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El regreso del hambre

La crisis sanitaria provocada por el Covid-19, no solo ha traído miles de muertes en el país. La pérdida de empleo y el aumento de precios trajeron consigo un fenómeno que hace más de dos décadas parecía olvidado: el hambre. Familias que reportan niños con desnutrición, que deben elegir entre las comidas del día porque no alcanza para todas, hasta incluso decidir despertar a sus hijos más tarde para que no sientan la falta de alimentos.

Investigación: Ignacio Aguirre Rojas, Luna Angel, María José Gómez, Miguel Ángel Martínez, Javiera Pérez M. y David Tralma.
Ilustraciones: Cristián Rojas Rebolledo
Edición: Cecilia Derpich y Paz Fernández

31 Agosto 2021

“Buenos días tía (mi hijo) no se va a poder conectar por algo personal. Me da pena contarle pero le voy a decir para que no piense que faltó por flojo. Hoy no tengo pancito para que tome desayuno y para el almuerzo tengo arroz para hacer un arroz no más solito … así que para que no pase hambre no lo quiero despertar temprano. Le agradecería mucho su comprensión y si me pudiera mandar lo que están haciendo para hacerlo a lo que despierte y mandarle fotos de las tareas”.

En abril de este año, Tania Silva (32), profesora del colegio Manuel Rodríguez de Rancagua, recibió un mensaje que la dejó sin palabras. María Pilar Núñez, madre de uno de sus alumnos, le avisaba que despertó a su hijo más tarde para que no pasara hambre.

Ante la impotencia, la docente compartió una fotografía del mensaje en sus redes sociales, pero nunca pensó que se viralizaría. “Era más que nada el descargo y la rabia, para que la gente supiera que esto de que la pobreza no existe en Chile es mentira”, dice Silva.

Ella cuenta que en su colegio muchas familias han evidenciado problemas económicos que derivan en la falta de alimentos para los menores. Según comenta, antes de la pandemia, los estudiantes recibían tres comidas diarias en el colegio. Hoy, muchas veces no tienen ni para desayunar. Tania reconoce que antes a la crisis sanitaria. “el interés de muchos papás y mamás no era que sus hijos aprendieran, sino que tuvieran la comida segura”, algo que no fue posible asegurar durante la cuarentena.

Dentro del establecimiento donde trabaja Tania Silva, muchas familias quedaron sin ingresos producto de la falta de empleos, lo que precarizó aún más sus condiciones de vida. “Hay niños que antes de la pandemia ya no tenían zapatos, no tenían ropa, no tenían alimentación. Son niños que continúan prácticamente abandonados”, afirma la profesora. 

Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en el trimestre mayo-julio de 2020, la tasa de desocupación alcanzó un 13% a nivel nacional, la cifra más alta de la última década. Actualmente los índices han mejorado, pero se calcula que más de un millón de personas aún no recuperan sus trabajos. 

Giuliana Choque (43) es de nacionalidad peruana. Su marido quedó cesante en plena pandemia.. Ambos viven con su hija en un campamento de Alto Hospicio y durante 2020 tuvieron que mantener a un sobrino y un hijo de Giuliana, quienes viajaron desde Perú y no pudieron devolverse por el cierre de fronteras. 

En ese entonces, la familia ya se alimentaba gracias a comedores populares. Giuliana explica que el aumento de precios fue uno de los factores que complicaron más la situación: “Las cosas básicas que uno necesita, arroz, aceite y azúcar, subieron muchísimo de precio. Si antes costaban $500 o $600, con la pandemia empezaron a costar $1.000 o $1.500”.

La combinación entre desempleo y aumento de los precios se tradujo en problemas alimentarios para la población más vulnerable. Según la Encuesta Social Covid-19, desarrollada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el INE y el Ministerio del Desarrollo Social y Familia, en julio de 2020, casi uno de cada tres de los hogares consultados (33,7%) afirmó que no les alcanzaba el dinero para cubrir sus gastos alimentarios. En noviembre del mismo año, esa cifra había bajado apenas a un 26,6%.

Para la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, (FAO), el hambre o subalimentación es “una sensación física incómoda o dolorosa, causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria” y según datos del mismo organismo, 811 millones de personas a nivel mundial se encontraban en esta condición durante 2020.

En Chile,de acuerdo al informe 2021 realizado por la FAO en colaboración con otras organizaciones internacionales, la población que sufrió hambre superó los 600.000 habitantes entre 2018 y 2020, lo que significa un aumento de 57.000 personas en comparación con los datos registrados entre 2004 y 2006 (últimos datos de comparación disponibles). 

La FAO analiza además la cantidad de personas que vive con inseguridad alimentaria, un indicador que mide el acceso de la población a suficientes alimentos nutritivos que permitan llevar una vida saludable. En el caso de Chile, alrededor de 3,4 millones de personas estuvieron en situación de inseguridad alimentaria moderada-grave entre 2018 y 2020. 

Estos índices no afectaron a toda la población por igual. Según los datos de la Encuesta Social Covid-19 (Ministerio de Desarrollo Social), las mujeres, los quintiles más bajos y los habitantes de las zonas centro y sur del país han sido los más afectados durante la pandemia en términos alimentarios.

