El viaje secreto de un chileno a la guerra de Ucrania
Fabián Fernández, de 21 años, se enroló en el ejército de ese país a escondidas de su familia. Según su mejor amigo, lo hizo para poder costear el tratamiento contra el cáncer de su tía. Meses después murió en un bombardeo en la región de Járkov. Su madre relata a V240 cómo se enteró de que él estaba allá y describe la angustiosa espera por saber si algún día recuperará su cuerpo.
Por Alessandra Simmons-Robles
27 de Agosto de 2026
“Mamá, te amo mucho. Reza para que vuelva con vida”.
Al teléfono, Vanessa Espinosa, 40 años, recita de memoria las últimas palabras que escuchó de su hijo Fabián Nicolás Fernández Espinosa, de 21. Recuerda incluso la hora: 1:39 de la madrugada. Y el día: 1 de julio. Fue a través de una videollamada, dice. Esa vez, Fabián se despedía antes de partir a su tercera misión en la guerra entre Ucrania y Rusia. Le dijo que debía permanecer 15 días en el frente de Járkov, donde lo habían asignado. Su unidad debía recuperar un territorio ocupado por fuerzas rusas.
Vanessa no sabía que esa sería la última vez que conversaría a su hijo.
Cinco meses antes, el 14 de febrero, Fabián había salido de su casa con otra versión de los hechos. No le contó que se iba a Ucrania. Tampoco que se había enrolado como soldado a sueldo en el ejército de ese país. Le dijo que viajaría a trabajar a Torres del Paine por unos meses. Fabián había conseguido un empleo en ese parque nacional tras egresar de cuarto medio desde el Liceo San José de Punta Arenas, y le explicó a su madre que quería volver.
A Vanessa no le pareció extraño, pero mientras supuestamente él permanecía allá, ella notó algo raro: el joven evitaba las videollamadas.
“Yo me contactaba con Fabián, pero él nunca me respondía por video. Solo hablábamos por llamadas de WhatsApp”, recuerda. “Por eso yo tenía un poco de sospecha, porque él siempre dijo que iba a estar algún día en una guerra”.
Pero a Vanessa nunca se le cruzó por la cabeza que lo iba a hacer. Hoy cree que aprovechó de organizar el viaje durante un período en que él permaneció solo en Punta Arenas. “Mi hermana tuvo que venir a Santiago por un tratamiento contra el cáncer. Yo me quedé unos días sola y, en ese tiempo, él debe haber hecho todos los trámites: sacó el pasaporte y seguramente se contactó con la gente que lo reclutó. Creo que esto lo hizo muy rápido”, dice Vanessa. “Él realizó los trámites vía WhatsApp y luego le mandaron los pasajes para que se vaya desde Buenos Aires hacia Turquía”.
Cuando se enteró de que estaba en Ucrania, dice que le preguntó muchas veces por qué. Pero su hijo nunca le explicó las razones que tuvo para ir. Sin embargo, sí le contó a Rodrigo Gajardo, uno de sus amigos más cercanos y excompañero de colegio.
“El motivo que me dio fue su tía. Ella era como una segunda madre para Fabián, porque vivía con ella y con su primo. Cuando le diagnosticaron cáncer, él sintió que no tenían los recursos para costear el tratamiento”.
El reclutamiento de voluntarios para combatir en la guerra de Ucrania se realiza especialmente por internet. Existen sitios web de centros de reclutamiento donde las personas pueden postular para ser parte del Ejército y recibir distintos niveles de remuneración, dependiendo del grado de combate en el que participen.
Según el sitio web del Centro de Reclutamiento de las Fuerzas de Defensa de Ucrania, el sueldo base para los voluntarios ronda los 435 dólares mensuales. Sin embargo, el sueldo aumenta según el nivel de combate. Por ejemplo, para las operaciones de baja intensidad, se le suma al sueldo alrededor de 435 dólares diarios, mientras que para las operaciones de asalto, se ofrecen unos 870 dólares diarios.
