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Los fantasmas que acechaban a Marcia Tapia Loncón
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Los fantasmas que acechaban a Marcia Tapia Loncón

Marcia Tapia Loncón deambulaba desde hacía un tiempo por Estación Central. Padecía esquizofrenia y no era tratada adecuadamente. Tenía un techo en Cerro Navia, pero dormía a la intemperie. Fue asesinada el 8 de noviembre. Recibió 28 puñaladas. Su hija, Gabriela, cree que hacía mucho Marcia “le empezó a dejar de ver el color a la vida”.

Por Rayén Carvajal y Gabriela Piña

29 Enero 2021

–Era una persona con un temperamento fuerte, se irritaba fácilmente y era nerviosa, por eso tuvo varios problemas cuando era pequeña. Sufrió de ansiedad y mi abuela la llevaba a tratarse. Le estuvieron dando unas pastillas un tiempo. Después, mi abuela se la llevó a Argentina y a ella le dio depresión. Se tuvieron que venir porque se enfermó, echaba de menos Chile. Siempre tuvo problemas psicológicos, desde chiquitita. 

Ana María Videla Loncón (61), hermana de Marcia Tapia Loncón (57), asesinada el 8 de noviembre en Estación Central, dice que desde la niñez Marcia mostró signos de que algo en su mente no andaba bien. Con los años, ese algo se transformó en un diagnóstico: esquizofrenia, y, en un país como Chile, donde la salud mental no es prioridad, en una condena: la calle.

Marcia creció en una familia pequeña, marcada por el alcoholismo y la violencia. 

Su madre trabajó toda la vida como empleada doméstica y su padre, en la minería. Ella pasaba la mayor parte del tiempo con su abuela, sin compartir con otros niños, hosca, solitaria. Cuando su papá estaba en casa, había gritos y golpes. Marcia era querida, pero eso no garantizaba que pudiera escapar de ese ambiente hostil.

Cuando creció, Marcia intentó formar su propio hogar. Tuvo dos hijos de distintos padres: Gabriela (33) y Francisco (38). No logró afianzar sus relaciones de pareja, pero hubo un tiempo en que fue una madre presente y preocupada.

Gabriela, estudiante de diseño gráfico, reconoce que su mamá tenía un carácter muy fuerte y difícil de controlar, pero a la vez era una persona cariñosa, humilde y esforzada. Le gustaba hacer cosas manuales, dibujar, pintar y hacer collages. A pesar de que no tuvo las oportunidades para formarse profesionalmente, siempre estaba buscando maneras de seguir aprendiendo. Tomó varios cursos municipales, en los que aprendió de mueblería, pastelería, computación, e incluso de cerería.

Hubo, sin embargo, dos hechos que rompieron el equilibrio en Marcia. Cuando sus hijos eran pequeños, comenzó a beber de forma excesiva. Luego, vino la muerte de su madre en 2009 y con ello un quiebre definitivo: la esquizofrenia.

En su infancia y adolescencia, Marcia sufrió de ansiedad y depresión. Cuando murió su madre, comenzó con crisis reiteradas y cada vez más fuertes. Gabriela la llevó al Hospital Psiquiátrico, donde confirmaron que sufría alucinaciones y delirios de persecución. 

Los profesionales de salud le dijeron a Gabriela que, si ella lo deseaba, su madre podría ser hospitalizada. “Gaby, yo no me quiero quedar aquí”, le rogó Marcia y Gabriela decidió que se la llevaría a su casa en Pudahuel. La convivencia duró poco. Marcia interrumpió la medicación y se volvió violenta. Entonces, retornó al hogar de su infancia en Cerro Navia. A esa vivienda, que desde hace unos años compartía con su hijo Francisco, Marcia acudía de forma esporádica en los últimos meses.

La situación era compleja: Francisco trabajaba, mientras que Gabriela vivía en otro lugar junto a su hijo. Nadie apoyó el tratamiento médico ambulatorio y Marcia se quedó sola con sus fantasmas. 

Durante una de sus crisis, provocó un incendio en su casa. Perdió la mayoría de las fotografías de su vida y sus trabajos artísticos. También extravió las ganas de vivir.

Aunque paró drásticamente sus adicciones al alcohol y el cigarrillo, eso no la impulsó a retomar su tratamiento. Al revés, se fue aislando y dejó de concurrir a sus lugares favoritos, como el cine.

–Le empezó a dejar de ver el color a la vida –dice Gabriela.

Fue entonces cuando sus andanzas por Estación Central se volvieron cotidianas. Pasaba más tiempo en la calle que en su hogar. Volvía, a veces, a pedirle dinero o alimentos a Francisco. Una vez, destrozó sin razón los vidrios de un auto de una vecina. Nadie se quejaba de ese comportamiento, sabían que no estaba en sus cabales. 

El 8 de noviembre, a las 3:20 AM, Marcia murió en la intersección de Avenida Libertador Bernardo O’Higgins con calle Meiggs. En los videos de seguridad que existen de esa noche, se ve al presunto autor del crimen, Diego Ruiz Restrepo, correr y, de pronto, hacer una pausa. En ese momento, ataca a una persona que dormía entre cartones. En un par de minutos, le dio 28 puñaladas en el tórax y el cuello. Pudo matarla, cree Gabriela, con facilidad.

–Mi mamá tenía un problema en las caderas. Por eso digo que ella tampoco era una persona que saliera corriendo, entonces un tipo como esta persona fue y la atacó. Y no tenía cómo perder. Tremendo hombre comparado con el cuerpito de ella, que estaba tan flaquita, tan flaca.

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