Arturo Duclos, artista visual: “Todos los ministros de Cultura han sido débiles”
Desde que comenzó su carrera en plena dictadura, Duclos sigue observando con atención la relación entre arte y política. En esta entrevista con V240, habla del arte bajo el gobierno de José Antonio Kast y de los recortes presupuestarios en cultura. Tras lanzar su libro “La belleza y la furia”, reflexiona sobre sus cuatro décadas de trabajo y del papel que debería cumplir el arte en una democracia.
Por Alessandra Simmons-Robles
10 de Julio de 2026
El departamento de Arturo Duclos está al lado del Museo Nacional de Bellas Artes y el living parece una extensión de una sala de arte. Las paredes están cubiertas por obras de distintos períodos de su carrera y, en la entrada, destaca una escultura de una de sus exposiciones: es una lámpara con forma de calavera. Él mismo la enciende para demostrar que funciona.
A sus 67 años, Duclos es una de las figuras más influyentes de las artes visuales chilenas. Comenzó a exponer durante la dictadura y fue uno de los integrantes más jóvenes de la llamada Escena de Avanzada. Desde entonces ha desarrollado una obra marcada por el uso de símbolos, referencias históricas y una reflexión constante sobre el poder, la religión y la política.
“Yo creo que la dictadura fue una época bastante fructífera, a pesar de todo lo que se piensa. Creo que ahí surgieron los movimientos más importantes de la historia del arte chileno… Todos los artistas de la época no estábamos a favor de la dictadura, pero teníamos que inventar un lenguaje que fuera más pensado, más críptico. Porque si no, te llevaban preso o te tenías que ir del país. Lo que yo desarrollé fue un arte que escondía muchos de los significados”, dice
Hace casi un año cerró “La belleza y la furia”, una gran retrospectiva en el Centro Cultural Matucana 100 que reunió sus más de cuatro décadas de trabajo. La muestra dio origen a un libro del mismo nombre, el cual lanzó con el propósito de que quedara un registro permanente de esa exposición y de las ideas que han atravesado su trayectoria.
-Su exposición “Una vida”, presentada en 2024 en Casas de Lo Matta, fue criticada por de ser “octubrista” y algunos políticos republicanos incluso pidieron clausurarla. A la distancia, ¿cómo interpreta esa polémica?
-La polémica no estuvo realmente en la obra, sino en la lectura que algunos hicieron de ella. La exposición se presentó en Vitacura, un lugar donde existe una sensibilidad política muy marcada y bastante reaccionaria. Un diputado que aparecía mencionado en una de las obras fue a conversar con concejales y terminó instalándose la idea de que era inaceptable que se destinarán recursos públicos a una muestra como esa.
A mí me pueden decir comunista, octubrista o cualquier otra cosa, pero el arte no se trata solamente de cómo te reducen. El problema no es cómo me califican, sino la intolerancia que hay detrás de esas reacciones. Cuando una obra provoca ese tipo de respuestas es porque toca algo que incomoda. Hoy el conservadurismo se expresa de muchas maneras, también a través de intentos por restringir el lenguaje y las formas de expresión.
-En los últimos meses también ha habido exposiciones cuestionadas, modificadas o suspendidas por razones políticas o presupuestarias. ¿Qué opinión tiene de eso?
-Creo que, en cierto sentido, es algo esperable. Lo paradójico es que siempre resulta contraproducente. Mientras más se intenta reprimir una expresión artística, más imágenes aparecen y más difícil se vuelve controlarlas.
El arte siempre encuentra otras formas de manifestarse. Por eso pienso que estas situaciones deberían enfrentarse con mucho más sentido del humor. El humor descomprime los conflictos y permite entender mejor aquello que incomoda.
-¿Y qué ocurre cuando esa presión recae sobre su propio trabajo?
-Ya me ha pasado. Ocurrió en 2024 durante el gobierno de Gabriel Boric, pero también en 1994, durante el gobierno de Patricio Aylwin. Es decir, no depende de un sector político específico. Los políticos suelen ser muy sensibles respecto de su imagen. La diferencia es que hoy resulta prácticamente imposible controlar cómo circulan las críticas. Las redes sociales y los movimientos ciudadanos terminaron cambiando completamente ese escenario.
