A 20 años: Qué fue de los “pingüinos” que cambiaron el país
Dos décadas después de las movilizaciones estudiantiles que pusieron la educación en el centro del debate nacional, V240 reunió a seis de sus principales dirigentes. Entre ellos hay un diputado, una alcaldesa y un exministro; otros se alejaron de la política institucional, emigraron al extranjero o eligieron trabajar desde espacios menos visibles. Hoy recuerdan el movimiento que marcó a una generación y reflexionan sobre el país que ayudaron a transformar.
Por Martín Ferrada y Tomás Marín
19 de Junio de 2026
Karina Delfino se disculpa por sus ojeras.
Dice que pasó la noche trabajando, que el día anterior fue intenso y que la jornada que recién comienza tampoco dará tregua. Frente a una pequeña mesa de vidrio instalada en una esquina de su despacho municipal de Quinta Normal, resume su situación con una frase: “Soy alcaldesa veinticuatro siete”.
La oficina es amplia. En una de las paredes cuelga la fotografía oficial del expresidente Gabriel Boric. Han pasado tres meses desde el cambio de gobierno, pero la imagen sigue ahí.
A algunos kilómetros de allí, en Recoleta, César Valenzuela recibe a V240 en su oficina parlamentaria. Se ve que todavía está en proceso de instalación. Hay pocos adornos, algunos escritorios y cajas sin desempacar. El diputado socialista se preparaba para salir a una actividad de su semana distrital.
En San Miguel, Maximiliano Mellado sale de su casa vestido con camisa y chaqueta. Camina hasta Plaza México, saludando a varios vecinos por el camino. Parece un candidato en campaña. Hoy es periodista, aunque no ejerce en medios: trabaja de forma independiente en consultorías comunicacionales y, dice, tiene ganas de volver a la política y postularse al Congreso o a alguna municipalidad. “A mí me interesa seguir construyendo camino político”, dice.
En Providencia, el abogado Germán Westhoff espera cerca del Parque Bustamante. Está resfriado y lleva varios días con licencia médica. Hace años que está radicado en Caldera y la última vez que dio una entrevista aún estaba en la universidad. Nunca le gustó demasiado aparecer en los medios, admite.
En la misma comuna, Julio Isamit, director ejecutivo del think tank Instituto Res Publica, entra a su luminosa oficina, donde tiene libros, fotos y figuras de Abraham Lincoln. De fondo cuelgan imágenes donde aparece junto al expresidente Sebastián Piñera. Entonces se acomoda en su escritorio para recordar sus inicios en la política.
Y María Jesús Sanhueza responde desde un café en Viena. Dice que acaba de regresar de un viaje de trabajo. Que hace poco estuvo en Francia y Arabia Saudita. Que antes había pasado por China. En sus redes sociales aparecen fotografías suyas en Berlín, Belén, Uzbekistán, Grecia, India o la Isla de Pascua. “La gente piensa que estoy de vacaciones”, dice.
Hace veinte años, sin embargo, todos estaban en otro lugar. Vestían uniforme escolar. Participaban en asambleas interminables. Dormían en colegios tomados. Y encabezaban el movimiento estudiantil más importante desde el retorno a la democracia.
Chile los conoció como los líderes de la Revolución Pingüina.
Karina Delfino, alcaldesa de Quinta Normal: "Las desigualdades educativas siguen existiendo y creo que ante esos problemas, el movimiento estudiantil tiene que estar fuerte".
EL INVIERNO QUE CAMBIÓ TODO
La historia comenzó con demandas que parecían acotadas. Pase escolar gratuito, gratuidad de la PSU y fin a la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), heredada de la dictadura.
Pero a inicios de 2006 esas exigencias crecieron hasta transformarse en una discusión nacional sobre educación y desigualdad. Los colegios comenzaron a ser tomados por sus alumnos. Las marchas se multiplicaron. Más de un millón de personas terminaron movilizadas en distintos momentos del movimiento.
Entre los rostros que aparecían diariamente en televisión estaban Karina Delfino, presidenta del Centro de Estudiantes del Liceo 1; César Valenzuela, del Confederación Suiza; Maximiliano Mellado, del Barros Borgoño; María Jesús Sanhueza, del Carmela Carvajal; y los dirigentes del Instituto Nacional, Germán Westhoff y Julio Isamit.
Venían de mundos distintos, también de posiciones ideológicas distintas.
Valenzuela y Delfino militaban en las Juventudes Socialistas. Isamit se sentía cercano a RN y Westhoff a la UDI. Ambos encabezaban un centro de alumnos de derecha, algo inusual para un establecimiento identificado con otras sensibilidades políticas. Querían acabar con las tomas, pero terminaron liderando la mayor de todas. Mellado se definía independiente. Sanhueza, la más radical, era comunista.
