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La historia sobre ruedas de una patinadora de élite
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La historia sobre ruedas de una patinadora de élite

A los cuatro años, Francisca Cabrera (34) se puso patines por primera vez. Desde aquel momento, no se separó de ellos. A pesar de las dificultades que representó dedicar su vida al deporte, su esfuerzo y constancia la llevaron a las pistas más importantes del mundo. Hoy, es entrenadora de niños y jóvenes, y ha tomado una postura crítica ante el sistema deportivo en Chile, luchando para que el deporte sea un derecho y no un privilegio.

Por Gabriela Piña

23 Julio 2021

Aquel 25 de junio del 2016, cuando llegó al gimnasio en donde competiría, comenzó a calentar de inmediato. El público ya estaba en la galería. Los jueces, detrás de sus mesas ubicadas en una tarima, podían observar con claridad todo el lugar. Los focos instalados en el techo iluminaban la gran pista de madera que recibiría a los competidores del Open Panamericano de Patinaje Artístico 2016, desarrollado en Porto Alegre, Brasil.

Al momento de ponerse los patines, Francisca se dio cuenta de los nervios que sentía. No se podía atar los cordones de las botas. Recuerda que se preguntó a sí misma “si no tengo el nivel de motricidad fina para atarme los patines, ¿qué pasará en la cancha?”.

Llegó el momento de entrar a la pista. Se instaló en el suelo para iniciar su coreografía y la música sonó. Al ritmo de La Sirena, comenzó a desplazarse por la pista. Entre saltos y giros lucía su traje. Llevaba la espalda y los brazos descubiertos, la parte delantera cubría su pecho con aplicaciones brillantes y sus piernas iban cubiertas por una tela que imitaba las escamas de la mitológica criatura submarina.

La rutina finalizó y salió de la pista satisfecha con su desempeño. Tras ella competía Ailen Barrios, la representante argentina y una de sus mejores amigas. Cuando terminó, en las pantallas ubicadas en la parte superior del gimnasio se compartieron los resultados. Francisca sufre de miopía y en esa ocasión no llevaba sus lentes de contacto, por lo que no alcanzó a ver el puntaje que se le había asignado. Sin saber si había logrado el podio o no, su entrenador la abrazó. Francisca comenzó a llorar, recuerda haber estado feliz porque lo primero que concluyó de ese abrazo fue que Ailen, su amiga, había obtenido un lugar en el podio. Pasado unos minutos, se enteró de la noticia.

-¡Fran, quedaste primera!

El mundo del patinaje artístico sobre ruedas

Francisca nació el 29 de junio de 1986. Fue la primera hija de Claudio Cabrera (61) y Blanca Antoine (61), ambos profesionales de la salud. Su hermano menor, Claudio, llegó tres años después. “Éramos bien cómplices, jugábamos harto juntos”, comenta él.

A los cuatro años, Francisca experimentó por primera vez el estar sobre un par de patines. Era el periodo de vacaciones del ‘91 y junto a su familia visitaba el balneario de Algarrobo, en la Quinta Región. Un día, salieron a dar un paseo y encontraron una pista en la que arrendaban patines.

-¿Qué sentiste cuando te pusiste los patines por primera vez?
-Me enamoré de la sensación- recuerda.

En ese momento, no conocía el mundo del patinaje y mucho menos sabía que ese sería el motor de su vida años más tarde. A los siete años, heredó de su prima un par de patines. En la casa de su abuela, entre caídas, golpes contra los muebles y dejar el piso de madera rayado, empezó a dar sus primeros pasos en el mundo del deporte sobre ruedas.

En su colegio, el Corazón de María de San Miguel, en el que estudió desde kínder hasta cuarto medio, había un taller de patinaje artístico, pero su madre no la dejaba participar. “Me daba miedo que se fracturara”, recuerda Blanca.

La cancha de cemento, rodeada por pequeñas galerías de fierro, era lo primero que se veía al entrar al colegio, y mientras las patinadoras entrenaban al aire libre, Francisca se dedicaba a observarlas. Cuando llegaba a su casa después de la jornada escolar, se ponía sus patines y aplicaba todo lo que había visto. Desde pequeña, la ‘Fran’ fue autodidacta.

