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Solidario Herminda: Una olla común en resistencia
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Solidario Herminda: Una olla común en resistencia

No acepta ayuda institucional, es organizada por sus propios vecinos y fue vital para apoyar los días más duros de la pandemia. Esta es la historia de cómo la olla común de la población Herminda de La Victoria, en la comuna de Cerro Navia, aún lucha por resolver la pregunta: ¿Qué vamos a preparar mañana?

Por Catalina Zúñiga Muñoz

23 Noviembre 2020

15 de octubre – 9:00 hrs. El reloj marca las 9 de la mañana y una nueva jornada comienza en Solidario Herminda. Desde la noche anterior Gema Ortega, Elizabeth Carrillo y Marcelo Godoy se prepararon para organizar el menú. ¿Sus comensales? Los habitantes de la Población Herminda de la Victoria.  Llevan más de tres meses funcionando sin parar; no aceptan ayuda institucional, tampoco de partidos políticos y menos de narcotraficantes. Se autodenominan como una de las pocas ollas comunes en resistencia de las 54 que figuran en la comuna de Cerro Navia. 

“El 5 de julio comenzamos a funcionar. Estaba lloviendo ese día”, recuerda Gema Ortega (49), principal dirigenta de la olla. Ella es quien hace los contactos en redes sociales para recibir ayuda y también la persona a cargo de facilitar el patio de su casa para cocinar y entregar el alimento a sus vecinos. 

Al comienzo de la cuarentena total en la Región Metropolitana, el hambre intimidaba en la población Herminda de La Victoria. La revuelta social del 18 de octubre del 2019 había acarreado inestabilidad laboral en muchos de sus vecinos y con la llegada del covid-19 las cosas se volvieron más complejas. Un escenario propicio para que las ollas comunes surgieran como una solución tanto en este sector de Cerro Navia, como en muchos otros del país.

Son cerca de 12 vecinos, en su mayoría mujeres, los que participan en Solidario Herminda. Colaboran con comida, espacio y también manos, lo más importante para que la iniciativa entregue almuerzos dos veces a la semana. Y si logran recaudar suficiente, los martes también se hacen cargo de la once. Una instancia que si bien surgió para paliar el hambre, ha sido también un aglutinante de la comunidad. “Tenemos una vecina que era nueva. Un día vino a ayudarnos, tenía una depresión que la tenía mal y aquí, ayudando se sanó. Estaba feliz. La llevábamos a entregar la comida para que conociera también el sector. Cuando comenzó esto de las fases la llamaron para volver a trabajar y ahí se contagió. Se le pegó el bicho, pero nosotros igual nos mantuvimos presentes, a la distancia, pero ahí estuvimos preocupándonos por ella”, cuenta Gema. 

Solidario Herminda a su servicio

15 de octubre – 12:07 hrs: Ya es mediodía y la jornada toma ritmo con la música de Buena Vista Social Club. Marcelo Godoy (52) o Chelo, como le dicen todos, está a cargo de la música y del menú: tallarines con salsa boloñesa. El olor a la cebolla, zanahoria y carne cocinándose en el fondo de aluminio puede percibirse desde afuera. Elizabeth Carrillo (58) ayuda a Chelo en su labor. El tiempo corre. Los comensales llegan.

Poco a poco el patio de Gema Ortega se comienza a llenar. Vecinos y vecinas del sector llegan con ollas, tuppers y bolsas para recibir el almuerzo preparado a cada una de sus familias. Entre ellos se encuentra Aída Escobar, una mujer de 53 años que debe hacerse cargo de sus tres nietos y de cuatro personas más que viven en su casa. “En total somos ocho. Con la pandemia el trabajo se ha puesto malo y esta olla común pucha que nos ha ayudado a mí y a mi familia”, cuenta emocionada.

La presión crece y la comida aún no está lista. Una voluntaria se suma. Su nombre es Paola Quejada, llega con pan caliente recién traído de una panadería de la zona que, sagradamente, cada martes, jueves y sábado colabora con una caja de pan a Solidario Herminda. 