Vanessa solo se enteró dónde estaba realmente su hijo varios meses después de su viaje. Fue el 27 de abril, justo el día en que Fabián cumplía 21 años. Ese día ella recibió la videollamada en su casa, acompañada de su hermana.
-Tengo una sorpresa -le dijo Fabián.
Cuando la imagen apareció en la pantalla, Vanessa quedó paralizada. “Estaba vestido con uniforme militar. Yo le dije: ‘Pensé que estabas en Chile’. Ahí vi la bandera de Ucrania en el uniforme (…). No tuve palabras. Solamente le pregunté ‘¿por qué nos hiciste esto?, ¿por qué te fuiste?, eso es irte al infierno’”.
Fabián intentó calmarla.
-Estoy bien. Estoy haciendo lo que me gusta. Ya he sobrevivido. Me van a pagar una buena plata.
Vanessa no estaba tranquila en absoluto. “Desde ahí empezó mi muerte en vida, la verdad, porque no hubo ni un día más en el que yo tuviera tranquilidad”.
Su hijo le contó que ya había ido a dos misiones. La primera duró siete días, y la segunda, 10. “Iban a recuperar territorio ucraniano que estaba tomado por los rusos. De ambas misiones, él salió exitoso”, dice Vanessa.
Pero esa no era toda la verdad. “Después yo hablé con su mejor amigo y me dijo, ‘señora, él no fue solamente a tres misiones. Fue como a diez’”.
Las misiones lo estaban endureciendo. “Cada vez era más intenso. Y cada vez quería ir más a misiones. Siempre me decía, ‘no mamá, a los rusos hay que eliminarlos, hay gente muy mala, si tú supieras todo lo que he visto’”.
Después de completar su segunda misión, resultó herido, aunque no de gravedad. Esa vez volvió a comunicarse con ella. “Estaba muy contento, porque dijo que los ucranianos se querían quedar con él, que era el único latino al que iban a llevar a su lado”, dice Vanessa. “La segunda vez que fue, habló con mi hermana y le dijo: ‘Le vi la cara a la muerte’”. También le contó que lo ascenderían y que quería regresar a Chile para celebrar con su familia”.
-Mamá, en octubre voy a regresar. Pero con una condición: que no me retengas el pasaporte.
Vanessa no le dijo nada, pero tenía otra idea. “Por supuesto que no lo iba a dejar volver”.
La última llamada llegó el 1 de julio.
Cinco días después, el Ejército ucraniano contactó al padre de Fabián para informarle que el joven había desaparecido y que estaba herido. A la mañana siguiente, Vanessa recibió otra llamada. Ella recuerda que era un hombre que se presentó como amigo de su hijo que había sobrevivido al ataque.
-No es justo que usted no sepa. Fabián falleció.
Después de que terminó la llamada, Vanessa estaba desconsolada. “Solamente grité hasta no dar más. Me tiré al piso y no sabía qué hacer, no lo podía creer”.
"Mamá, en octubre voy a regresar. Pero con una condición: que no me retengas el pasaporte", le contó Fabián a su madre en una videollamada. Ella no le contestó nada. “Por supuesto que no lo iba a dejar volver”, dice hoy.
Fabián Fernández nació el 27 de abril de 2005, y era hijo único. Creció en Punta Arenas. Estudió primero en el Colegio Francés y luego en el Liceo San José de esa ciudad. Su madre relata que desde pequeño quiso hacer carrera en las Fuerzas Armadas. Por eso, al terminar la enseñanza media, ingresó a la Escuela de Grumetes.
“Desde chico quería ser carabinero. Siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás. Era muy cariñoso, muy bondadoso”, dice Vanessa. “Era un niño muy alegre, muy servicial, siempre fue así desde pequeño. A quien podía, lo ayudaba, tenía un corazón inmenso”.
Su padre es un carabinero en retiro y ha evitado hablar públicamente sobre la muerte de su hijo. “Él fue oficial mayor, que es el grado máximo de su escalafón”, dice Vanessa. “Un hombre de bien también, por lo mismo tuvimos un hijo que nos salió de esa manera”. Actualmente, ambos están separados. Él vive en Osorno, mientras que Vanessa se trasladó a Temuco.
