo en la calle, que lo fueran a ver. Rodrigo ya estaba muerto.

Había nacido prematuro en Mendoza en 1988. Fue mimado y alegre. Un niño bueno que a veces se escapaba y se perdía. “Era tranquilo, así que no me dio mucho sinsabor hasta que creció”, cuenta Mirtha. 

Sus primeros problemas comenzaron en la adolescencia debido a que su padre –un hombre bien italiano, machista, autoritario y a quien no le gustaba trabajar– perdió su empleo. Por eso, cuenta Mirtha, sus hijos prefirieron salir a la calle. Rodrigo empezó a trabajar y a faltar al colegio. Repitió tres veces octavo básico. De ahí en adelante, se convirtió en un “andariego”. En Mendoza, se reunía en una plaza a comer con gente en situación de calle y a hablar con ellos. Esto no cambió cuando llegó a Chile hace cinco años. 

Cuando aterrizó, huyendo de una situación complicada con su hija y ex pareja, comenzó a trabajar con su mamá en una empresa textil. Duró un año hasta que tuvo problemas con un compañero por defender a Mirtha y fue despedido. Fue la época en que, bajo el alero de Miguel, se transformó en ambulante. Lo apodaron el Che. Circulaba por calle Maipú y además cuidaba autos. Los dos se volvieron amigos, casi hermanos. Miguel Ángel lo hospedaba con frecuencia en su casa. Tal vez trató de avanzar hacía allí cuando fue acechado por Ruiz Restrepo. Su cuerpo quedó a metros de la residencia de su amigo.

–Es como que me hayan matado un hermano, eso es el dolor. Ahora recién estoy asimilando que no está. La herida abierta está ahí –rememora Miguel Ángel.

El Che era amistoso. Siempre tenía una cerveza Báltica cerca y hablaba de Independiente de Rivadavia, equipo de la Primera B del fútbol trasandino. Y del Indio Solari.

Pasaba la mayor parte de la semana trabajando en Estación Central. Pudo, la noche en que murió, quedarse con Miguel Ángel, pero prefirió esperar a que una micro lo llevara donde Mirtha. En eso estaba cuando recibió tres estocadas. La primera, alcanzó el corazón; las otras dos, fueron por la espalda. 

–Ay, cuando se me perdía. Sí, por ahí se me perdía. Se iba a jugar y no lo encontraba por ningún lado. Ay, cuando se me perdía–, dice Mirtha, recordando la infancia de su hijo. El temor de Mirtha de que Rodrigo no encontrara el camino de regreso a su casa se hizo realidad cuando él ya era un adulto. 

En su última semana de vida, Rodrigo estuvo yendo todos los días a la casa de San Joaquín. Su madre lo despertaba a las 6:30 o 7:00 de la mañana para que se fuera a trabajar. Justo ese día sábado, el sábado en que murió, no se vieron. El beso de despedida, el definitivo, Mirtha se lo dio cuando tuvo que ir a reconocer su cuerpo. 

Cuando le informaron sobre el asesinato de Rodrigo, la policía le preguntó si su hijo tenía un tatuaje.  Ella recordó que tenía escrito en el cuerpo su nombre, Mirtha, el de su padre y la insignia del Independiente de Rivadavia en el corazón. 

–Yo entré a ese lugar con la ilusión de que no fuera. Pensé que me iba a encontrar con que era todo un chiste, una broma de muy mal gusto, que no iba a ser él. Ahí recién me pude dar cuenta. ¿Cómo nadie mira las cámaras de seguridad de noche? Por más que él fuera andariego, era mi hijo.

***

El Che fue velado en Estación Central y enterrado en el Cementerio General de Recoleta. En el funeral pusieron un mambo llamado “Tengo un ángel”, interpretado por varios cantantes de trap:Yo tengo un ángel que me cuida mis pasos desde allá arriba/No se muere quien se va, solo se muere quien se olvida”.

Pese al dolor, Mirtha dice que el adiós estuvo inundado de risas, de anécdotas, de historias. Uno de sus amigos, se cayó en una zanja abierta para otro cuerpo, al costado de la tumba de Rodrigo. Dice que, pese a todo, fue una despedida luminosa. “A brillar, mi amor. Vamos a brillar, mi amor”.

–Hasta en este momento, nos hizo reír el Che. Fue una experiencia nueva, en que se siente el dolor terrible, pero se vive de otra manera.

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