Micreros y drogas: Las 149 víctimas que dejaron en tres años
Desde 2023 se han registrado en el país más de 30 accidentes de tránsito provocados por choferes de micro que conducían bajo los efectos de drogas. En la mitad de los casos se trató de cocaína, cuyo consumo ha aumentado entre los conductores del transporte público. V240 reconstruyó las historias de vida y muerte de Alberto, Gonzalo y Paloma, tres jóvenes que son parte de esta estadística.
Por Constanza Araya
4 de Mayo de 2026
Mauro Alberto Gómez, Gonzalo Curihuinca y Paloma Ulloa salieron de sus casas en días distintos rumbo a estudiar. Ninguno volvió. Cerca de las siete de la mañana, la vida de los tres acabó en un instante. Alberto tenía 14 años y murió en mayo de 2024 en Valparaíso. Gonzalo tenía 16 y falleció a fines de noviembre de 2025, en La Granja. Lo de Paloma pasó una semana después, en Valparaíso, el 4 de diciembre de 2025. Estaba a días de cumplir 20 años.
Los tres fueron atropellados por choferes de micro que conducían bajo el efecto de la cocaína.
Según datos de Carabineros, solicitados por V240 mediante Transparencia, desde 2023 se han registrado en todo el país 31 accidentes de tránsito ocasionados por choferes de micro, periodo en el cual hubo un total de 149 víctimas. En la mayoría de las veces (87%), los conductores manejaban bajo la influencia de las drogas. El 13% restante estaba en estado de ebriedad. En más de la mitad de los casos la droga consumida fue cocaína.
Pese a que la Ley de Tránsito prohíbe la conducción de cualquier tipo de vehículo bajo la influencia de sustancias estupefacientes o psicotrópicas, los casos son cada vez más frecuentes, especialmente en el transporte público. La base de datos muestra que en 2023, 26% de los siniestros viales de micros en Chile involucró a choferes que conducían bajo los efectos de drogas. Al año siguiente, en 2024, la proporción descendió a un 23%. Sin embargo, en 2025 se produjo un alza abrupta, llegando a 48% del total; es decir, ese año uno de cada dos accidentes del transporte público en el país fue ocasionado por choferes de micro drogados. En lo que va de 2026, en tanto, la prensa ya ha reportado al menos tres casos, dos de ellos con víctimas fatales.
Para Carolina Cárcamo, psicóloga experta en adicciones, la cocaína es vista por los choferes del transporte público como una droga funcional, ante las largas jornadas de trabajo, el estrés laboral y la necesidad de rendir más. Según ella, este tipo de consumo es aún más problemático porque se tiende a “normalizar o justificar la adicción”.
En la base de datos de Carabineros se observa que 55% de estos siniestros viales corresponde a atropellos. Entre esas víctimas se encuentran Alberto, Gonzalo y Paloma.
PALOMITA
La pared naranja del living comedor de la casa de Quintero está cubierta por una gran pancarta. “Nuestra niña hermosa… Dios te llamó a su lado para que desde ahí seas la luz que ilumina nuestro camino…”, se alcanza a leer en el primer párrafo. Abajo hay una foto de Paloma vestida de blanco, con su pelo castaño cuidadosamente peinado. En la pared contigua resalta un pequeño altar flotante. Una carta, algunos recuerdos, un ángel de yeso y un par de velas acompañan un pequeño cuadro con su rostro.
En el escritorio de más abajo, la escena se repite. Dibujos, algunas mariposas, una vela a medio consumir, un rosario, una imagen de la virgen y una foto de Kidd Voodoo junto a otra foto de Paloma.
En el comedor está Cinthya Arancibia, su tía. Con un polerón de polar rosado, el pelo recogido y sus manos entrelazadas recuerda a Paloma Ulloa Arancibia, la joven de 19 años que murió atropellada por una micro de la empresa Transrural en un paso de cebra, mientras se dirigía a dar un examen a la Universidad de Valparaíso, donde estudiaba Nutrición y Dietética. El chofer dio positivo en cocaína y marihuana al momento de la detención.
Paloma era la única niña en su familia. Antes de cumplir un año de vida, su mamá la llevó a vivir a Quintero, muy cerca de la playa. Allí creció junto a su tía Cinthya, sus dos primos, su abuela y su mamá. Según quienes la conocieron, era una niña muy tranquila y amistosa. Lo más singular de su rostro eran sus ojos de uva, su largo pelo y la infaltable sonrisa con la que aparece en las fotos.