"La belleza y la furia"
-El ajuste presupuestario al Ministerio de las Culturas generó una fuerte reacción del mundo artístico. ¿Cómo evalúa estos recortes?
-Ningún recorte en cultura es una buena noticia. Dicho eso, también creo que parte de la discusión se ha dado sobre información incompleta. Por lo que entiendo, el ajuste no afectó el corazón del sistema, que son los fondos concursables, ni el financiamiento de organizaciones culturales. Eso no significa que los recortes sean positivos, pero sí que hay que analizarlos dentro de una realidad presupuestaria más amplia.
Aquí hay una responsabilidad compartida. No depende solamente del ministerio actual, sino también de cómo se planificó el presupuesto, de las administraciones anteriores y del Congreso que lo aprobó. A mi juicio, el principal problema de la cultura en Chile no es únicamente la falta de recursos. Es la falta de un plan.
-¿Qué tipo de plan echa de menos?
-Chile nunca ha tenido una política sólida de posicionamiento cultural en el extranjero. En el cine eso ha funcionado bastante bien, pero en las artes visuales, el teatro o la música todavía falta una estrategia de largo plazo. Tenemos artistas muy buenos, pero no existe un programa que permita proyectarlos internacionalmente, tanto en el mercado cultural como en el circuito artístico. Ese debería ser uno de los principales objetivos del ministerio.
-¿Cree que a José Antonio Kast le interesan la cultura y las artes?
-Me gustaría pensar que sí, pero las señales que veo apuntan a otra cosa. Tengo la impresión de que, desde una lógica productiva, las artes son vistas como algo que no sirve, porque no generan una rentabilidad inmediata. Sin embargo, producen otro tipo de riqueza, una riqueza cultural que sostiene la identidad de un país. La fortaleza de una nación no depende solo de lo que exporta materialmente, sino también de su capacidad para exportar talento, creatividad y pensamiento.
"A mí me pueden decir comunista, octubrista o cualquier otra cosa, pero el arte no se trata solamente de cómo te reducen", dice Duclos. (Foto: Jorge Brantmayer)
-¿Cómo evalúa la gestión cultural del gobierno de Gabriel Boric y en qué se diferencia de la actual?
-Creo que hay un problema que atraviesa prácticamente todos los gobiernos. Los ministros de Cultura han sido, en general, ministros débiles. Independientemente de quién gobierne, el cargo necesita una voz propia y la capacidad de defender la cultura incluso frente al Presidente de turno. Eso ha sido muy difícil de encontrar.
En el gobierno de Boric hubo varias etapas. Julieta Brodsky llegó con ideas claras y un buen conocimiento técnico, pero era muy joven y enfrentó un ministerio complejo. Además, muchas de sus propuestas estaban alejadas del sector de la cultura en las bases.
Después vino Jaime de Aguirre. Tenía experiencia política, manejo comunicacional y las condiciones para ejercer un liderazgo más fuerte. Creo que podría haber sido un buen ministro, pero prefirió no entrar en un desgaste permanente con el gobierno y terminó dejando el cargo antes de tiempo.
Carolina Arredondo también hizo un buen trabajo, pero le faltó peso político. No logró instalar una relación sólida con el Congreso, que finalmente es donde muchas veces se juegan las decisiones importantes para el sector.
-¿Y cómo evalúa al actual ministro, Francisco Undurraga?
-Creo que una de sus principales fortalezas es, justamente, el manejo político. Tiene capacidad para dialogar, para construir relaciones y para moverse dentro del Congreso, y eso no es menor. Ahora bien, esa fortaleza también debería ir acompañada de una voz propia frente al Ejecutivo. Un ministro de Cultura necesita ser capaz de defender una visión para el sector, incluso cuando eso implique discrepar con el gobierno. Esa ha sido una carencia histórica del ministerio y no es un problema exclusivo de él.
Más allá de las diferencias políticas, creo que también hay que reconocer las cosas que funcionan. En este caso, ese manejo político es un activo importante. Lo que falta es transformarlo en un liderazgo capaz de impulsar una política cultural de largo plazo.
"Un ministro de Cultura necesita ser capaz de defender una visión para el sector, incluso cuando eso implique discrepar con el gobierno". (Foto: Jorge Brantmayer)
-¿Ve al mundo de las artes visuales organizado para enfrentar decisiones que afecten al sector?
