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De camarera a célebre escritora: El largo camino de Paulina Flores
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De camarera a célebre escritora: El largo camino de Paulina Flores

Lideró el paro en su colegio privado, fue profesora en un liceo 2×1 y trabajó de mesera para financiar sus estudios. Este año estrenó su primera novela y ya es tendencia en vitrinas nacionales. Así es la historia de la joven que no olvidó su pasado para llegar al éxito. Más bien, escribe sobre él.

Por Olga Rose Rojas

6 Septiembre 2021

2018, viernes en la noche. Jorge Núñez y Claudia Apablaza, editores de Los Libros de la Mujer Rota, preparan el departamento para recibir a sus invitados. No es ningún evento importante, pero personas relevantes del mundo literario tocan su puerta. Una delgada silueta, de vestido blanco y cabello platinado, roba las miradas en el comedor. Es Paulina Flores, quien hace poco había vuelto de México. La joven no es ninguna actriz de Hollywood, pero vive como una celebridad. En ese entonces, su libro Qué vergüenza había alcanzado fama internacional, lo que le permitió viajar a distintos encuentros literarios en Latinoamérica. Su rostro estaba en las portadas de revistas y televisión. Con todo esto, algunos podrían pensar que Paulina nació en una cuna de famosos artistas, pero no fue así.

Paulina, como sencillamente le dicen sus amigos, vive hace siete meses en España. Firmó con la editorial europea Seix Barral para escribir su primera novela, “Isla Decepción”. Se matriculó en un magister de creación literaria y consiguió un departamento. Hace unos meses, la revista británica Granta la nombró como una de las mejores narradoras jóvenes de habla hispana. 

Sin embargo, más de diez mil kilómetros la separan de su ciudad natal. Nació en Conchalí a finales de 1988. Estudió en la Academia de Humanidades de Recoleta. Trabajó y se mudó a Santiago Centro. No creció en un ambiente enriquecido de librerías ni de elegantes museos. De hecho, recién conoció el arte de las letras cuando comenzó la carrera de Literatura en la Universidad de Chile. Aun así, Paulina nació con la pluma bajo el brazo. 

 

La tierra

Tenía el pelo café, pero se lo tiñó rubia. Era septiembre, pero ni ahí con las fondas. Ese día, Paulina se vistió de blanco. Invitó a sus amigos y familia a su departamento. Hace sólo unas horas había lanzado su primer libro Qué vergüenza. Ese 2015, la pálida joven de dulces ojos verdes publicó en Instagram que se había casado con la literatura. Cuando su familia, vestida de elegantes atuendos, entró al departamento, los amigos estaban sentados en el piso. “Ahí se notó que somos pobres, porque nos arreglamos bien”, le dijo su mamá a Paulina, quien relató el hecho al periódico La Segunda.

Sin embargo, el origen de Paulina no es ninguna vergüenza. En su libro, un conjunto de nueve cuentos, escribió sobre los blocks de Ñuñoa, las calles de Independencia y el trabajo en locales de comida rápida. La joven no olvidó sus raíces, más bien, las esparció al mundo. 

 

*********

 

Nació en Conchalí, al norte de Santiago. Asistió a un colegio en Recoleta junto a su hermana menor. De una comuna a otra, las calles no variaban mucho: sobrepobladas, grisáceas y con uno que otro árbol en las veredas. Su colegio, privado y católico, ostentaba una prominente escultura religiosa en el amplio patio de cemento.

El 2006, empezó la revolución pingüina. 

“La Paulina era media rebelde, con influencias punk –comenta Diego Urbina, ex compañero de colegio– Era tímida, pero con personalidad de líder (…) Estaba cursando tercero o cuarto medio cuando dirigió el centro de alumnos”.

Generó instancias de diálogo. Gestionó el paro. Paulina y sus compañeros movilizaron al colegio privado. Conoció de cerca el sufrimiento de una juventud desgarrada por la injusticia social. Así formó su crítica postura. “A nosotros no nos molestaba vivir en un lugar que la gente considerara feo, todo lo contrario. Al menos yo me sentía extrañamente orgulloso”, dice en Extracto de Talcahuano, cuento del libro Qué vergüenza.

