Rocío: Rogando amor

Aún recuerda el día en que fue separada de su madre e ingresada a una residencia de protección. Pasó más de una década en programas de protección, pero ninguno logró romper el ciclo de vulneraciones que arrastraba desde la infancia. Durante todo ese tiempo buscó lo mismo: afecto.

Por Jaime Orellana | Ilustración: Violeta Irarrázabal

31 de Julio de 2026

“Siendo sincera, no tengo muchos recuerdos de mi infancia. Pero sí me acuerdo perfectamente de uno…”.

Por teléfono, Rocío se refiere a una escena que ocurrió en abril de 2010, poco antes de que cumpliera 5 años. Es el recuerdo del día en que la separaron de su madre y fue trasladada a una residencia de protección. Lo hizo acompañada de su hermana Sofía, de 9 años. En esa ocasión, el 4° Juzgado de Familia de Santiago tomó la decisión tras comprobar que la niña era víctima de vulneración de derechos en su entorno familiar.

—Fue muy fuerte para mí. Me acuerdo de que estaban los carabineros y yo no me quería separar de mi mamá; me aferré a ella, no la quería soltar. Me puse a llorar, a gritar, hice un show… bueno, como cualquier niña que se da cuenta de que la están separando de su madre…

Rocío no alcanza a terminar la frase. Se queda un largo rato en silencio y cuando parece que ya no dirá nada más, retoma: 

—Me emociono porque me acuerdo de que vi a mi mamá triste. Todas esas imágenes todavía las tengo en mi cabeza… Fue un momento muy traumático para mí.

***

La historia de Rocío comenzó en una precaria casa en Maipú, donde el dinero apenas alcanzaba para pagar las cuentas o para comprar alimentos. Es la menor de cinco hermanas de tres padres distintos. Ella y Sofía comparten el mismo progenitor. En 2010, este fue denunciado por la madre tras descubrir que abusaba sexualmente de la mayor del grupo.

En ese momento, Sofía tenía 9 años y asegura que su padre, en verdad, abusó de todas las hermanas, “excepto de Rocío. Ella era muy bebé y andaba siempre pegada a mi mamá”.

Tras la denuncia, el 4° Juzgado de Familia de Santiago decidió ingresar a la madre y a sus hijas a un Programa de Reparación en Maltrato y Abuso Sexual Infantil (PRM), a cargo de la fundación Consejo de Defensa del Niño (CODENI). Allí se detectó otra situación: la madre agredía físicamente a sus hijas.

—Mi mamá me mataba a palos por cualquier cosa. Era una violencia física brígida. Yo hablé y dije: “No quiero estar acá, me quiero ir a un hogar” —recuerda Sofía sentada en el living de su casa ubicada en la comuna de Cerrillos.

Un informe de CODENI, al que tuvo acceso V240, coincide con su relato: “Las niñas han manifestado su temor frente a las conductas de ira de su madre, por los castigos reiterados que reciben y los malos tratos psicológicos y verbales a los que se encuentran constantemente expuestas. Han pedido ayuda, verbalizando explícitamente, para dejar la casa familiar e ingresar a un hogar provisorio, ya que consideran que estarán mejor cuidadas de esta forma. La madre también está de acuerdo con la medida, ya que le permitiría, por una parte, trabajar y restablecer la situación económica del hogar, y por otra, recibir ayuda psicoterapéutica para poder reincorporar a sus hijas una vez terminado el proceso”.

Sofía cuenta que la violencia era igual para todas:

—Con Rocío, mi mamá también fue mala. Pasó de ser su regalona a ignorarla. No le hablaba, no la pescaba y, cuando lo hacía, la trataba mal. Pero Rocío siempre estaba rogando su amor.

Baja la mirada y recuerda una conversación con su hermana menor.

—Cuando le pregunté por qué seguía buscándola, me respondió: “Me trata mal, pero al menos me está hablando”.

Con los resultados del informe, el 4° Juzgado de Familia determinó trasladar a Rocío, a Sofía y a otra de sus hermanas a la residencia Villa Jorge Yarur, administrada por la Corporación Crédito al Menor, en la comuna de La Pintana.

Rocío tenía 5 años:

—Me costó mucho adaptarme por no tener a mi mamá presente. No nos dejaban comunicarnos tanto con ella.

Poco después de su ingreso, sufrió un abuso sexual. Según cuenta, dos niñas mayores le tocaron los genitales.

—Les saqué la cresta porque la tocaron —dice Sofía—. Eran niñas que venían de un contexto de abuso. Ahora que soy adulta lo entiendo, pero no lo justifico. Esa vez llevaron a Rocío a un punto ciego de la residencia y la empezaron a toquetear. Mi mamá no hizo nada. No le importó y no le creyó a Rocío. Yo sí le creí a mi hermana.