Su infancia y adolescencia se desarrollaron sin complicaciones. Tenía buenos amigos, un pololo que la amaba, le iba bien en el colegio y era la regalona de la familia. Incluso, antes de salir de enseñanza media ya sabía lo que quería estudiar. Para el día del accidente, Paloma ya finalizaba su segundo año de carrera.
Cinthya parece manejar bien sus emociones cuando habla de Paloma. No se le quiebra la voz y no se le inundan los ojos cuando la recuerda. Sin embargo, la expresión de su rostro la delata. Su ánimo está decaído y, aunque intenta sonreír cuando rememora momentos de la infancia de “Palomita”, como la llama, el dolor se puede sentir.
Cuando comienza a relatar lo ocurrido el día del accidente, la puerta de atrás se abre. Es Mariela Arancibia, la mamá de Paloma, que se sienta junto a Cinthya en el comedor. A pesar de que tienen varios años de diferencia, son muy unidas. Tal vez sea porque ambas hermanas fueron mamás solteras, viven en la misma casa hace 20 años y se ayudaron mutuamente con la crianza de sus hijos.
Con un nudo en la garganta, Mariela toma la palabra y relata qué pasó aquel fatídico día del accidente. “Nosotros estábamos en Santiago en el velorio de la hermana de mi mamá. Paloma se quedó acá en Quintero porque estaba dando los últimos exámenes del año y no los podía postergar. No pudo ir con nosotros y se quedó con Julián, su pololo. Ese día él la acompañó a tomar el bus municipal de Quintero que la dejó en Valparaíso a las 07:20 de la mañana”.
El resto de la historia apareció luego en todos los noticieros del país.
Mientras Paloma cruzaba por un paso peatonal en la intersección de las calles Alcalde Barrios con Avenida Playa Ancha, un conductor del recorrido 612 la atropelló. Tras su detención y posterior narcotest, se comprobó que iba manejando bajo los efectos de la cocaína y la marihuana.
La mamá de Paloma estaba en la cocina, ayudando con los preparativos del velorio cuando de repente sonó su celular. Era un número desconocido, así que no contestó, pero la insistencia fue mucha. Era su vecina para avisarle que Carabineros estaba afuera de su casa en Quintero y querían hablar con ella.
Cuando el funcionario comenzó a preguntarle sobre Paloma, lo primero que pensó fue que la habían asaltado. Por su mente aún no se cruzaba toda la pesadilla que vendría después.
“Yo sé que es su trabajo, pero deberían ser más sutiles cuando te dicen una cosa así. El caradura del carabinero me dijo altiro: ‘La Paloma está muerta’”. Al mismo tiempo, desde la universidad llamaron a Cinthya para avisarle de lo ocurrido. “Yo le dije: ‘Estamos en un velorio en este momento, no estoy para bromas’, y le corté”, recuerda.
A pesar de que Mariela y Cinthya aún no asimilaban por completo la noticia, comenzaron a avisarle a sus más cercanos para que fueran a ver a Paloma, pues, por la distancia, ellos podrían llegar antes a Valparaíso. “Llamé a su pololo y le dije que la fuera a ver”, asegura Mariela. “Yo llamé a mi hijo mayor porque también se había quedado en Quintero. Le dije que se fuera a la universidad, que fuera a ver a la Paloma porque estaba más cerca”, agrega Cinthya.
Cuando por fin llegaron a Valparaíso desde Santiago, su primera parada fue la 1° Comisaría de Playa Ancha. Luego el Servicio Médico Legal. Luego el psicólogo y luego la abogada que les facilitó la universidad. Todo pasaba rápido en ese momento, pero para la familia de Paloma el mundo pareció detenerse para siempre.
GONZALO, ALIAS SCHNEIDER
Son las 13:00 de la tarde y el ambiente en el block de la comuna de La Granja es agitado. Un grupo de hombres conversa y ríe a unos metros del departamento donde se encuentra Daniela Avello intentando contener sus lágrimas. El mundo allá afuera sigue, mientras ella aún no logra entender lo que pasó con su hijo.
Su pelo es rojo, sus cejas son finas y marcadas y es de baja estatura. Tiene una apariencia ruda que se desmorona cada vez que habla de la muerte de Gonzalo, su único hijo. La acompaña Valentina, su sobrina. Ella viste completamente de negro, lo que hace resaltar su piel blanca y pelo rubio. Aunque intenta contener a su tía durante la entrevista, no puede evitar llorar cada tanto.
