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Luis Romero Jeria, vivir y morir en la calle

Tres estocadas en la cabeza acabaron con la vida de Luis Romero Jeria (49) en la madrugada del 8 de noviembre de 2020, mientras dormía en una carpa en Estación Central. Adicto al neoprén desde los nueve años, Luis Romero pasó gran parte de su vida en hogares de menores y recintos penitenciarios. Fue padre de tres hijos y era vendedor ambulante. Desde pequeño, empezó a vivir en la calle, cantando en las micros y recogiendo cartones. A Diego Ruiz Restrepo, el único imputado por el crimen de Romero, se le acusa de atacar a otras siete personas entre la primera semana de marzo y el 8 noviembre del 2020.

Por Rodrigo Verdejo y Valentina Sánchez

29 Enero 2021

Eran los primeros días de agosto del año 2020, cuando Luis Marcelo Romero Jeria le hizo una última promesa a Carolina Moreno (31), su expareja y madre del menor de sus tres hijos.

Ese día el cielo de Talca había amanecido gris y encapotado y la lluvia parecía avecinarse. Marcelo —como le decían sus cercanos— llegó a la población Padre Hurtado y soltó el habitual grito que anunciaba su llegada: “¡Cari-tó!”.

Se habían conocido en el 2010 en ese mismo lugar, en la casa de Carolina, mientras Luis vendía paños de cocina de puerta en puerta. “Me llamó la atención que era humilde y atento, sabía cómo llegar a las personas”, recuerda Carolina. Estuvieron juntos durante siete años. Vivieron en Talca y Santiago, algunas veces dormían en la calle, improvisando carpas y cartones; otras, en hospederías y centros de rehabilitación, por la adicción a la pasta base que Luis arrastraba desde los 17 años y que nunca pudo superar. 

Diez años después, y ya separados, Luis solía hacer visitas esporádicas al menor de sus hijos. Eran citas breves que consistían en reírse, jugar y tomar helado, pero que rara vez superaban los diez minutos. El encuentro de ese mediodía de agosto, tres meses antes de ser asesinado en la calle, fue distinto, más prolongado de lo habitual. Cuando ya estaba por marcharse, Carolina lo detuvo: 

—¿Cuándo vai a venir a ver a tu hijo de nuevo?

—Ahí por el lunes 16, yo creo —respondió.

—Capaz que ni vengai po’, rosa mentirosa —dijo Carolina, incrédula.

—¡Ah, no! Sí voy a venir —miró para atrás, sonrió y se fue.

“Esa fue la última vez que lo vimos, de ahí no supimos más de él. Para mí, esa vez él se vino a despedir”, comenta Carolina.

***

“Patiperro”. Ese es el adjetivo que viene de inmediato a la cabeza de Alejandra Romero cuando se le pregunta por su hermano Luis: “A veces se perdía por mucho tiempo cuando era chico. Mi mamá lo salía a buscar, pero no lo encontraba. Le gustaba andar en la calle. Era bien pelusita él, andaba de allá para acá. Así era: patiperro”. 

Alejandra (47), sentada en la cocina de su casa en San Bernardo, cuenta que Luis Romero nació el 16 de enero de 1971, fue el sexto hijo de una familia de nueve hermanos. Crecieron y se criaron en Pudahuel Norte. A temprana edad, sus padres, Juana Rosa Jeria y Armando Romero, se separaron por las constantes infidelidades paternas que, un día, Juana decidió no tolerar más. Su exesposo se fue de la casa y ella quedó a cargo sola de sus nueve hijos. Luis tenía 7 años. 

Por ese entonces, ya salía a trabajar: cantaba en las micros con castañuelas hechas de pizarreño y recogía cartones con uno de sus hermanos mayores, Hugo, quien se suicidó a los 21 años. 

—Eran muy amigos, salían siempre juntos. La muerte de mi hermano Hugo le afectó mucho porque con él patiperreaba por todos lados. 