Sin embargo, durante algunos meses compartieron una misma convicción: que la educación chilena reproducía desigualdades que ya no podían seguir ignorándose. “De las cosas más bonitas que se creó en esos momentos fue generar una amplitud en cuanto a la reflexión y al debate. Tuvimos mucho apoyo a nivel nacional, movilizamos a más de un millón de personas. Todo en torno a la desigualdad educativa. Y por lo mismo creo que fue una movilización con mucha épica, pero sobre todo con mucho apoyo”, recuerda hoy Delfino.
Mellado coincide. “Creo que movimientos como este no pasaban antes. Se decía: ‘Es la típica marcha de todos los años, mañana nadie se va a acordar’. Pero esta vez fue distinto”.
Fue tan distinto que cayó el ministro de Educación de la época y el gobierno de Michelle Bachelet terminó creando un Consejo Asesor Presidencial para la Educación integrado por 81 representantes de distintos sectores.
Entre ellos estaba Mellado. “Fue un hito para el movimiento. El Estado empezó a pensar que teníamos un peso mayor. Lo más grande que saco de todo esto es que logramos instalar la educación como tema eje”.
César Valenzuela, diputado PS: "La gran pelea de hoy sigue siendo en cuestión de desigualdad versus el discurso del mérito”.
LOS QUE LLEGARON AL PODER
Dos décadas después, algunos siguen en la política. Karina Delfino, 37 años, es alcaldesa por segundo periodo consecutivo de Quinta Normal, la comuna donde nació y se crio. Antes fue concejala y trabajó en la secretaría general de Gobierno durante el gobierno de Michelle Bachelet.
César Valenzuela, en tanto, fue parte de la primera Asamblea Constituyente y hoy es diputado por el Distrito 9. Julio Isamit fue ministro de Bienes Nacionales de Sebastián Piñera.
Pero una vez que egresaron de cuarto medio y entraron a la universidad, desaparecieron. Casi no se supo de ellos. Delfino, por ejemplo, se alejó de la política estudiantil tras ingresar a la U. Católica. Estudió Geografía y luego se cambió a Sociología. No participó en centros de alumnos ni en elecciones estudiantiles. “La política que se hacía dentro de la universidad era bastante elitizada. Entonces decidí estar en el territorio”, dice.
Lo mismo Valenzuela. Estudió Derecho en la Universidad Alberto Hurtado, pero tampoco fue dirigente universitario. Isamit entró a la misma carrera en la U. Católica, donde también se mantuvo al margen de la política. Westhoff hizo lo propio en la Finis Terrae. Sanhueza igual: perdió rápidamente el interés por ese espacio.
Ninguno tuvo figuración en las masivas protestas universitarias de 2011, que estallaron bajo la consigna “educación pública, gratuita y de calidad”, además de exigir el fin al lucro en la educación superior. Pero Delfino hace un punto: “Sin 2006 no hay 2011”, dice.
“Yo era pobre. No era de clase media, era pobre -explica Valenzuela-. Entonces no me podía dar el lujo de demorarme quince años en la universidad. Tenía que terminar la carrera y encontrar una pega”.
Ya no conserva la melena que lo convirtió en uno de los rostros más reconocibles del movimiento, Pero sigue pensando muchas de las cosas que dijo entonces: “La gran pelea de hoy sigue siendo en cuestión de desigualdad versus el discurso del mérito”, afirma.
Creció en la población Venezuela, en Recoleta, criado por su abuela Laura y su madre, María Carolina, operaria en un laboratorio. Encabezó centros de alumnos desde la básica y a los 21 fue presidente de las Juventudes Socialistas.
Recuerda la exposición mediática de aquellos años. “Había reportajes sobre nuestras notas, nuestros comportamientos, quién era nuestro papá, nuestra mamá. Había cosas que se hacían con nosotros que hoy no serían permitidas. Éramos dirigentes, sí, pero también éramos niños”.
Delfino coincide en que la educación sigue enfrentando problemas estructurales. “No es que las cosas se hayan solucionado del todo. Las desigualdades educativas siguen existiendo y creo que ante esos problemas, el movimiento estudiantil tiene que estar fuerte. Debe tener una voz, porque finalmente son ellos los que viven esas desigualdades”.
Pero la alcaldesa observa con preocupación el aumento de la violencia escolar. “El gobierno no está abordando bien este problema. Puedes poner más pórticos, revisar mochilas, pero hay hechos de violencia que pasan con o sin inspección”.
