Las cuatro escenas de Francisca

Al cumplir 16 años, Francisca reveló la pesadilla que vivía desde niña: era víctima de abusos sexuales por parte de su padrastro. Un Tribunal de Familia ordenó su ingreso a una residencia de protección, pero bajo el cuidado del Estado su situación solo empeoró.

Por Constanza Araya | Ilustración: Violeta Irarrázabal

31 de Julio de 2026

Si la vida de Francisca se contara en cuatro escenas, la primera mostraría a una niña creciendo en Puente Alto, en una casa atravesada por la violencia, donde aprendió a guardar silencio frente a los golpes.

En la segunda se vería a una adolescente entrando y saliendo del sistema de protección, escapando de residencias, consumiendo drogas y enfrentándose a una cadena de abusos dentro y fuera de los lugares que debían cuidarla.

La tercera escena sería más oscura: una joven captada por redes de explotación sexual, moviéndose entre casas ajenas y llamadas de auxilio.

La última, en cambio, sería fragmentada. Como en una película inconclusa, hay partes de su historia que simplemente no están. Escenas perdidas que nadie logró documentar y cuyo final aún sigue fuera de cuadro.

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Escena 1

Francisca nació en septiembre de 2002, cerca de las 13:00 horas, en el Hospital Barros Luco. La primera persona que la sostuvo en brazos fue su madre, una adolescente de 15 años con antecedentes de consumo de drogas y delitos menores. Fue uno de los pocos momentos en que ambas tuvieron una conexión.

Su padre, de 18 años y con un historial similar, no estuvo presente en el parto ni en los primeros años de vida de su hija, ya que solía estar detenido o cumpliendo condena en la cárcel. Años más tarde, la madre se separó e inició una nueva relación. Tuvo dos hijos más con su nueva pareja y se trasladó a un departamento en Puente Alto.

En ese hogar, el padrastro ejercía violencia física, económica y psicológica contra Francisca y su madre. A los 11 años, según los registros del sistema de protección, le pidió a su madre que terminara la relación. Ella se negó. Por el contexto de violencia en el que vivía, solía defender a su pareja y le decía que “gracias a él, tienen un lugar donde vivir”.

Francisca aprendió a guardar silencio frente a los golpes. La violencia que vivía comenzó a reflejarse en su trayectoria escolar: repitió quinto básico en dos ocasiones. Más tarde volvió a repetir, se escapaba del colegio y pasaba gran parte del día en la calle. Allí comenzó a consumir drogas.

También escapaba de su casa. En mayo de 2017, su madre y su abuela presentaron dos denuncias por presunta desgracia, según registros de la Fiscalía de Puente Alto. La joven desaparecía por algunos días y luego regresaba.

En septiembre de 2018, poco después de cumplir 16 años, les reveló a profesores de su colegio, en La Pintana, que su padrastro abusaba sexualmente de ella desde su infancia. Con esa información, el Juzgado de Familia de Puente Alto abrió una causa por vulneración de derechos.

Para entonces, Francisca ya vivía en la calle.

Por orden del tribunal, ingresó a una residencia de la Fundación Hogar de Cristo, en Estación Central. Permaneció allí un par de meses y luego pasó al cuidado de su abuela materna. Pero tampoco resultó. Francisca siguió escapándose hasta que la mujer desistió de hacerse cargo de ella.

Sin otro adulto que pudiera recibirla, el Tribunal de Familia resolvió que volviera a vivir con su madre y con el hombre al que había denunciado por abuso. Paralelamente, ambas ingresaron a un Programa de Intervención Especializada (PIE), orientado a fortalecer las habilidades parentales de la madre y reparar la relación con su hija.

El intento duró poco. Francisca no logró mantenerse en el programa. Volvió a escapar de la casa de su madre y retomó el consumo de drogas. Buscó refugio en la casa de su abuela paterna, donde también vivía su padre biológico. Hacía más de diez años que no tenía contacto con él, pero necesitaba un lugar donde dormir. Su padre no la ayudó. Por el contrario, la expulsó y la amenazó de muerte si regresaba.

Terminó en la casa de una expareja, un adolescente al que había conocido en la calle. Allí, él y otro joven abusaron sexualmente de ella. En febrero de 2019 denunció la agresión ante los profesionales del PIE. Días después, el Juzgado de Familia de Puente Alto ordenó su ingreso a otra residencia: el CREAD Pudahuel.