Ese rasgo de su personalidad, ese gusto por estar en la calle, agrega Alejandra, lo adquirió en sus salidas con Hugo, en los recorridos de trabajo que partían en Pudahuel Norte e incluían Estación Central, Quinta Normal y Maipú, recogiendo todo aquello que podría tener algún valor.

Su hermana cuenta que a los nueve años, Luis Marcelo probó por primera vez el neoprén y que tras ello, su vida no tardó en irse a pique: sólo llegó hasta segundo básico, se hizo adicto, comenzó a robar y a su casa de Pudahuel, ubicada en calle Los Ediles, llegaba cada vez menos.

—A los 12 años, ya estaba metido en hogares de menores —agrega Alejandra—. Siempre lo pillaban por monrrero (ladrón) y porque andaba en la calle: estuvo en Galvarino, Rinconada de Maipú, en el COD de Pudahuel, en San José. Me acuerdo porque con mi mamá siempre lo íbamos a ver.

Su estadía en esos hogares era corta, pues Luis Marcelo no toleraba el encierro. Siempre encontraba la forma de escaparse y volver a la calle. Esos breves encierros, insoportables para él, sólo serían los primeros de muchos a lo largo de su vida.

***

La madrugada del 8 de diciembre del 2010, ocurrió la mayor tragedia penitenciaria en la historia del país: un incendio, provocado por una riña entre reclusos, acabó con la vida de 81 internos de la Torre 5 de la Cárcel de San Miguel. Alejandra Romero acababa de levantarse cuando prendió el televisor y, atónita por la noticia, gritó a su marido:

—¡Christian, el Marcelo está en esa cárcel!

“Llamé a mi hermana Claudia, que vivía con mi mamá, para contarles, y otras de mis hermanas se pusieron de acuerdo para ir a averiguar cómo estaba el Marcelo. Gracias a Dios no le pasó nada”, cuenta Alejandra.

Luis Romero cumplía, en ese entonces, prisión preventiva en la Cárcel de San Miguel por una denuncia de violencia intrafamiliar que Carolina había interpuesto contra él en noviembre de ese año.

El recorrido de Luis Romero por el sistema penal empezó en la ex Penitenciaría, donde estuvo —según recuerda Alejandra— cuatro años cumpliendo una condena por hurto. De ahí para adelante, entraría y saldría de recintos penitenciarios hasta el día de su muerte: estuvo dos veces en el CCP de San Antonio, cinco años en el CCP de Chillán por robo con fuerza, 61 días de reclusión nocturna en el CCP de Talca, un mes de prisión preventiva en la Cárcel de San Miguel y —de acuerdo con el relato de Carolina— un mes en el CDP de Puente Alto.

En su paso por la ex Penitenciaría, Marcelo se unió a la Iglesia Evangélica. “Sabía mucho de la biblia y salía a predicar. En los funerales de mi mamá y papá, él tomaba la palabra”, recuerda Alejandra.

El Pelao —como le decían sus hermanas desde pequeño— encontró en ese mundo algo a lo cual pertenecer. Conoció, además, a la hermana de uno de los internos del grupo evangélico. Su nombre era Claudia y fue la madre de sus primeros dos hijos: Nicolás (17) y Claudio (16). Vivieron juntos por un tiempo en Cerro Navia, en casa de ella, pero las adicciones de Luis Marcelo, tanto a la pasta base como al neoprén, lo llevaron de nuevo a vivir en la calle.

En 2009, Luis Romero llegó a San Clemente, Talca, a un centro de rehabilitación para personas con problemas de drogadicción. El pastor de la congregación a la que pertenecía le ofreció vivir y trabajar en ese centro. Su trabajo no era distinto a lo que hacía en Santiago para subsistir: vendía de puerta en puerta paños de cocina y artículos de aseo. En una de esas jornadas de trabajo, conoció a la madre de su tercer hijo, Carolina Moreno.

***

—Deja fumarme el último mono y nos vamos a la pieza. 