Fabián consiguió ingresar a la Armada como grumete infante de Marina. Sin embargo, la experiencia terminó antes de lo que esperaba. “Ahí sufrió bullying por parte de sus compañeros. En octubre de 2025 decidió retirarse. Decía que al año siguiente iba a volver a postular”.
Su interés por la vida militar venía de mucho antes. En febrero de 2022, cuando comenzó la invasión rusa a Ucrania, la familia estaba de vacaciones en Viña del Mar. Mientras veían las noticias del ataque de Rusia, Fabián lanzó un comentario que su madre nunca olvidó.
-Mamá, algún día voy a estar en esa guerra.
Rodrigo Gajardo, hoy estudiante de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Magallanes, conoció a Fabián en el colegio y lo considera su mejor amigo. “Era muy optimista. Le gustaba conversar, dar su opinión y escuchar a los demás. A veces no hacía mucho caso a sus propios sentimientos, pero siempre estaba disponible para los otros”.
Su deseo de servir no se limitaba a la carrera militar. “Él tenía muy fuerte esa idea de servir y proteger. Cuando veía que algo estaba mal, sentía que había que hacer algo para cambiarlo”, explica Vanessa.
Francisco Eduardo Fuentes Manqui, de 21 años, lo conoció tres años antes de su muerte. Coincide en esa imagen. “Siempre estaba preocupado por los demás. Trataba de estar atento a todo y se preocupaba mucho por su gente. Siempre nos sacaba una sonrisa”.
Los dos amigos recuerdan que esa preocupación también aparecía en otros gestos. A Fabián le gustaba ganar su propio dinero. En el colegio vendía dulces durante los recreos. Rodrigo terminó imitándolo.
“Empecé a vender dulces por él. Un día me fue mal y no tenía plata para comprar más. Llevábamos poco tiempo siendo amigos, pero él me compró los dulces y, además, me pasó dinero para que pudiera seguir vendiendo. Fue un gesto que nunca olvidé”.
Francisco Fuentes también conserva una deuda con él. “Yo tuve problemas con las drogas y él me impulsó a salir de eso. Siempre voy a agradecer lo que hizo por mí”.
Cuando comenzó la invasión rusa a Ucrania, la familia estaba de vacaciones en Viña del Mar. Mientras veían las noticias, Fabián lanzó un comentario que su madre nunca olvidó. "Mamá, algún día voy a estar en esa guerra".
La guerra a la que Fabián decidió unirse comenzó el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia lanzó una invasión a gran escala contra Ucrania. Desde entonces, el conflicto ha dejado alrededor de 1,4 millones de bajas, entre muertos y heridos, según estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).
Aunque no existen cifras oficiales, se habla de decenas de chilenos que se han unido al ejército ucraniano, en su mayoría exmiembros de las Fuerzas Armadas y de Carabineros. “El interés de los chilenos en unirse a las Fuerzas Armadas de Ucrania se ha multiplicado a más del doble en los últimos tres meses”, señaló a La Tercera Oleksii Bezhevets, comisionado de reclutamiento del Ministerio de Defensa de Ucrania, en una entrevista de julio de 2025.
Fabián no es el único chileno abatido en el frente. En enero del año pasado se reportó la muerte de Bryan Jara, de 28 años, durante un ataque en la región rusa de Kursk. “Mi experiencia en el Ejército fue fundamental para venir, porque me sentía preparado mental y físicamente para poder prestar mi servicio. Cuando veía en las noticias a un niño corriendo por un atentado que hacían aquí, pensaba que los niños deberían ser libres, disfrutar y vivir en un país sin terror. Entonces me dije: ‘Voy a ir a ayudar a Ucrania”, dijo Jara a La Tercera, en septiembre de 2024.