Blanca se dio cuenta que su hija ya sabía patinar, cedió y le permitió ingresar al taller. Así, a los siete años, Francisca pertenecía al grupo de patín de su colegio. Un año después, las ansias de seguir aprendiendo la llevaron al Club Deportivo San Miguel. “Desde ahí, (el patinaje) fue su norte y sur”, expresa su madre. En el centro de entrenamiento conoció a quien sería su entrenador durante toda su infancia y adolescencia, Rafael Suárez, quien arribó desde Argentina en la búsqueda de talentos en el patinaje artístico sobre ruedas.

Sentado en un escritorio improvisado en el Club Deportivo de San Miguel, respaldado por una repisa llena de trofeos, Rafael recuerda la historia de Francisca. Dice que durante los entrenamientos, Rafael se dedicaba a observar cada uno de los movimientos y técnicas de los patinadores. Entre ellos, había una niña de ocho años, que con insistencia pasaba por delante de él para que la observara. “Ella perseguía al entrenador”, menciona Blanca entre risas.

A pesar que la técnica de Francisca no le llamaba la atención, con el tiempo, Rafael relata que se dio cuenta que había algo que destacaba en ella: “Empezó a mostrar una cualidad que no todos tenían, su perseverancia”. La misma que la llevó a participar en varios eventos deportivos a nivel nacional, instancias que movilizaban a toda la familia. A pesar de esto, cuando llegó la oportunidad de sumarse a un primer campeonato sudamericano, Rafael decidió no sumarla. “De aquí en adelante vas a ir a todo lo que tú quieras, porque tienes perseverancia y tu fortaleza mental entenderá que no es momento aún”, fue su consejo.

Y así fue. A principios de la década del 2000, asistió a su primera competencia internacional, el Mundial Júnior. Con solo 13 años, obtuvo el undécimo lugar. En esa competencia, Francisca recuerda lo emocionada que estaba por conocer a sus ídolos del patinaje. Corría detrás de cada uno de ellos para pedirle autógrafos. “No puedes hacer eso”, le decía Rafael en ese entonces. A él le daba vergüenza, pero hoy, lo recuerda entre risas.

Desde esa primera competencia internacional, su carrera fue en ascenso. Pasó por once mundiales. En el del 2015, en Cali, obtuvo uno de sus mejores resultados , terminó novena en el mundo. Fue campeona nacional en Chile, se coronó como campeona sudamericana el 2014 y medalla de oro en el Open Panamericano 2016, triunfo que fue muy valorado y reconocido a nivel país, y que ella recuerda como “un gran logro”.

Las dificultades de ser deportista en Chile

Cuando terminó el colegio entró a estudiar Kinesiología a la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Entró por un cupo deportivo, con la idea de compatibilizar los dos mundos: el deporte y la vida universitaria.

Realizó los ramos teóricos sin problemas, pero todo cambió cuando llegó el momento de hacer el internado. Desde la casa de estudios, querían que tuviera el mismo currículum de sus compañeros, pero las competencias, los entrenamientos y los viajes que debía realizar no se lo permitieron.

-Tienes que elegir, o compites o estudias- le propusieron desde la universidad.
-Compito- decidió Francisca.

Al final obtuvo la licenciatura, pero nunca pudo realizar el internado que le permitiría acceder al título de la carrera. Comenzó a competir y entrenar con mayor constancia fuera de Chile. A pesar de que recibía aportes monetarios cuando tenía que ir a competir, no sucedía lo mismo para sus entrenamientos fuera del país, que implicaban gastos en viaje, estadía y entrenador. Todo eso salía del bolsillo de Francisca o de su familia, pero no siempre se podía.

En 2016, luego de obtener el oro en Brasil, comenzó a recibir por primera vez la Beca Prodar, un aporte económico mensual que entrega el Instituto Nacional del Deporte (IND) a aquellos deportistas que alcanzan logros destacados a nivel internacional. Aun así, a Francisca no le alcanzaba, y cada vez que iba a entrenar a Argentina o Italia, hacía malabares para tener el dinero necesario para sobrevivir durante su estadía fuera de Chile.