Era julio de 2011 y Carolina tenía seis meses de embarazo. Vivían en Santiago, arrendaban una pieza en calle San Pablo, comuna de Lo Prado. “Se gastaba plata que no tenía en pasta base. Me acuerdo de que trabajaba poniendo soleras en los autos, ahí me pasaba plata para comprar las cosas del mes y el resto se lo consumía”, recuerda.

Habían llegado a Santiago en 2010, a la casa de Beatriz, una de las hermanas de Luis Marcelo. Sólo estuvieron un par de meses ahí ya que ambos preferían la calle antes que depender económicamente de sus familiares.

—En invierno, nos quedábamos en la hospedería del Hogar de Cristo —dice Carolina—. Cuando no, detrás del Hospital San Juan de Dios, donde hay una escalera. Poníamos cartones y nos tapábamos con frazadas. En General Bonilla también, en el paso nivel que divide a Pudahuel Sur y Norte, hay unas canchas y pastos largos. Nos poníamos ahí cosa de que nadie nos viera, sobre todo si andábamos con el niño.

Luego de deambular por Santiago, por pequeñas piezas arrendadas durante un par de semanas; o por centros de rehabilitación para insistir en tratar las adicciones de Luis Marcelo; o de cuidar autos o vender helados afuera del Hospital San Juan de Dios, la pareja decidió volver a fines del 2014 a Talca, a la casa de la mamá de Carolina, donde se habían conocido por primera vez.

Se separaron el 2017. En la región del Maule, la adicción de Luis Marcelo a la pasta base se había agudizado y su presencia, dice Carolina, se hacía insostenible en el hogar que compartían. 

—No quería ese ejemplo para mi hijo y le pedí que se fuera de la casa. 

Desde entonces y hasta el día de su muerte, el 8 de noviembre de 2020, Luis Romero vivió en la calle. 

Dormía en una carpa en Estación Central o, a veces, se quedaba en las hospederías del Hogar de Cristo. El sábado 24 de octubre del año pasado fue la última vez que las hermanas Romero Jeria lo vieron con vida. Claudia Romero lo recuerda así:

—Estaba en la feria que se pone acá en Pudahuel, vendiendo bolsas de basura. Venía siempre para acá (a la casa de Pudahuel en los Ediles). Se bañaba, se cambiaba ropa, almorzaba y se iba. Se perdía de repente, nunca estaba quieto, pero igual aparecía.

Después de ese día, sin embargo, Luis Marcelo no apareció más. Su ausencia no causó sospechas: era común que su familia no supiera nada de él durante semanas, meses e incluso años.

—Por eso nosotros no lo buscamos cuando lo mataron, estábamos tranquilas porque lo habíamos visto dos sábados atrás —reconoce Alejandra.

La noticia del fallecimiento de su hermano la tuvo por la buena voluntad de un joven que vivía con él.  Preocupado, llegó a la casa de Los Ediles y les dijo que había encontrado las zapatillas y una polera de Marcelo ensangrentadas.

Eso ocurrió el 16 de noviembre. Luis Romero ya llevaba ocho días muerto.

Una de sus sobrinas fue a reconocer el cuerpo al Servicio Médico Legal. Por sus tatuajes, corroboró que efectivamente se trataba de él. En ese intertanto, ninguna institución contactó a la familia Romero Jeria para decirles que estaba muerto. “Si no es por este joven, a lo mejor mi hermano todavía estaría ahí. Nosotros no sabemos por qué nadie nos fue a avisar”, se pregunta Alejandra.

“Aquí igual se le echa de menos. Cuando veía a su hijo, se reían juntos. Independiente de que hayamos vivido en la calle y haya estado en la droga, él no merecía una muerte como la que tuvo”, se lamenta Carolina. Antes de despedirse, agrega:

—¿Les puedo hacer una pregunta? ¿Ustedes no sabrán algo de lo que ha pasado con esta persona, el asesino?

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