 

La semilla

Paulina pasaba el día en clases. Conocidos recuerdan que, en la tarde, trabajaba de camarera en un local gringo. Después, en una librería de un centro comercial. Entró becada a estudiar Literatura, pero se la tuvo que costear. Dejó la vida de barrio y se mudó a las ruidosas calles de Santiago Centro.

“Yo no sabía escribir cuando empecé a escribir. No fui la niña que a los 7 años escribía poesía, en mi casa no leían tantos libros, no era una familia intelectual ni nada”, comenta Paulina Flores en una entrevista a MQLTV.

Su pareja en esos años, Manuel Vargas, considera que ella no es como esas personas que se dedican a algo y lo siguen para toda su vida. Más bien, “descubrió su talento en la misma universidad”, comenta el estudiante de posgrado en Filosofía. “Ella es inteligente, capaz y ambiciosa”.

 

El quiebre

Comenzó a sufrir de crisis de pánico y a tomar pastillas para dormir, de acuerdo al periódico HoyxHoy. Cuando empezó a escribir su libro Qué vergüenza, años después de titularse, se exigió. Comenzó a hacer clases en un colegio 2×1 para conocer la realidad de jóvenes marginados, por lo que dividía su tiempo entre escribir y trabajar.

Diego Urbina, quien entonces se convirtió en su mejor amigo, lo sabe: “Escribir es su trabajo de oficina. Se levanta de lunes a viernes –comenta el fotógrafo que ha retratado a personas en Chile y Nueva York – Sufre escribiendo (…) si no puede terminar un párrafo o escena, se frustra y no sale a carretear”.

Paulina confiaba en su trabajo, pero sufría de inseguridades. Conocidos recuerdan que antes de lanzar su libro, algunos amigos, como Cristián Puppo, vendedor en la librería Catalonia, debían incentivarla. Y así fue. El 2014 presentó el libro a la editorial Hueders, pero lo rechazaron.

Al principio fue un golpe muy duro”, comentó Paulina al programa televisivo El Interruptor de Vía X, un año después de lanzar Qué vergüenza. En la entrevista, Paulina sonreía y lucía un espléndido cabello rubio. Entre largas conversaciones, recordó ese triste momento. “En ese entonces yo tomaba somníferos” le comentó a José Miguel Villouta, conductor del espacio. “Me desperté a las cinco de la mañana y me senté en el living a llorar. Llegó mi mamá y me abrazó. ‘Lo he dado todo por esto. Lo perdí todo’, le dije”.

“¿Y cómo lograste que la persona que te rechazó volviera a poner atención en algo que no le gustó”, le preguntó Villouta. Ese año me gané el Premio Roberto Bolaño por el cuento Qué vergüenza. Ahí tuve atención. Quizás, respeto. Eso les da seguridad a las editoriales”, confesó Paulina. 

 

Las raíces

Después de tristes noches, lo logró. En septiembre del 2015 lanzó el libro bajo la editorial Hueders, quienes en primera instancia lo habían rechazado. Gracias a él, obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago. Qué vergüenza fue vendido en múltiples librerías en Chile. Traducido y promocionado en Estados Unidos. “Ella siempre tuvo intenciones de masividad (…) no de ser famosa, pero sí de ser alguien en el mundo literario”, recuerda Manuel Vargas.

Carolina Brown, también egresada de Literatura en la U. de Chile y autora de Rudas, cree que el éxito de Paulina se debe a que fue precursora de una “cosa social” que latía en el país: “Antes, la literatura chilena era muy burguesa. Paulina vino a representar a esta clase media emergente que no tenía cabida en la literatura, (ellos) formaban parte del núcleo urbano, tenían vidas interesantes, pasiones, conflictos y secretos”.

El conjunto de cuentos retrata la vida de niños, jóvenes, mujeres y hombres. En comunas como Conchalí, Maipú, Independencia y Recoleta. Habla de sufrimiento y precariedad. Las 304 hojas de papel hablan sobre las raíces de Paulina. Gracias a ellas, la tímida joven comenzó a viajar a otros países, a asistir a entrevistas y a ser portada de revistas y programas de televisión. 