Todos están contabilizados. Gema lleva un registro. “De vez en cuando la Eli (Elizabeth Carrillo) con su hermana nos prestan su horno de barro. Ahí hacemos pollito y no avisamos, pero los mismos vecinos se pasan el dato y vienen todos para acá, pero nosotros tenemos un registro y ya conocemos a los vecinos que vienen siempre, los que realmente lo necesitan y también sabemos cuántas personas hay en su casa. A ellos les damos prioridad, siempre”, explica la dirigenta de la olla.

Otras personas que tienen prioridad, comentan los voluntarios, son las personas que trabajan en el sector barriendo los parques que están cerca de la calle Víctor Cruz, donde vive Gema Ortega. “No les vamos a negar un plato de comida. Sabemos que deben ganar poca plata, menos del sueldo mínimo, tal vez. Un plato de comida un día sábado significa un ahorro de, al menos, un día a la semana”, relata “Chelo”.

15 de octubre – 12.56 hrs: La comida se comienza a repartir. El menú consiste en un plato de tallarines con salsa boloñesa, una porción de lechuga individual o familiar, una bolsa con pebre, una botella de jugo y un pan para cada integrante de la familia. Sin embargo, uno de los principales problemas para Chelo y Eli es el estado en el que —varias veces— vienen los recipientes donde entregan la comida. 

—A ver… ¿Cómo vienes con este recipiente? —pregunta Chelo a una de las vecinas más jóvenes del lugar.

—Es lo único que hay en mi casa —le responde la joven.

—Para la próxima no podemos entregarte comida aquí. ¿Qué hacemos nosotros si te enfermas? Porque la culpa sería nuestra, no tuya por no lavar este recipiente —le explica Chelo.

Elizabeth Carrillo limpia el tupper y se lo entrega con comida. Mientras esta escena ocurre, todos los voluntarios miran. Paola Quejada se acerca y explica por qué Chelo respondió enojado: “Nosotros aquí somos súper limpios, sobre todo por la pandemia. Limpiamos, desinfectamos, estamos súper preocupados de eso, entonces cuando recibimos recipientes sucios nos enojamos”. 

El momento de tensión pasa. Las personas se van y Marcelo Chelo Godoy explica que estaba un poco estresado. Se malhumora cuando el almuerzo no está listo a tiempo y las personas deben esperar. “A veces las personas piensan que por vivir en la pobreza las condiciones no importan, pero no es así. Se puede vivir en condiciones más dignas, al menos, en un lugar limpio”, asevera el voluntario.

La gente pasa al mesón, recibe su porción de comida, su nombre se tacha en la lista y sigue el próximo. Gema Ortega, en ese intertanto, está pendiente de las cantidades que se deben reservar para los más regalones, los adultos mayores. El repartidor llega, se llama Dylan Riveros, el más joven de todos, tiene 16 años. Se instala afuera con una bicicleta con motor que le prestó Gema para distribuir a domicilio la comida al grupo más vulnerable.

“Tenemos una especie de responsabilidad con los abuelitos. Son cuatro aproximadamente los que nosotros conocemos. Les repartimos su comidita dos veces a la semana, pero uno se va involucrando más”, cuenta Gema y eso bien lo sabe Elizabeth, una de las voluntarias más comprometidas en materia de la tercera edad. 

Elizabeth menciona un caso especial, una vecina mayor que tiene  el Mal de diógenes, un síndrome que hace que las personas tiendan a acumular objetos. “Tuvo que venir gente de la municipalidad a ayudarla. Cuando la conocimos y vimos que no tenía para comer, que vivía solita, yo me conmoví. Justo llegó la semana del 18 de septiembre, hicimos cajas con mercadería, pero es complicado entregarle eso a los abuelitos… con esa caja preparamos comida rica el día sábado, pero yo a ella en específico, todos los días le llevé comida de mi casa”, confiesa Eli.

15 de octubre – 14.10 hrs: Ya son las dos de la tarde y Dylan sale de la casa ¿Su misión? Llevarle el almuerzo a cuatro familias. Primera parada. 

—¡Aló, traemos la comida! —grita Dylan.

Una señora de aproximadamente unos 75 años, recibe al repartidor con una sonrisa en su rostro. Ha vivido toda su vida en la población Herminda, desde que les entregaron el terreno en 1967. Tiene hijos, pero no se hacen cargo de ella. Por eso cada martes, jueves y sábado espera la llegada de Dylan Riveros con la comida preparada por Solidario Herminda.