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Escena 2

Durante sus primeros meses en la residencia, Francisca no presentó problemas de conducta y mantenía una buena relación con sus compañeras. Además, estaba bajo tratamiento farmacológico, luego de haber sido diagnosticada con una Infección de Transmisión Sexual (ITS) tras el abuso que sufrió.

En ese periodo, el CREAD Pudahuel ya era conocido por ser un lugar desde el cual los niños, niñas y adolescentes se fugaban con facilidad.

Francisca se integró rápidamente a esa dinámica. En mayo de 2019, escapó dos veces de la residencia. Según las denuncias por presunta desgracia, solía ausentarse durante cuatro o cinco días y luego regresaba. En esas salidas se reunía con otros adolescentes para consumir drogas. No era la única. Ese mismo mes, el CREAD Pudahuel registró más de 50 denuncias por fugas de otras adolescentes. Nadie sabía a dónde iban ni qué hacían.

Tres meses después, Francisca volvió a escapar. Lo hizo junto a dos adolescentes. La noche del 30 de agosto de 2019, cerca de la estación de metro Puente Cal y Canto, abordaron un taxi Nissan Tiida con destino a Avenida Santa Rosa.

Según la declaración del conductor, incluida en el parte de denuncia de la 50ª Comisaría de San Joaquín, al llegar a la intersección con Avenida Salvador Allende, uno de los jóvenes le robó su teléfono celular y huyó. Francisca y el otro joven también intentaron escapar, pero el taxista alcanzó a bloquear las puertas del vehículo y los retuvo en el asiento trasero hasta la llegada de Carabineros. Ambos adolescentes fueron detenidos y trasladados a un centro asistencial para constatar lesiones.

En el hospital, Francisca no presentó heridas recientes. Sí tenía lesiones antiguas y múltiples cicatrices en los brazos y la espalda. Carabineros se comunicó con su madre para informarle de la detención, pero ella respondió que no podía ir a buscarla porque debía cuidar a sus otros hijos, según consta en el parte policial.

Francisca regresó al CREAD Pudahuel. Continuó escapando, pero ya no para consumir drogas ni participar en delitos. Ahora lo hacía para reunirse con un hombre adulto.

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Escena 3

En mayo de 2020, por recomendación del CREAD Pudahuel y por orden del Juzgado de Familia de Puente Alto, Francisca, entonces de 17 años, ingresó a un Programa Especializado para la Reparación del Daño de Niños, Niñas y Adolescentes Víctimas de Explotación Sexual (PEE), en un centro de acogida de la ONG Raíces.

Según el relato de Francisca ante los profesionales del programa, e incluido en un informe de la ONG, conoció a M., un hombre de nacionalidad venezolana, mientras pedía dinero junto a otra adolescente de la residencia en las cercanías de la estación de metro Santa Lucía.

Contó que M. les ofreció ir a una casa donde podrían comer y dormir, y que fueron llevadas a la comuna de San Joaquín. “Al llegar a dicho lugar, se encuentran con otro hombre, también de nacionalidad venezolana, llamado F., quien les propone ser explotadas sexualmente. Les toman fotografías para ser publicadas en una página web y les entregan teléfonos celulares para contactarse con clientes. No refiere cuántos hombres la habrían explotado sexualmente, señalando que ‘no se les pagó lo acordado’”, detalla el documento que tuvo a la vista V240.

Leonor, psicóloga de la Corporación Opción durante más de ocho años, trabajó con adolescentes víctimas de explotación sexual comercial. Explica que muchas veces niñas como Francisca no se reconocen como víctimas.

“Se produce una dinámica de seducción y atrapamiento, muy similar a lo que ocurre en otros delitos sexuales, y era muy complejo que se dieran cuenta de aquello. En el fondo, los adultos empiezan a captar a estas jóvenes para involucrarlas en explotación sexual, diciéndoles: ‘pucha, te veo tan sola, cuéntame cómo te puedo ayudar’. Una joven de 14 o 16 años siente que este hombre, de 50 y tantos años, está realmente preocupado de ellas porque les compra ropa, celulares, etc. El problema es que las chicas y chicos no logran identificar que, detrás de esa propuesta, hay un costo asociado”.