Después de ese episodio, Sofía comenzó a protegerla.

—Me cuidó mucho. De hecho, siempre me defendía porque viví un abuso. Ella se ponía a pelear por mí, hasta que crecí y me pude defender sola. Ella fue como mi madre en el hogar —señala Rocío.

En septiembre de 2015, la residencia Villa Jorge Yarur informó al Tribunal de Familia sobre la situación de Rocío. En esa época había egresado por un breve tiempo del hogar para vivir con una de sus hermanas mayores, pero el intento fracasó y la niña regresó a la misma residencia. Ya tenía 10 años y su actitud llamó la atención:

“No ha logrado adaptarse al sistema residencial (…). Ha dejado de asistir al colegio, ha maltratado gravemente a los animales de la residencia, ha golpeado a niñas y educadoras, y, en general, ha intensificado gravemente su malestar debido a que no quiere permanecer en la Villa”.

En el mismo documento se menciona una de las causales de la actitud de Rocío: su madre. La mujer participaba poco del proceso de intervención. Rara vez respondía los llamados de la residencia y las visitas a su hija duraban apenas unos minutos. Después de cada encuentro, Rocío empeoraba.

Aun así, seguía buscándola.

“Es importante señalar que Rocío solicita llamar a su madre con la finalidad de saber cómo está su familia y de comentarle cómo está ella”, consigna el informe.

—Para mi mamá fue un alivio que nos fuéramos al hogar —comenta Sofía—. Descansó y se liberó de nosotras. Cuando nos tocaba ir a una audiencia, le preguntaban si estaba preparada para recibir a sus hijas y decía: “No, no me siento capacitada”.

En 2017, Rocío y sus hermanas egresaron de la residencia Villa Jorge Yarur. La madre había cumplido con las atenciones exigidas por el Centro Comunitario de Salud Mental (COSAM) y el Tribunal de Familia autorizó el regreso de las niñas a su hogar. Sofía se fue a vivir con su pareja y, poco después, quedó embarazada. Rocío volvió con su madre. Ambas continuaron sus procesos de reparación de forma ambulatoria en un Programa de Intervención Especializada (PIE) de la Corporación Carlos Casanueva.

Antonia —quien pidió resguardar su identidad— fue una de las profesionales que trabajó con las hermanas en ese programa. Años después, sigue convencida de que Rocío nunca debió haber salido de la residencia.

—La madre sabía cómo funcionaba el sistema, ya que sus hijas estaban institucionalizadas desde hacía muchos años. Entonces, ella sí cumplió con las atenciones en el COSAM y el sistema ve eso: que logra adquirir las herramientas. Pero, en la práctica, no lograba ejecutarlas, porque existía un quiebre vincular con sus hijas.

Antonia recuerda a Rocío como una adolescente inteligente, con buen rendimiento escolar y muchas ganas de hacer cosas.

—Le gustaba jugar fútbol, pero su mamá ponía problemas por temas de género. Después empezó a bailar estos temas asiáticos y tratamos de fomentárselo, pero su mamá no quiso. Decía que Rocío tenía que estudiar y llegar temprano a su casa. Lo cual era cierto, pero faltaba afectividad, confianza y conversación.

A los 13 años, Rocío comenzó a fugarse. Solo en 2018, su madre presentó seis denuncias por presunta desgracia en el 9° Juzgado de Garantía de Santiago. Durante ese periodo, Rocío le confesó a Antonia una situación que la tenía atemorizada.

—A través de redes sociales tenía contacto con una persona mayor y le envió fotografías. Este hombre la extorsionó con masificar esas fotos. Fuimos a la PDI, pero no nos tomaron la denuncia, porque no teníamos datos concretos. Quedó ahí no más. La mamá se enojó mucho con Rocío, la responsabilizó de todo. Eso suele pasar: los padres no hacen autocrítica sobre el escenario donde ocurren todas estas situaciones.

Poco después, Rocío regresó a vivir a una residencia. Su madre descubrió que tenía una relación con un hombre de 22 años y le prohibió volver a verlo. Rocío intentó quitarse la vida. Tenía 14 años y fue internada en un hospital.

Antonia fue a verla.

—Ese hombre tenía relaciones con el tráfico de drogas y le suministraba sustancias a Rocío.

Con esos antecedentes, el Programa de Intervención Especializada (PIE) recomendó ingresar a Rocío a una residencia y que comenzara intervenciones en un Programa Especializado en Explotación Sexual (PEE).