Tres años después del inicio de la invasión, Fabián encabezaba una misión en la primera línea del frente, en la región de Járkov, uno de los sectores donde Rusia ha concentrado parte de sus ataques durante los últimos meses.
La ciudad vive bajo bombardeos constantes. “Cada día está peor la situación allá. Y todos los días mueren más de 60 personas”, dice Vanessa. “Del grupo de Fabián, salieron 20 a misión ese día y volvieron solamente dos con vida”.
El 28 de julio, un ataque con misiles dejó un muerto y 14 heridos, según el medio independiente ucraniano Gwara Media. Al día siguiente, otro bombardeo provocó 11 personas lesionadas. El 4 de agosto, la Agencia Nacional de Noticias de Ucrania informó un nuevo ataque que dejó una persona fallecida y siete heridas.
En una de las llamadas que alcanzó a hacerle a su madre, Fabián intentó describir lo que estaba viendo.
-Mamá, tú no sabes cuánto está sufriendo la gente acá, cómo son de malos los rusos. No sabes cuánta gente muerta he visto. Mujeres y niños. Yo siempre voy a pelear, aunque no sea mi país. Es mi vocación.
“Lo único que quiero hoy es poder recuperar el cuerpo de mi hijo o lo que quedó de él, porque lo mató una bomba. Eso es lo único que me importa en este minuto. No quiero que su cuerpo quede botado en un país que no era el suyo”, dice Vanessa.
La recuperación de soldados caídos en la primera línea del frente suele ser un proceso largo. Dependiendo de las condiciones de combate, la búsqueda puede tardar meses e incluso años.
Vanessa afirma que las autoridades militares ucranianas le pidieron paciencia. “Me dijeron que tenía que esperar 21 días para que comenzaran a buscarlo”.
Según el cronograma que recibió la familia, la búsqueda del cuerpo de Fabián se inició el 26 de julio. La tarea está a cargo de unidades especiales integradas por militares y voluntarios ucranianos que ingresan a zonas todavía expuestas al combate para localizar y evacuar los cuerpos. Una de ellas es la unidad militar J9, dependiente del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Solo después de recuperar los restos puede iniciarse el proceso de identificación.
No será fácil. A comienzos de julio, el Cuartel General de Coordinación para el Trato de los Prisioneros de Guerra informó la repatriación de 501 cuerpos desde Rusia, una cifra que refleja la magnitud del trabajo pendiente.
A esa dificultad se suma otra: cientos de soldados permanecen sin identificar. Un reciente reportaje publicado por el Austin American-Statesman, uno de los diarios más importantes del estado de Texas, describe que los primeros combatientes no identificados comenzaron a ser sepultados en agosto de 2022. Más de 300 descansan hoy bajo cruces sin nombre, mientras continúan excavando nuevas tumbas.
“Cuando termine la guerra seguiremos teniendo una enorme cantidad de trabajo”, dijo al diario el médico forense ucraniano Maksym Paziura. “La identificación es un proceso largo y complejo y no terminará cuando cesen los combates”.
Mientras ese trabajo continúa, el cuerpo de Fabián sigue desaparecido en la primera línea del frente, en la región de Járkov. “No hay ninguna novedad”, dice Vanessa. “Solamente me puedo comunicar cada tanto con el ejército de Ucrania”.
El 9 de julio, familiares, amigos, profesores y vecinos asistieron a una misa en memoria de Fabián en el Santuario María Auxiliadora de Punta Arenas. “Fue muy hermosa. Muchísima gente me ha escrito para decirme que puedo quedarme tranquila, que mi hijo se fue como un héroe”, afirma Vanessa. “Lo que más extraño de tenerlo es que me agarraba fuerte, me apretaba y me daba unos besos en la frente, porque él era mucho más alto que yo, y me abrazaba fuerte y decía ¡Ay, vieja, te amo tanto!”.
Ella queda en silencio por largo rato. Y luego sigue:
“No voy a dejar de contar la historia de mi hijo. Voy a seguir, porque quizás esa sea la única forma de que no se olviden de él”.
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