Para ella, la salida pasa por la prevención y por recuperar lo que considera una de las conquistas de su generación. “Más allá de quién gobierne, el Estado debería hacerse cargo de verdad de la educación pública, y para eso es importante la mirada desde el movimiento estudiantil. Hay que sacar a los jóvenes de la calle y rescatar muchas de las cosas que se ganaron en la Revolución Pingüina”.
EL MINISTRO IMPROBABLE
Julio Isamit está casado con la ingeniera civil Trinidad Donoso y es padre de tres hijos. Desde 2011 dirige el Instituto Res Publica y es académico de la Facultad de Derecho de la Universidad San Sebastián.
Recuerda que hace 20 años, en una sala del Instituto Nacional se guardaban cinco millones de pesos en monedas: aportes voluntarios que los propios alumnos recolectaban en la calle para financiar un liceo que seguía en toma. Era uno de los centros operativos de la Revolución Pingüina, y sus dirigentes resultaban poco convencionales para la tradición de izquierda del establecimiento. La lista de la que formaba parte Isamit se declaraba abiertamente de derecha.
“A mí me decían ‘guatón vitalicio’, porque Pinochet iba a ser senador vitalicio y yo era presidente de curso todos los años”, cuenta.
Isamit se define a sí mismo como un “líder accidental”. Se unió a la lista articulada por Germán Westhoff, con la que ganaron el centro de alumnos de 2006. Su rol iba a ser más bien administrativo, pero la cantidad de medios que cubrían las tomas terminó convirtiéndolo en uno de los rostros del movimiento. “La prensa pedía la opinión del Instituto Nacional porque sabía que era el único centro de alumnos de derecha. Y, además, tú siempre quieres la opinión del Instituto Nacional”.
Después de que se tituló de abogado, fundó Chile Siempre, motivado por una intuición: “El cabro de 14 años que es de derecha anda como avergonzado. El cabro de 14 años que es socialista está orgulloso. ¿Por qué no hacemos un proyecto que haga que la gente joven de derecha esté orgullosa de sus ideas?”.
Allí construyó una red de trabajo político hasta que llegó octubre de 2019. El estallido social alteró completamente el escenario político. Piñera buscó nuevos rostros para su gabinete. Isamit terminó siendo nombrado ministro de Bienes Nacionales.
“Fui ministro por una suma de cosas: por haber sido dirigente estudiantil, por haber articulado esta fundación durante años, por haber participado en equipos de trabajo. Pero también por el contexto. Sin el estallido social yo no habría sido ministro”.
Dice que la principal enseñanza que rescata de la Revolución Pingüina no está relacionada con las tomas ni con las marchas. Tiene que ver con la capacidad de construir puentes. “Yo trato de ser el Pepe Grillo, esa pulga en el oído. La necesidad de tener vínculos más transversales, más amplios, eso lo aprendí en el Instituto Nacional. Me alegro mucho de poder decir que Karina Delfino y César Valenzuela son amigos. Y lo veo como un plus, no como algo negativo”.
Julio Isamit, director del Instituto Res Publica y exministro: "La necesidad de tener vínculos más transversales, más amplios, eso lo aprendí en el Instituto Nacional".
CAMINOS DISTINTOS
“No me gusta mucho la exposición”, advierte Germán Westhoff antes de empezar a hablar. Todavía parece incómodo con lo que le tocó vivir. “Cuando salí presidente (del Instituto Nacional) fue una cuestión súper circunstancial. Yo soy más bien introvertido, entonces para mí fue bien complicado”.
Ya casi no guarda relación con sus excompañeros de la Revolución Pingüina y parece ser el caso más evidente de quienes no quisieron permanecer cerca del poder.
Habla pausadamente, como si quisiera tomar distancia de aquella etapa. “De repente me mandan declaraciones que hice en 2006 y me da un poco de vergüenza. Estaban medio pasadas, un poco imprudentes”.
Tras titularse como abogado, buscó un cupo en alguna clínica jurídica, pero dice que el sector estaba colapsado en Santiago. Sus padres tenían una casa en Caldera y decidió probar suerte ahí. Sería un solo verano. Ya lleva más de una década viviendo y trabajando en el norte. “Me gustó mucho porque es tranquilo, es bonito: mar, ciclovía, rico el clima. Como que todo me empezó a gustar, me fui quedando”.