Antonia cree que el problema iba mucho más allá de esa relación.

—Al no tener un soporte afectivo en su grupo familiar, las adolescentes empiezan a buscar afuera: en parejas o en personas mayores. Entonces hay un intercambio de drogas o cosas materiales solo por afecto. Rocío encajó en ese perfil. Nuestro plan era no dejarla sola y sin el apoyo de una red. Sabíamos que ese lugar iba a ser transitorio, porque tenían que buscarle una residencia más estable. 

A sugerencia de ella, Rocío fue ingresada al CREAD Pudahuel. Acababa de cumplir los 15 años.

Antonia suspira largo antes de seguir.

—Esa fue la última vez que supe de ella.

***

Rocío recuerda el CREAD Pudahuel:

—Era como estar en una cárcel. El primer día que llegué tuve que ponerme a pelear porque me querían quitar mis cosas y tenerme como ‘perra’, como se dice ahí. 

Cuenta que no quería estar en ese lugar ni en ninguna otra residencia. Se empezó a fugar. Desaparecía por semanas y nadie la buscaba.

Sofía recuerda que su hermana se escapaba para ir a visitar a su madre:

—Era una cabra chica. Llegaba a la casa y mi mamá no la dejaba entrar: llamaba a los pacos. Ni siquiera le preguntaba cómo estaba. Una vez se quedó en el patio, durmió a la intemperie. Así de maricona era mi mamá con ella.

Después, Rocío comenzó a salir a fiestas con desconocidos.

En la residencia pasaba medicada —dice—. Yo me escapaba para poder tener acceso a drogas y hacer plata (prostituirme). No era con personas dentro de la residencia, sí era gente de afuera con la que me relacionaba.

Rocío no hablaba con cualquiera dentro del CREAD Pudahuel. Una de las pocas personas en quien confiaba era una trabajadora social del Programa Especializado en Explotación Sexual (PEE). V240 logró ubicarla para esta investigación. Pide que la llamen Almendra para resguardar su identidad. A ella solía contarle qué hacía cuando se fugaba.

—En una ocasión, sentadas en el patio del CREAD Pudahuel, me dijo: “Tía, me fui a carretear, anduve en Lo Barnechea con unos cuicos. Me llevaron a pasear en los medios autos”. También me contó que una vez la trasladaron a un hotel con los ojos vendados y la hicieron subir por unos estacionamientos. Me dijo: ‘Nadie me preguntó algo de mí o si era menor de edad. Había una cantidad de droga inimaginable, gente con mucha plata”.

Almendra todavía recuerda esas conversaciones.

—Estaba accediendo a un mundo que, para ella, era maravilloso. Pero es un mundo donde no existe, porque es invisible: las víctimas de explotación sexual no existen para nadie. Por mi trabajo, aún me topo con gente que no cree que haya niñas de 14 años en el comercio sexual, y menos que existan personas que van en autos de lujo a buscar niñas en situación de calle. Y sí las hay. Ocurre en Maipú, Pudahuel y Renca. Las trasladan entre comunas como trata de personas y las mantienen incomunicadas.

Rocío lo confirma:

Varias veces vi que compañeras del CREAD se arrancaban para salir a prostituirse. La mayoría lo hacía. Era con gente con plata o narcos.

Cada vez que una adolescente se escapaba, el CREAD Pudahuel debía denunciar una presunta desgracia en el 1er Juzgado de Garantía de Santiago. En su historial, según constató V240, Rocío registra más de 30. Almendra asegura que en más de una ocasión realizó esa gestión en Carabineros e, incluso, entregó direcciones de los lugares donde se realizaban esas fiestas.

—Uno canalizaba esa información para que se desplegaran acciones de búsqueda, pero la mayoría de las veces eran infructuosas, porque los carabineros no se movilizan por estos casos. Les llegan las órdenes de búsqueda y se acumulan, una tras otra, arriba de los escritorios. Era lo único que podíamos hacer, junto con mantener la esperanza de que íbamos a encontrar a las jóvenes.

Sofía relata un episodio similar. Asegura que su hermana Rocío le habló de un hombre adulto con el que se reunía a cambio de dinero:

—Había que sacarle las cosas a la fuerza, pero me contó de un tipo que tenía relaciones con el tráfico (de drogas). Rocío iba, le daba plata o le llevaba niñas. Había cabras que le comentaban, “pucha, no tengo plata” y ella les decía: “Ya, amiga, mira, yo conozco a alguien, vamos”. Eran para él y les pagaba.