“Nos preocupamos por ellos. En un momento nos llegaron bolsas de leche. Les preparamos lechita, consomé en el invierno, pancito amasado. Para mí son importantes los abuelos”, relata Gema, quien siempre está pendiente de contabilizar la repartición en su casa y guardarles un plato de comida.

Una cuadra más y se encuentra la segunda parada. Es un abuelito que vive con su esposa, es mudo pero trabaja. Dylan se baja de la bicicleta y vuelve a gritar. Salen de la casa y el repartidor entrega dos porciones de almuerzo. El anciano agradece y a través de señas le comunica que sólo con una bolsa de lechuga alcanza para él y su esposa.

El ciclista se maneja muy bien por el lugar, ágilmente avanza por las calles, se mete a un pasaje y da con la tercera parada. “Aquí se entrega a dos personas distintas”, explica Dylan. Apenas llega sale una mujer de origen haitiano, no se comunica muy bien en español, pero el repartidor le indica la comida que es para su familia. “Entréguele eso al caballero, por favor”, le dice a ella.

Enciende el motor y rápidamente llega a la última casa. Se ve un poco abandonada. “Aquí vive un abuelito solito, nomás”, relata el ciclista. Grita “¡Aló!” y sale un anciano de casi unos 80 años o más.

—¡Gracias mijito! —le dice el anciano.

—¿Quiere pebre? —pregunta Dylan.

El hombre se muestra dudoso, lo mira y asiente. Acepta la comida y el repartidor vuelve a la casa de Gema. La jornada terminó o, al menos, la primera parte.

La sobremesa

Cuando el repartidor regresa, la casa de Gema ya está impecable. Los voluntarios hicieron un trabajo de limpieza profunda y desinfección en tiempo récord. Ahora les toca almorzar a ellos. Se instala la mesa con un vino y una cerveza, y poco a poco comienzan a comentar los mejores y peores momentos del día.

Más allá de ser vecinos y participar en Solidario Herminda, estos voluntarios tienen algo en común: el mundo laboral de la educación. Gema, Paola y Marcelo son educadores, Elizabeth es la inspectora de un colegio del sector, pero con la pandemia se acabaron las clases y para los niños de Cerro Navia el formato online es algo complejo.

“Aquí hay problemas de drogadicción y de abandono de los padres, pero también existe desesperanza. Hay chiquillos que por más que uno los incentive a estudiar no hacen caso, empiezan a faltar a clases, preguntas y te das cuenta de que empezaron a trabajar”, comenta Elizabeth. “Lo heavy es que les empieza a gustar la plata, ¿cachai? Porque claro, es mejor que andar estudiando. No falta el alumno que de repente te dice: profe, ¿pa’ qué voy a estudiar? usted estudió cuánto…. cinco años. Mi hermano o mi papá no estudiaron y tienen la media camioneta… Yo me iba al colegio en micro”, confiesa Marcelo.

Cada uno cuenta infidencias que han enfrentado en su sala de clases y llegan a la conclusión de que el problema es más profundo, al igual que en las ollas comunes. La reflexión de la sobremesa sigue con una pregunta: “¿Qué vamos a cocinar el sábado?”. Las donaciones se acaban, las manos comienzan a faltar, porque con la reactivación de la economía los vecinos comienzan a ir, nuevamente, a sus trabajos.

“Realmente no sé qué va a pasar mañana. Sé que el sábado nos la vamos a arreglar y que algo va a salir, porque esta cuestión es así. Se viene la navidad, el próximo año nos pueden llamar para volver al colegio, es lo más seguro y no sé lo que vamos a hacer”, dice Gema. Los demás asienten, porque la incertidumbre es lo que prima en este último tiempo. Ya es noviembre y faltan recursos económicos, la pandemia aún no termina. El miedo es inminente y la incertidumbre también. 

Sin embargo, para estos voluntarios levantar una olla común es un acto de acompañamiento y ahora, que se miraron cara a cara con sus vecinos, que se apoyaron mutuamente en momentos críticos y se tendieron la mano, sienten que no los pueden abandonar. “Ya veremos cómo nos vamos a arreglar. Sí o sí conseguiremos algo”, concluye Gema. Se levanta la mesa, se ordenan las cosas y Solidario Herminda descansa. 

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