A ratos se escucha un sollozo ahogado. Es la abuela de Gonzalo, quien se encuentra en una de las piezas del fondo. Las tres saben que la vida en aquel departamento nunca volverá a ser la misma.
El 27 de noviembre de 2025, Gonzalo Curihuinca fue atropellado por un chofer de bus RED, operado por la empresa VoySantiago, en la comuna de La Granja. El hecho ocurrió en Avenida Santa Rosa con San Martín. El conductor dio positivo en cocaína. Las cámaras de seguridad de la micro muestran que pasó con luz roja y escapó. La noticia apareció en los titulares de la prensa.
“Venía llegando a la casa del trabajo en la mañana y me encuentro con Carabineros. Estaban afuera del block buscando una dirección. Los intenté ayudar cuando me preguntaron de qué departamento era yo. Les dije el departamento 21 y me contestaron que estaban buscando a la mamá o el papá de Gonzalo Antonio. Ahí es cuando me informan que tuvo un accidente”, recuerda Valentina, prima de Gonzalo.
“Les pregunté dónde fue el accidente y si se podía ir a ver a Gonzalo al hospital. Me dijeron que no, que no iba a poder llegar”. Esas palabras bastaron para que el cuerpo de Valentina se paralizara por completo. Aunque sentía que se desvanecía, subió al departamento para avisarle a la mamá de Gonzalo.
–Tía, levántese, necesitamos salir –le dijo.
Valentina no se atrevió a contarle lo que había sucedido. Así que Carabineros entró y le dio la noticia.
“Yo me destrocé completamente, quedé en shock. Caí al suelo. Grité”, recuerda Daniela, todavía con angustia.
Tenía un estilo que lo definía. Pelo largo, cejas pobladas y piercings que acaparaban la atención de su rostro. Sin embargo, no podía ocultar sus facciones de niño. Gonzalo tenía apenas 16 años aquel jueves que iba camino al liceo.
Le gustaba andar en skate y escuchar música. Sus géneros favoritos eran el metal, punk rock y la música electrónica, inculcada por Valentina, su prima. Aprendió a tocar guitarra, batería y a cantar. Incluso, comenzó a incursionar con programas en el computador para crear música. Subía sus creaciones a Soundcloud bajo el alias Schneider, donde actualmente cuenta con 168 seguidores.
Sus dotes artísticos no solo iban por lo musical, también intervenía su ropa con diseños hechos por él, tachas, figuras y bordados con hilo blanco.
El día del accidente vestía una de esas prendas.
“Yo me levanté por la mañana con él. Le ofrecí desayuno, me dijo que no. No le gustaba mucho tomar desayuno. Le di su besito, porque era una rutina nuestra en la mañana cuando se iba y en la noche antes de acostarse, y salió a Santa Rosa a tomar la micro”, recuerda Daniela.
Pero ese día Gonzalo cambió el recorrido. Se fue a otro paradero donde pasan más buses. “Ahí fue donde iba a cruzar la calle con luz verde y este gallo venía con luz roja y a exceso de velocidad. Se supone que iba en su turno, pero la micro venía vacía”, agrega la mamá.
En la querella interpuesta por la familia se lee:
“Desde un primer momento se verificó que el vehículo causante del atropello no se encontraba en el lugar, toda vez que su conductor se había dado a la fuga inmediatamente después de producir el impacto, abandonando a la víctima gravemente herida en la calzada, sin prestar auxilio, sin dar aviso a los servicios de emergencia y sin permanecer en el sitio del suceso”.
Los primeros en llegar al lugar fueron Bomberos y el Servicio de Atención Médica de Urgencias (SAMU), quienes le hicieron maniobras de reanimación durante largo rato. Sin embargo, Gonzalo no reaccionó y falleció.
Daniela y Valentina llegaron al lugar antes que el Servicio Médico Legal (SML) y vieron la escena. Cuando recuerda el momento, la mamá se desborda en lágrimas: “Para mí era una persona dormida. No tenía expresión de dolor, no tenía ningún… Fue inmediato”.
MAURO ALBERTO
Mauro Alberto Gómez estaba tomando un café en la cocina de su casa, mientras preparaba el de su mamá, Jennifer Estay. Solían tomar la micro juntos; ella camino al trabajo, él rumbo al liceo. Pero unos días antes Jennifer comenzó a entrar más temprano, por lo que tomó su café, le dijo cuánto lo quería, le dio un abrazo y se fue.