No era la única involucrada en la residencia. En junio de 2021, los casos de explotación sexual comercial en el CREAD Pudahuel salieron a la luz tras la desaparición de una adolescente y la denuncia que realizó la magistrada Mónica Jeldres. El hecho, que escaló hasta organismos internacionales, generó revuelo entre las autoridades judiciales y varias niñas, consideradas como “los casos de mayor gravedad”, fueron trasladadas a otras residencias. Rocío fue una de ellas.

Quien dirigía la residencia en ese período era María Jesús Avello. Dice que las redes denunciadas no operaban desde el interior del CREAD Pudahuel ni involucraban a sus trabajadores. Por el contrario, sostiene que fueron los propios funcionarios quienes denunciaron los casos y colaboraron con las investigaciones.

—Es una diferencia relevante porque, cuando hablamos de responsabilidades, fuimos partícipes tanto de denuncias como de testigos en causas (penales), con el fin de aportar, resguardar y proteger a las adolescentes.

Según Avello, muchas jóvenes ingresaban al CREAD después de haber sido captadas por redes de explotación y, una vez dentro de la residencia, terminaban involucrando a otras adolescentes.

—Había jóvenes que ya venían siendo parte de estas redes. Entre ellas se compartían contactos y aparecía alguien que les decía: “Yo sé cómo puedes conseguir plata”. Ahí comenzaban nuevas captaciones.

Para intentar evitarlo, el CREAD mantenía separadas a las adolescentes recién ingresadas de aquellas que ya presentaban ese tipo de antecedentes.

—Había que tratar de resguardarlas lo máximo posible. Finalmente, entre ellas se llevaban a conocer este tipo de situaciones con adultos inescrupulosos que buscan adolescentes en una situación de vulnerabilidad. Les ofrecían dinero a cambio de algún tipo de actividad sexual, como fotografías u otras cosas más gravosas. Se pasaban el dato. Por eso nos preocupábamos tanto de la socialización que podían tener entre ellas.

***

Después de la denuncia en el CREAD Pudahuel, Rocío, de 16 años, junto a otras adolescentes, fue trasladada a la Residencia Familiar Macul e ingresó a un nuevo Programa Especializado en Explotación Sexual (PEE), a cargo de la Fundación Ciudad del Niño.

Allí la conoció Camila —quien solicitó resguardar su identidad—, una de las profesionales del PEE. Por el contexto que vivieron las adolescentes en su antigua residencia, explica que el programa tomó una decisión: no realizarles intervenciones individuales y unirlas a un grupo con otras jóvenes.

—El objetivo era que constituyeran una red de apoyo, encontrarse con adolescentes que habían vivido situaciones parecidas.

En un principio, dice que Rocío mostró adherencia al programa e intentó retomar sus estudios, ya que su último nivel escolar era quinto básico. Sin embargo, seguía escapándose de la residencia. Una de esas huidas ocurrió en abril de 2022, pocos días antes de cumplir 17 años. Según el testimonio de una cuidadora, incluido en una denuncia por presunta desgracia en el 13° Juzgado de Garantía de Santiago, Rocío se fugó después de que se le negara una salida nocturna:

“Se molestó y se escapó saltando la reja perimetral. Luego, a las 22:00 h, se toma contacto con Rocío y manifiesta que se encuentra esperando un Uber para trasladarse a la comisaría. Sin embargo, al no tener más noticias, se le llamó nuevamente cerca de las 00:00 h, sin que atendiera su celular, por lo que se concurre a realizar la denuncia”.

Tres semanas más tarde, detectives de la Brigada de Ubicación de Personas se comunicaron con Rocío a través de una videollamada. La adolescente les dijo que estaba viviendo en Rancagua con su pololo, que se encontraba en buenas condiciones de salud y que no había sido víctima de delito.

Otras veces Rocío se escapaba de la residencia para ir a la casa de su hermana. Sofía recuerda que la veía manejar grandes sumas de dinero que gastaba en cremas y ropa. También dice que conversaba con ella para que retomara sus estudios y que se cuidara de las personas con las que se reunía:

—Rocío siempre ha sido una persona amorosa, tierna y atenta. El problema es que le dan un poco de atención y listo: por eso hacen y deshacen, todo el mundo se aprovecha de ella. Le decía que tenía que marcar distancia y fijar sus límites, pero a la más mínima muestra de amor, ella caía rendida.

En abril de 2023, Rocío cumplió la mayoría de edad. No asistía a clases, pero al estar inscrita en un establecimiento educacional pudo seguir viviendo en la Residencia Familiar Macul. Después de casi dos años en el lugar, no mostraba mejoras ni avances en su proceso de reparación. Lo mismo ocurrió en el PEE. Camila, profesional del programa, recuerda que Rocío se negaba a participar en las intervenciones por un factor que se repite en la mayoría de los casos: no identifican lo sucedido como un problema.