Cuando se retiró de la competencia, en el 2019, empezó a trabajar como entrenadora en el Estadio de La Pintana y en el gimnasio municipal de Los Andes. En ambos lugares, comenzó a enseñar a niños y adolescentes, en su mayoría en situación de vulnerabilidad o riesgo social. Allí, ha vivido de cerca las carencias de sus alumnos, que en ocasiones se han visto en la obligación de rechazar oportunidades fuera de Chile por no tener los recursos necesarios para solventar los gastos.

-Estás clasificada.
-Sí, pero si no me lo pagan, no puedo ir.

Una realidad que Francisca tuvo que enfrentar desde pequeña y que ahora vive a menudo con sus alumnos. Estas experiencias, le permitieron darse cuenta de los privilegios con los que hay que contar para poder desarrollar de buena forma una carrera deportiva en Chile.

 

El deporte como un derecho

En junio del 2020, en una entrevista con el medio Deportivo Escolar, Francisca dio una declaración que tiempo después la acercaría a un rol político.

-¿Qué debe cambiar en Chile para que el deporte sea reconocido?
-Hace falta más política y cultura deportiva, se tiene que entender que el deporte es un derecho, no es un privilegio- respondió Francisca.

Su postura crítica ante el sistema deportivo en el país llevó al Partido Progresista (PRO) a ofrecerle un cupo en la candidatura a la Convención Constitucional. Recuerda que al principio estaba dudosa, pero que con el apoyo de su círculo cercano decidió tomar la oportunidad. Su hermano, que se desempeña como psicólogo, fue el primero en ser invitado a su equipo de trabajo.

Aceptó formalmente el cupo y al día siguiente comenzó la aventura . Todos los candidatos del PRO eran independientes y debían inscribirse en el Servicio Electoral (Servel), por lo que fue un proceso difícil, se requerían varios papeles y declaraciones, y nadie tenía mayor experiencia en el tema. Finalmente, el 15 de enero del 2021, el Servel oficializó las candidaturas a la Convención Constitucional, y Francisca Cabrera, ahora como candidata a constituyente, comenzó de lleno a trabajar.

Su día iniciaba a las seis de la mañana. Se levantaba para ir a entrenar junto a sus alumnos y horas más tarde ya estaba en terreno, escuchando a los vecinos del distrito y conversando sobre lo que ellos deseaban para la nueva Constitución. Cuando regresaba a su hogar, su jornada continuaba con reuniones de equipo, entrevistas o debates. Así fue el día a día de Francisca durante varias semanas de campaña.

El 16 de mayo, durante la segunda jornada de las históricas elecciones que definirían a los redactores de la nueva Constitución, Francisca se dirigió a su local de votación en La Reina y luego volvió a su casa. Allí, horas más tarde y acompañada de su familia, se instaló a revisar el conteo en las primeras urnas.
Como en los grandes campeonatos, recuerda que no sabía qué sucedería o cuáles serían los resultados. Había hecho su trabajo al máximo, pero al igual que en el patinaje artístico, debía esperar a que el jurado emitiera su opinión, en este caso, que la ciudadanía ejerciera su voto.

Francisca obtuvo 3.297 votos y a pesar de no obtener el deseado cupo en la Convención Constitucional, para ella el trabajo realizado valió totalmente la pena.

-Este proceso me llenó de aprendizajes. Te abre la mente y el corazón. Te da infinitas posibilidades de actuar y de ver cómo te involucras en un cambio- reflexiona.

No descarta la posibilidad de postular a un nuevo cargo público si es que se le presenta la oportunidad, pero por ahora está enfocada en finalizar su carrera, Tecnicatura Universitaria en Deportes de Patinaje, que cursa de forma online en la Universidad de Flores de Argentina. Además, sigue trabajando como entrenadora, aprovechando la franja horaria y las tecnologías, que le han permitido seguir dando clases a pesar de la distancia que la pandemia ha obligado a tomar.

Ante el proceso político venidero, espera que su objetivo de campaña sea tomado por otros constituyentes y que el deporte sea definido como un derecho fundamental, con el que se pueda otorgar calidad de vida y bienestar a la ciudadanía, y por sobre todo que sea un factor de cambio a través del que se dignifique a la población.

 


 

Este trabajo fue realizado como parte del curso “Crónicas y Perfiles” impartido por la académica Paula Escobar.

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