Salir de Santiago significó, también, alejarse de la política partidista. “Uno va perdiendo el contacto y, viviendo lejos, se hace más difícil”. Nunca fue su aspiración, de todos modos, convertirse en un rostro político de primera línea. “A mí me encanta lo público, pero en segunda línea, sin exposición. Ellos (los demás líderes pingüinos) pertenecen a partidos políticos y hay una necesaria militancia, una necesaria disciplina que a mí me carga”.
Hoy milita en Evópoli, partido que considera el más cercano a su idea de una derecha “conversadora”, aunque cree que el actual escenario polarizado ha condenado a las propuestas más cercanas al centro político. “Es triste, porque está bien débil; no creo que sobreviva a otra elección (Evópoli). Le dicen ‘la derecha cobarde’, pero en realidad es una derecha mucho más dialogante, mucho más técnica”.
En Caldera puso en práctica lo que llama “política de segunda línea”: resultados pequeños, pero con impacto en el día a día de la gente. Fue presidente de la junta de vecinos de Bahía Loreto, donde impulsó iluminación, pavimentaciones participativas y algunas áreas verdes. Hoy trabaja en la Delegación Presidencial de Chañaral y tiene un magíster en Políticas Públicas. De su paso por la Revolución Pingüina valora, sobre todo, las conquistas concretas: “Pase escolar extendido, almuerzos Junaeb que no estaban regulados. Para mí, lo más práctico fueron las ventajas tangibles para una millonada de alumnos”.
Sobre el camino que ha tomado la educación chilena desde 2006, es crítico: “No hemos avanzado mucho. Me parece que todos los esfuerzos no han dado los frutos que uno esperaría”. Y pone un ejemplo: “Eliminar la selección a lo mejor no fue muy inteligente; el Instituto Nacional, por excelencia, aseguraba una movilidad social. Alumnos de todas partes de Santiago entraban ahí y en general salían bien. Eso se destruyó”.
Germán Westhoff, abogado de la Delegación Presidencial en Chañaral: “No hemos avanzado mucho (en educación). Me parece que todos los esfuerzos no han dado los frutos que uno esperaría”.
EL PINGÜINO DE LA TV
Maximiliano Mellado arrastra una biografía distinta al resto. Tal vez la más inesperada.
Cuando egresó de cuarto medio entró a estudiar Periodismo en la Universidad Central, donde fue elegido presidente del Centro de Estudiantes de Comunicaciones gracias a su fama como dirigente secundario. Pero enfrentaba un gran problema: su familia no tenía recursos para pagar la carrera.
“Siempre se habló de que a los dirigentes nos pagaban la carrera. En mi caso no fue así”.
Fue así cuando el entonces decano de la facultad, el periodista Bernardo de la Maza, le ofreció participar en el reality “Pelotón VIP”, que buscaba personas representativas de distintos sectores, entre ellos el estudiantil. Mellado dice que al comienzo rechazó la propuesta, pero terminó aceptando por necesidad económica. “Yo lo vi como una oportunidad de tener los ingresos para poder seguir estudiando”.
A esa etapa siguió otra de farándula, escándalos y noviazgos públicos. Mantuvo una relación con Natalia “Arenita” Rodríguez, presentadora del programa Yingo, de Chilevisión, lo que le valió una rivalidad mediática con Karol Lucero. Hoy reflexiona con algo de distancia sobre ese periodo: “Tal vez se desvirtuó. A veces pienso que parte de eso tuvo que ver con ser el más chico”.
Al salir de la universidad dejó atrás la televisión y se dedicó a las comunicaciones institucionales: fue encargado de prensa del Teatro Caupolicán, el Teatro Teletón, Espacio Broadway y los hoteles Sommelier, y trabajó en varios equipos de comunicaciones vinculados al Ministerio de Salud. En 2018 se unió a Renovación Nacional, donde fue vicepresidente de las juventudes del partido, dando charlas por todo el país a nuevos dirigentes de derecha, según explica.
Aunque durante la revolución pingüina se declaraba independiente y sin militancia, su acercamiento a la derecha no pasó inadvertido entre sus excompañeros. Mellado, sin embargo, rechaza la idea de haberse “dado vuelta la chaqueta”. “Yo en realidad siempre he tenido posición de centro derecha, la he manifestado públicamente desde joven”.
Hoy mira a los estudiantes actuales de manera más crítica: más radicalizados, dice, y más alejados de la lucha original por la educación. “Se perdió el espíritu, porque nuevamente se polarizan. A lo mejor nunca más se va a volver a dar un movimiento estudiantil como el de nosotros, porque los que han seguido han sido movimientos ligados a sectores radicales, ni siquiera de partidos políticos, más a nivel del anarquismo”.