—Cuesta muchísimo que logren comprender que llegaron ahí por una situación de vulneración de derechos. Existe una validación muy grande cuando la explotación sexual se da en dinámicas de relación afectiva. Como son jóvenes que están abandonadas por sus familias y no cuentan con redes de apoyo, constituyen esta figura como la única importante en sus vidas. Muchas veces les dan techo, comida o les solventan el consumo de droga, entonces generan un nivel de dependencia importante (…). Rocío nunca comprendió que la dinámica en la que estaba era abusiva. Al no hacerlo, para ella no tenía ningún sentido estar en el programa —agrega Camila.

El último registro de Rocío en la Residencia Familiar Macul es de mayo de 2023. Se trata de una denuncia por presunta desgracia presentada por una educadora en el 13.º Juzgado de Garantía de Santiago. Según su relato incluido en la causa, Rocío “coloca una silla justo al frente de la puerta de ingreso principal de la residencia, salta al exterior y huye en dirección desconocida. Se hace presente que la adolescente manifestó textualmente: ‘Me voy a ir a carretear y no voy a volver’”.

Rocío cumplió su palabra.

En paralelo, el Programa Especializado en Explotación Sexual (PEE) recomendaba al Tribunal de Familia egresar a Rocío, ya que no mostraba adherencia al programa y, además, había cumplido la mayoría de edad. V240 tuvo a la vista el informe de egreso de la Fundación Ciudad del Niño. Allí se lee que Rocío señaló a los profesionales que los programas no la habían ayudado “lo que podría deberse a la sobreintervención que la adolescente ha vivenciado desde su primera infancia e historia de institucionalización”.

En el mismo documento también se mencionan los puntos críticos de Rocío: “No logra generar avances en su proceso de resignificación de las dinámicas abusivas; su situación emocional inestable no permite establecer una intervención continua que permita profundizar sus vulneraciones; no cuenta con una red familiar disponible para acompañar el proceso de resignificación como víctima de explotación sexual comercial y abandona el proceso educativo, lo que la expone al riesgo de presentar exclusión escolar”.

Poco después, Rocío dejó de ser responsabilidad del Estado. Con los antecedentes de abandono, su causa en el sistema de protección se cerró.

***

Rocío tiene hoy 21 años. V240 la entrevistó en distintas ocasiones para reconstruir su historia. Sin embargo, igual que durante su adolescencia, llegó un momento en que dejó de responder las llamadas y los mensajes. También desactivó el aviso que mantenía en un sitio web donde se promocionan escorts.

Sofía sí mantiene contacto con ella. Está sentada en el living de su casa, una sala pequeña y organizada. Los juguetes de su hijo menor están guardados en un canasto y en la cocina tiene una pizarra con una lista de tareas pendientes. Explica que esa dinámica es parte de un orden que le ha permitido formar una familia donde no se repitan los mismos patrones de crianza que recibió. Cuenta que su hermana Rocío actualmente vive con su madre junto a otros familiares.

—Le cobran arriendo y tiene que pagar luz y agua. No le dan comida y, si necesita prepararse algo, no le prestan la cocina. En el refrigerador no puede sacar las cosas de los demás. Es como una inquilina. Están todo el rato tratando de cagársela.

Sofía confiesa que sabe a lo que se dedica su hermana. Evita decir la palabra, ya que sus hijos están rondando por la casa. Allí, en más de una ocasión, invitó a Rocío a vivir. También le pagó un instituto para que retomara sus estudios de enseñanza básica, pero nunca los terminó.

—A mí me rompe el corazón saber que ella… prefiero mantenerla. Incluso le dije que si no quería trabajar y levantarse a las tres de la tarde, no me importaba, pero que no lo hiciera más. A veces me llamaba porque estaba mal, quería dejar de hacerlo. Pero me decía: “No me da, no puedo encontrar otra pega, me da miedo estar sola”. Está desenvuelta en ese mundo, le cuesta mucho salir. Las juntas y las ansias hacen que Rocío se abrume cuando se le presenta algo mejor. Está acostumbrada a eso: a pensar que no se merece algo bueno.

Luego cuenta que, en el último tiempo, Rocío también ha desaparecido por algunos días, pero siempre vuelven a tener contacto. Dice que los lunes son los días en que pueden tener una comunicación más fluida.

—Ella trabaja de martes a domingo en eso… Sale a la calle en Maipú. Alguien la maneja en ese sector.


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