Al rato, Alberto salió a tomar la micro de las 7 de la mañana en la calle Chaparro Alto en Valparaíso, para dirigirse al Liceo Eduardo de La Barra, en la misma comuna, donde cursaba séptimo básico. Esperaba el recorrido 702, de la empresa Top Tur. Treinta minutos antes, Jenifer había tomado la micro en el mismo lugar.
Ella recién llegaba al trabajo cuando recibió la llamada. Era su sobrina Dafne para contarle que habían atropellado a Alberto. “Cuando escuché la voz de Dafne, supe de inmediato que no era algo bueno, pero me fui repitiendo como un mantra que era un pie que se había quebrado. Y siempre tuve esa idea”.
“Cuando llegué y me encontré con el cuadro, lo primero que le pregunté a una de mis hermanas fue si estaba muerto. Me dijo que no, que iba a llegar una ambulancia”, recuerda Jennifer. “Empecé a caminar hacia él, pero no me dejaban acercarme. Desde una esquina, le grité que estuviera tranquilo, que la mamá ya había llegado”.
A los minutos le avisaron que su hijo ya había fallecido. Alberto tenía apenas 14 años ese 13 de mayo de 2024.
El chofer de la micro huyó y más tarde lo detuvieron. Dio positivo en cocaína y marihuana. Pero antes, un familiar de Jennifer, también chofer de micro, se lo encontró. “Después del accidente, él siguió manejando de forma normal. Llegó a la garita, mi primo sabía que había atropellado a mi hijo, y le preguntó si el viaje había estado normal. El chofer le dijo que sí, a pesar de que los pasajeros que iban en la micro, que ahora son testigos de nuestra parte, le dijeron que algo había pasado y él no se quiso detener”, sostiene Jennifer.
Jennifer Estay tiene 45 años y trabaja como administrativa en el Hospital Psiquiátrico de Valparaíso. Se considera una persona alegre, analítica y “querendona”. A los 19 años fue mamá de su hija mayor, Liset. Tiempo después, conoció al papá de Alberto y vivió en Villa Alemana alrededor de 15 años. Se separó y se trasladó con sus dos hijos al Cerro Cordillera de Valparaíso.
“Compartíamos mucho en la casa, nos reíamos, éramos de conversar, de dialogar, de saber cómo se sentía el uno con el otro. Teníamos esa fortuna de estar siempre juntos”, relata Jennifer. También recuerda que Alberto estaba pasando por una edad complicada desde los 11 años. Asegura que, aunque se metía en líos, maduró muy rápido y “se le fue pasando de a poco”.
Jennifer intentó que Alberto canalizara su energía en talleres extracurriculares, “si no, nos volvíamos locas”. Así llegó a practicar Jiu-Jitsu. Sin embargo, su verdadera pasión era dibujar. En su casa se almacenan cuadernos de dibujos y cuadros que pintó. Le gustaban las artes digitales y soñaba con ser diseñador gráfico y aprender idiomas.
Se destacaba por sus buenas notas. Pero en 2023 tuvo que salir repentinamente del colegio donde estudiaba, tras una discusión con una compañera, quien le enterró un lápiz. “Lo saqué de inmediato. Empecé a buscar colegios y quedó en el Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso”, relata Jennifer.
Allí solo alcanzó a estar unos meses. Luego del accidente, sus compañeros de curso salieron a las calles de Valparaíso pidiendo justicia por Alberto.
Al día siguiente, Jennifer estuvo presente cuando le leyeron los cargos al chofer. Más tarde organizó marchas y comenzó un movimiento para denunciar la mala praxis del transporte público en la región. Según sus palabras, hizo todo eso aún sin tomar conciencia de la muerte de su hijo.
El movimiento por Alberto tomó más fuerza cuando la exdiputada Carolina Marzán se contactó con Jenifer para proponerle que el nuevo proyecto de ley que estaba presentando en la Cámara llevara el nombre de su hijo. La Ley Alberto.
“Yo siento que en mí habitan dos personas. Una que murió el día 13 de mayo y otra que está hablando ahora. Si bien son compatibles en algunas cosas, son distintas en muchas otras. De todas las veces que dije que la vida me cambió, no me había cambiado nunca. Hasta ahora”, reflexiona Jennifer con nostalgia.
LEY ALBERTO
El proyecto conocido como “Ley Alberto” surgió como una respuesta al problema que aqueja desde hace años al transporte público regional e interurbano: el consumo de drogas por parte de conductores y su impacto en la seguridad vial.