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Para María Elena Jiménez (61), quien vive con su hijo de 19 años en Santiago Centro, el inicio de la pandemia fue una época muy dura: “A veces comíamos arroz pelado porque no había para carne o para un huevo”. Las condiciones sanitarias no le permitían salir a trabajar y se pudo mantener gracias al apoyo de fundaciones.

Además de la falta de alimentos, María Elena Jiménez tenía deudas que la dejaron 3 meses sin agua y otro mes sin luz. Con el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) ha podido pagar sus cuentas, pero el beneficio no le alcanzó para nada más y los $60.000 que recibe mensualmente por cuidar adultos mayores no son suficientes para pagar una alimentación completa y saludable para ella y su hijo. 

“Ahora como que nos hemos estado arreglando porque me han ayudado a ver el IFE y todas esas cosas. Hemos estado recibiendo esas ayudas, pero eso va más que nada para pagar cuentas, contribuciones y pare de contar porque no, no es mucho lo que uno recibe”, lamenta. 

 

Inseguridad alimentaria infantil

Como profesora del colegio El Principito, en la comuna de El Bosque, Natalia Godoy ha evidenciado los problemas económicos de las familias de sus estudiantes desde la llegada de la pandemia. “He tenido apoderados muy angustiados, se han acercado a solicitar ayuda en alimentos porque no tienen qué comer”, comenta la docente. 

Cada dos semanas el colegio recibe cajas de alimentos de la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (Junaeb) para que sean entregadas a las familias de los estudiantes beneficiados. Aún así, Natalia Godoy insiste en que esta ayuda no es igual para todas las familias: “La verdad son bien inestables en cantidad y porciones”, recuerda la docente sobre algunas canastas donde se entregaban doce huevos, mientras que en otras con suerte venían 6. Junaeb fue consultada por V240, pero hasta el cierre de la edición, optaron por no entregar su versión sobre este tema. 

De acuerdo con el Mapa Nutricional 2020 –encuesta que desde 2009 realiza la Junaeb para medir el estado nutricional en los estudiantes de los colegios públicos del país— cerca de un 3% de los estudiantes de todos los niveles educativos presentaron una tendencia a la desnutrición durante el primer año de la pandemia. Según estos datos, por lo menos 19 mil familias reportan que sus hijos estarían en estado de desnutrición.

Por otra parte, los indicadores de malnutrición de Junaeb muestran que cerca de un 5% se encuentra bajo peso y más del 25% de los y las estudiantes está sobre la línea de la obesidad.

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Por ello, cuando se dieron a conocer estas cifras, Francisco Pérez, director del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), planteó su preocupación ya que por primera vez en más de 20 años, estaban aumentando los índices de malnutrición en Chile. 

Según Pérez, el principal factor que genera condiciones de malnutrición es la pobreza y puntualiza que “si tú miras los resultados de la encuesta Casen, Chile pasó de un 8,6% de población bajo la línea de pobreza, en 2017, a un 10.8% en 2020”.

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Desde que se quedó sin trabajo hace cerca de dos años, los ingresos de Gonzalo Escobar (43) dejaron de ser estables. Como supervisor de marketing recibía un sueldo de $700 mil pesos líquidos, monto que hoy como conductor y repartidor en aplicaciones, se ha reducido a menos de la mitad, dice. 

La mayor preocupación de Gonzalo Escobar son sus hijas, de 10 y 12 años. Frente a la baja de ingresos vieron modificadas sus comidas diarias. ”Cuando se podía, era desayuno, almuerzo y cena… en realidad era lo que sobraba del almuerzo que lo podíamos comer en la noche”, recuerda.

Según el director del INTA, el problema de la malnutrición en Chile es tanto por déficit como por exceso, siendo este último más notorio por el aumento en las tasas de obesidad en el país. Aún así, el académico insiste en la preocupación por el alza de la desnutrición infantil, “ya que son alrededor de 19.000 niños los que se encuentran en esta condición actualmente”. 

El cierre de colegios, liceos y jardines infantiles ha sido otro factor en el aumento de la malnutrición de niños y niñas. “Tienes que pensar que hay niños que toman desayuno, almuerzo y una colación de once en el colegio porque no la tienen en la casa y eso ataca los dos problemas porque entrega una nutrición equilibrada para el que está desnutrido y para el que está con sobrepeso”, indica Pérez. 

Fernando Monckeberg, fundador del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) y la Corporación para la Nutrición Infantil (CONIN), organismos que fueron clave en la erradicación de la desnutrición y mortalidad infantil desde la década de los sesenta, destaca que la malnutrición en los primeros años de vida de los niños altera el desarrollo de sus órganos y su potencial genético. “Esas lesiones significan un bloqueo en los procesos metabólicos y del crecimiento”. 

Monckeberg aclara que todos los programas en favor de la alimentación infantil, incluso en la década de los sesenta cuando se buscaba erradicar la desnutrición, iban ligados al ambiente escolar de las y los niños. Según explica, “el truco era saltarse la familia y llegar directamente a la boca del chiquillo”, lo que ahora es imposible debido a la falta de presencialidad en las instituciones.

Tal como comenta Monckeberg, las políticas alimentarias del siglo XX apuntaban principalmente a la población infantil y fue gracias a ese enfoque que a fines de la década de los ochenta se comenzó a considerar que la desnutrición estaba erradicada en el país.

 


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