 

Flores

Paulina firmó con la editorial Seix Barral. Se tatuó una rosa en la mano izquierda. Su amigo, Vicente Gutiérrez, la conoció esa noche en que ella lucía el cabello platinado y un vestido blanco. La noche en que robó miradas en el comedor. Un viernes del 2018. “La encontré preciosa –dice el ex candidato a concejal por Ñuñoa– En ese entonces viajó bastante porque su libro era muy exitoso. Fue muchas veces a ferias en otros países. Es una gran lectora. País al que iba, país en el que compraba libros.

La escritora ya había alcanzado el éxito, pero quería seguir empapándose de su entorno. No se conformó. Una noche, le nació la curiosidad por las condiciones laborales en la industria pesquera. “Se embaló”, según comentó al diario La Tercera. Sacó pasajes para ir a Punta Arenas y así conocer in situ la realidad de los pescadores. “Nunca había viajado a esa ciudad”, explicó al medio.

“Es que la Paulina es súper matea”, afirma su amigo Diego Urbina, quien la acompañó en las noches de desvelo. “Si el personaje va al campo y ve un pájaro, ella investiga sobre ellos”. Una idea que refuerza la editorial Hueders al momento de reseñarla: “Paulina Flores acompaña a sus personajes desde un rincón, y los mira mil veces, con una intensidad extrema. Pero no los agota, no los clasifica, porque los quiere vivos, los necesita vivos”.

Su novela no fue la excepción. Después de su viaje a Punta Arenas, visitó Busan, la capital de Corea del Sur. Así comenzó a crear lo que es su primera novela, Isla Decepción, en medio de la pobreza y las malas condiciones sociales del país asiático. 

 

La primavera

“Son demasiadas las emociones,
Me desbordan,
Un montón de noches tristes,
Y todas esas tardes observando la luna
O imaginando el mar”

Fue lo que escribió Paulina en Instagram un 29 de abril, día en que lanzó Isla Decepción. Ya han pasado cuatro meses desde esa vez y nueve desde que vive en España. Se fue en busca de nuevos conocimientos. 

El crítico literario, Carlos Labbé, está sorprendido. No la conoce, pero leyó su primer libro. “Me hablaron de una escritora a la que había que ponerle atención”, comenta mientras camina por las calles de Nueva York. “Me parece admirable su apuesta por una novela”. Según el autor de La parvá, “ella saltó y dejó el nicho de la joven cuentista (…) fue a pelear a los autores novelísticos”. Pero también añade que, en su primer libro, Qué vergüenza, “falta una voz autoral única (…) es importante que solidifique una propuesta de ella y de nadie más”.

Hoy tiene 32 años. Volvió a tener el pelo café. Ingresó al Magíster de Creación Literaria en la Universidad Pompeu Fabra, ubicada en Barcelona. Se consiguió un departamento junto a unas amigas. De vez en cuando, realiza talleres de escritura. Gracias a su novela, este año el nombre de Paulina Flores tomó una nueva vida. 

Sin embargo, ella no olvida su pasado. No piensa hacerlo. Aún extraña las calles grisáceas entre los iluminados senderos europeos. Esas noches en el Parque Forestal mientras camina por el Mercat de San Antoni. Allá es primavera. “Yo creo que extraña a sus amigos”, dice Vicente.

 

*********

 

Tres años atrás, una tarde del 2018, el programa Ojo en Tinta visitó su departamento en Santiago Centro. La escritora vestía una chaqueta verde musgo y un jockey negro con letras asiáticas. Hacía frío. Era otoño. Entre las blancas paredes, bajo una cálida luz, conversaron de Qué vergüenza frente a la cámara. “Se habló harto de cómo insertaste a personajes de niños y de cómo, desde la adultez, se miraba a la infancia”, le comenta el periodista Patricio Contreras, terminando con la siguiente pregunta: “¿Qué provecho literario viste en esa tensión entre lo que los personajes eran y lo que habían sido?”

“Más allá de que sean niños o no, tiene que ver con la pregunta sobre el origen –Paulina hace una pausa y lo mira a los ojos– En Chile, el pasado y el origen son un punto problemático. Muchas veces, lo que los personajes hacen es encontrar una respuesta a quienes son ellos ahora”.

Este trabajo fue realizado como parte del curso “Crónicas y Perfiles” impartido por la profesora Andrea Lagos
Foto: Bruno Córdova Manzor en Flickr

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