Sobre la violencia escolar, su reflexión tiene algo de nostalgia: “Se me hace imposible no recordar que ir al colegio era tu lugar seguro. Para muchos niños era más seguro que su casa. Hace veinte años era un refugio para estudiantes que en sus casas vivían violencia intrafamiliar; por eso se decía que el colegio era la segunda casa. Es muy triste lo que pasa actualmente”.
Maximiliano Mellado, periodista: "A lo mejor nunca más se va a volver a dar un movimiento estudiantil como el de nosotros".
María Jesús Sanhueza, sinóloga: "Yo no fui nunca parte de un partido. Era parte de un movimiento social que tenía su propia articulación".
AL OTRO LADO DEL MUNDO
María Jesús Sanhueza es la única que vive fuera de Chile.
Hace veinte años era la “Joshu”. Creció en Pedro Aguirre Cerda junto a su madre, y dice haber sido fuertemente influenciada por un “papá no biológico” de origen mapuche.
Pese a que la prensa siempre la presentó como militante de las Juventudes Comunistas, hoy lo niega. “No recuerdo, yo no fui nunca parte de un partido. Era parte de un movimiento social que tenía su propia articulación y que no respondía solamente a una lógica occidental de militancia política”.
“Nunca quise hacer una carrera política -sigue-. Tampoco me interesó ser parte de un sistema que critico profundamente”.
Ganó notoriedad rápido y se convirtió en una de las figuras más controvertidas del movimiento: radical, al choque, de carácter fuerte, según se decía entonces. Ella rechaza esa etiqueta. “Es una narrativa de demonización, claramente. ¿Qué significa para la prensa que esparce esa narrativa ser al choque o ser conflictiva?”.
Junto a Karina Delfino, fue una de las pocas mujeres al frente del movimiento, algo que considera clave para entender lo que se jugaba en esas asambleas. “No era solamente la violencia por contrarrestar el poder, sino que también la violencia de género. Sin nosotras no se podría haber articulado coherentemente una respuesta desde una visión feminista”.
Terminada la revolución, su situación escolar se complicó: según la prensa de la época, estuvo cerca de ser expulsada del Carmela Carvajal, repitió tercero medio por inasistencias y, en 2008, se cambió de colegio para cursar cuarto medio. Ella misma admite que guarda recuerdos vagos de ese tramo. “La verdad no me acuerdo, supongo que sí, porque mi vida no es tan convencional ni tan lineal. No recuerdo en qué año terminé cuarto medio ni en qué condiciones”.
Entró a estudiar Derecho, pero no quiso participar en política estudiantil. “Nunca me interesó la política universitaria, especialmente en Chile, porque me parecía tan diferente al movimiento secundario: tan interesada en pertenecer al poder más que en cuestionarlo”.
Antes de terminar la carrera viajó a Alemania a estudiar el idioma. Parte de su familia vivía allá. Dice que entró a la Universidad de Heidelberg, motivada por autores que leía desde niña, como Hegel y Marx. Tiempo después se radicó en Viena, Austria, donde estudió Sinología, con lo que se convirtió en experta en el mundo chino, lo que incluye su historia, lengua, literatura, filosofía, política y cultura. Cuenta que luego fundó un espacio de arte y agricultura llamado Agri-cultur, que define como “una práctica de cuidado, de producción de vida”. En 2024 vivió un tiempo en China, dice, con el objetivo de observar de primera mano el sistema social y a los líderes políticos de ese país.
Hoy se dedica por completo a lo que llama su “práctica interdisciplinaria” de creación artística, desarrollando un campo que denomina “geopolítica del espíritu”. “Una intersección muy específica, transdisciplinaria, transcultural, multilingüística, entre literatura, poesía, arte, geopolítica y filosofía. Es muy compleja para traducir a las redes sociales”.
A pesar de la distancia, sigue con un ojo puesto en Chile y en las luchas estudiantiles actuales, que ve como una continuación de la de 2006. “Los problemas esenciales no desaparecen, sino que se desplazan un poco. Pero la contradicción no se suelta hasta que se cambie el modelo”.
Tanto María José Sanhueza como el resto hablan de la Revolución Pingüina como el momento en que descubrieron que un grupo de estudiantes de colegio podía alterar la agenda de un país entero. Quizás por eso ninguno parece del todo desligado de esa historia, aunque hayan tomado caminos distintos. Ya no comparten asambleas, ni marchas, ni vocerías. Algunos apenas se ven.
“De repente nos hemos encontrado cuando se cumple un tiempo desde la revolución. Ahí nos hemos juntado con la mejor de las ondas. Es gente muy agradable”, concluye Westhoff.