En octubre de 2020, la ONG Raíces informó al Juzgado de Familia de Puente Alto que Francisca se había contactado para pedir que la ayuden a salir de la casa de un hombre en Santiago Centro, donde llevaba encerrada al menos dos semanas. Los profesionales sospechaban que otra vez la joven estaba siendo explotada sexual y comercialmente, esta vez por otra banda.

“Solicita ayuda a la red para encontrar un espacio donde vivir, refiriendo que se quedaría algunos días en la casa de un ‘amigo’ en el sector de Franklin y, posteriormente, en otro lugar facilitado por otro ‘amigo’ en Puente Alto. Sin embargo, en la madrugada del 9 de octubre, la adolescente solicita ayuda para ser rescatada”, detalla el informe.

Francisca recién había cumplido 18 años. Egresó del CREAD Pudahuel, pero seguía vinculada al sistema de protección, ya que aún cursaba octavo básico. Al no contar con un lugar seguro donde vivir y con el objetivo de protegerla de la red que la acechaba, la Fiscalía Metropolitana Occidente y la ONG Raíces diseñaron un plan:

“En la actualidad, dadas las constantes vulneraciones a las que ha estado expuesta la adolescente, como medida de protección se encuentra viviendo en un hotel financiado por la Fiscalía Metropolitana Occidente, para posteriormente trasladarse a una pieza ubicada cerca del establecimiento educacional al que asiste, de modo de ser monitoreada por los profesionales”, dice el informe presentado al Tribunal de Familia.

Mientras la Fiscalía Metropolitana Occidente financiaba el arriendo y le compraba una cama, el colegio asumía los costos de la alimentación de la adolescente. Pero el plan falló. Francisca se enteró de que había una investigación penal en contra de los hombres que la explotaban sexualmente, y desapareció. Abandonó el programa, dejó de asistir a clases y volvió a vivir en la calle.

Con el inicio de la pandemia en el país, las posibilidades de ubicarla se redujeron. Al dejar los programas del Sename y el colegio, su causa por vulneración de derechos fue cerrada y egresó del sistema de protección.

Años más tarde, su nombre volvió a aparecer en tribunales de familia. Esta vez como madre de un niño.

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Escena 4

En octubre de 2022, Francisca dio a luz a su primer hijo. Tenía 20 años y había regresado a vivir a Puente Alto con su madre. Sin embargo, cuando el niño tenía dos meses, Francisca salió de la casa y no regresó. Su madre presentó una denuncia ante Carabineros por abandono y declaró que su hija se había ido para estar con su pareja, padre del niño.

Meses más tarde, el Tribunal de Familia determinó que, debido al historial de Francisca en el Sename y con el fin de evitar la exposición del niño al sistema judicial, era recomendable avanzar en un acuerdo de solución colaborativa. Así, Francisca y su hijo ingresaron al programa Chile Crece Contigo, orientado a garantizar condiciones adecuadas para el desarrollo de niños y niñas en un entorno seguro, inclusivo y acogedor. Sin embargo, Francisca no cumplió: abandonó nuevamente su hogar y dejó a su hijo al cuidado de su madre.

Durante dos años no hubo noticias de ella. Tampoco existen registros sobre lo ocurrido en ese periodo. Su nombre reapareció recién en octubre de 2024, cuando denunció un episodio de violencia intrafamiliar mientras se encontraba en las afueras de la estación de metro Salvador.

Según un informe de la Fiscalía Metropolitana Oriente, su pareja la agredió “producto de una discusión por la necesidad de drogarse. Comenzó a insultar a la víctima con palabras groseras, para luego agredirla con golpes de puño en distintas partes del cuerpo, mientras la escupía”. El hombre fue condenado a 540 días de presidio por el delito de lesiones menos graves en contexto de violencia de género.

Lo último que se supo de ella ocurrió en julio del año pasado, cuando ingresó a un supermercado en Puente Alto. Junto a otro hombre sustrajo 10 chocolates, un queso crema, un champú y un acondicionador, especies avaluadas en $30.840. Tras un procedimiento simplificado, quedó con la prohibición de acercarse al local durante un año.

V240 intentó ubicarla para conocer su versión de los hechos, pero no fue posible. También se contactó a su madre. Por teléfono declinó participar en este reportaje. Al ser consultada por el paradero actual de Francisca, respondió: “Vive en Santiago, pero no sé mucho de ella”.


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