La norma busca reforzar la seguridad en el transporte público mediante la prevención del consumo de alcohol y drogas en los conductores. Actualmente, los controles, como el alcotest o el narcotest, son realizados principalmente por Carabineros en la vía pública. Sin embargo, la iniciativa propone que sean las propias empresas las que implementen controles preventivos, obligatorios y periódicos a sus conductores, incluso antes de iniciar los recorridos.
Aunque este proyecto también contempla sanciones para las empresas que incumplan estas obligaciones, que van desde multas hasta la pérdida de la autorización para operar en caso de reincidencia, no tiene una agravante judicial.
Para el diputado Luis Cuello (PC), quien actualmente impulsa el proyecto, “agravar las penas o justificar nuevos delitos, no resuelve el problema. Eso apunta a una consecuencia posterior; es decir, a una sanción mayor en caso de que se produzca un accidente como consecuencia del consumo de droga o alcohol. Entonces, a mi juicio, lo que se requiere es establecer una herramienta preventiva para impedir que un conductor que hubiera consumido droga o alcohol siquiera suba a una máquina para conducirla”.
Cuando ocurrió lo de Paloma, Gonzalo y Alberto la incertidumbre era la misma: ¿Quién se hace responsable del problema? ¿El Estado? ¿Las empresas de transporte? ¿El chofer? Para el ex Subsecretario de Transportes, Jorge Daza, “el problema de las drogas y el alcohol no es un tema netamente radicado en el transporte, es un problema de salud pública que tiene que tratar el Estado”.
Para ello, el Ministerio de Transportes opera a través de fiscalizaciones realizadas junto a SENDA y Carabineros. Durante el primer trimestre de 2025 se realizaron 206.588 fiscalizaciones a vehículos. En ese período, los controles se concentraron principalmente en los buses interurbanos: se fiscalizó al 82% de ellos. Más atrás quedaron los buses RED, con 61% controlados, y los buses rurales, con 53%.
Hacia el cierre del año pasado, el panorama cambió. Las fiscalizaciones aumentaron con fuerza y llegaron a 804.137 controles. En esta etapa, los buses rurales pasaron a tener la mayor cobertura, con un 172%, lo que significa que muchos fueron fiscalizados más de una vez durante el período. En tanto, los buses RED alcanzaron un 103%; es decir, prácticamente todos fueron controlados al menos una vez. En paralelo, los buses interurbanos, tuvieron el mismo porcentaje de fiscalización.
Sin embargo, el día que fallecieron Paloma, Gonzalo y Alberto, nadie fiscalizó a esos choferes.
Según afirma el exseremi de Transportes de Valparaíso, Jean Pierre Ugarte, “no es que no se fiscalice (…). Apelar a que un siniestro vial depende exclusivamente de que se haya fiscalizado o no, no solamente es injusto, también es irreal”.
Las familias de Paloma, Gonzalo y Alberto coinciden en que la culpa la tienen las empresas por no filtrar a quienes contratan, además de los entes fiscalizadores, por no hacer el trabajo que debían para evitar las muertes de sus seres queridos.
V240 se intentó contactar con el Directorio de Transporte Público Metropolitano (DTPM) y el Directorio de Transporte Público Regional (DTPR) para conocer su versión, pero ambos organismos declinaron referirse al tema. También se buscó la versión del actual subsecretario de Transportes, Martín Mackenna y de las empresas de transporte involucradas (VoySantiago, Transrural y Top Tur), pero al cierre de esta edición no se ha recibido respuesta alguna.
Jennifer llamó a la mamá de Gonzalo apenas se enteró de la tragedia. Desde entonces hablan con frecuencia, pues a ambas las une el mismo dolor.
Una semana después, el mismo día en que Paloma fue atropellada, Jenifer se contactó con su familia para brindarle apoyo y contarle del proyecto de ley que se estaba tramitando. Con el paso de los días, ese contacto se transformó también en acompañamiento. Cuando comenzaron las marchas que exigían justicia por Paloma, Jennifer estuvo allí.
“A mí solo me queda honrar la memoria de mi hijo tratando de ayudar en lo que pueda, tal como lo hubiese hecho él”, sostiene Jennifer. “Tenemos mucha esperanza en la ley. Porque el diálogo ya se nos escapa de las manos. Yo he hablado con el exseremi de Transportes de Valparaíso y con Carolina Tohá (cuando era ministra del Interior). Entonces, ya más puertas no podemos tocar. Pero que al menos que quede escrito que la mamá de Paloma, la mamá de Gonzalo y la mamá de Alberto, hicieron todo lo que estuvo en sus manos para hacer justicia”.
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