-No lo suficiente. Existen organizaciones muy activas en distintas áreas de la cultura, pero en las artes visuales todavía cuesta mucho construir un trabajo colectivo. Muchos artistas siguen viendo estas instancias con desconfianza. Piensan que son una pérdida de tiempo o que siempre terminan beneficiando a los mismos. Esa percepción dificulta cualquier organización. A mi juicio, todavía no entendemos del todo el valor del trabajo colectivo.
-Si quisiera expresar una crítica al actual escenario político mediante una acción artística, ¿qué haría?
-Hoy no haría una intervención política directa. Lo haría, como siempre, a través de una obra. Si alguna vez hiciera una acción, probablemente sería algo en la calle, sin permisos y con un carácter más clandestino. Pero, en realidad, mi crítica no apunta a un gobierno en particular.
Lo que me preocupa es el sistema en el que vivimos. Si uno evalúa distintos gobiernos, encuentra problemas bastante parecidos. El verdadero conflicto está en una lógica donde predominan las reglas del mercado por sobre las necesidades de la sociedad.
-Desde sus primeras obras, a mediados de los años 80, el simbolismo ha ocupado un lugar central en su trabajo. ¿De dónde nace ese interés?
-En esa época estudié intensamente las creencias y las culturas antiguas. Me interesaba entender cómo ciertos símbolos atravesaban la historia y seguían teniendo sentido siglos después. Uno de los descubrimientos que más me marcó fue la alquimia. Empecé a leer los textos de los alquimistas medievales y del Renacimiento, y entendí que muchos de ellos ocultaban sus verdaderos conocimientos porque la Iglesia perseguía cualquier pensamiento considerado herético. Si expresaban ciertas ideas de manera directa, podían ser torturados o incluso ejecutados.
Ese lenguaje cifrado me pareció fascinante. Descubrí que la alquimia no hablaba solamente de transformar metales en oro, sino también de una transformación espiritual. Ahí encontré un sistema simbólico muy poderoso. Me ha servido como una especie de sistema de concepción del mundo.
Con el tiempo empecé a apropiarme de esos códigos, reinterpretándolos y cambiando sus significados. Ese universo simbólico terminó convirtiéndose en una forma de pensar mi obra y también de mirar la historia. Me permite incorporar referencias políticas, religiosas, culturales e históricas sin renunciar a la ambigüedad propia del arte.
-Acaba de publicar “La belleza y la furia”, un libro que nace de su última exposición. ¿Por qué le interesaba llevar ese proyecto al papel?
-Porque las exposiciones son, por naturaleza, efímeras. Permanecen abiertas un par de meses y luego desaparecen. Los libros, en cambio, permanecen. Funcionan como un registro de lo que ocurrió, pero también como una obra en sí misma. De alguna manera cumplen el mismo papel que un disco respecto de un concierto: permiten que esa experiencia continúe existiendo cuando la exhibición ya terminó.
-¿Qué espera que encuentre el lector en ese libro?
-Me gustaría que quienes no alcanzaron a visitar la exposición puedan recorrerla a través de sus páginas. Las imágenes y los textos ayudan a comprender mucho mejor el espíritu del proyecto y las ideas que lo sostienen. En ese sentido, el libro no es un catálogo. Es una prolongación de la exposición. Por eso lleva el mismo nombre.
"El principal problema de la cultura en Chile no es únicamente la falta de recursos. Es la falta de un plan". En la foto, el libro que reúne su trayectoria artística.
-Después de más de cuatro décadas de trayectoria, ¿qué consejo les daría a los artistas jóvenes que quieren intervenir en el debate público a través de su obra?
-Lo primero es ser consecuentes con lo que hacen y disfrutar ese camino. Hoy veo menos jóvenes con ese impulso que antes, pero quienes realmente lo tienen deben cuidar esa convicción. No creo que una obra cambie el mundo de un día para otro. Lo que sí puede hacer es transformar la manera en que algunas personas miran la realidad. Y cuando tú logras cambiar las mentes de algunas personas, empieza a cambiar el mundo”.


















