Una muerte anunciada a los 35 años
Más de 45 mil personas en Chile se identifican como trans. Pero, según los estudios, muchas no alcanzarán los 35 años. Aquí, tres historias que revelan que la discriminación, la precariedad y la violencia son la principal causa de muerte de esta población.
Por Almendra Rosales y Valentina Pérez
7 de Julio de 2026
Francisco Flores ha visto morir a varias de sus amigas. No por enfermedades ni por accidentes. Han muerto por ser trans, dice. Se queda en silencio cuando las recuerda. Está sentado en un café, con una polera negra holgada y unos jeans gastados del mismo tono. Mantiene las manos bajo la mesa, aunque las mueve constantemente mientras habla. Tiene 34 años.
—Algunas fallecieron y otras se siguen prostituyendo —afirma con amargura.
Cuenta que cuando era adolescente, conoció mujeres trans que se inyectaban parafina para tener pechos. “Era muy brígido”, recuerda. Pero lo que más lo marcó, fue la historia de una amiga en particular: Ámbar
—Trabajaba en el circo, en “El show del Tata”. Después se empezó a prostituir. Tuvo una infancia súper difícil, no alcanzó a terminar octavo básico porque la echaron de la casa, ya que se presentaba como “ella” desde muy chica. Terminó viviendo con la abuela, pero ella tampoco la aguantó —relata.
Dice que Ámbar terminó viviendo en la calle, alcohólica, drogadicta y que hace un par de años murió de hipotermia en la calle. Tenía 26.
La historia que cuenta no es inusual.
En América Latina, la expectativa de vida de la población cisgénero —personas conformes con el género con el que nacieron— supera los 75 años. En cambio, la de las personas trans rara vez alcanza los 35, según informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Red Latinoamericana y del Caribe de Personas Trans.
ALEGRÍA POR SOBRE TODO
Cuando Francisco habla de Ámbar, su relato oscila entre la risa y la melancolía. La conoció en su adolescencia, cuando ambos tenían alrededor de 15 años y las fiestas en la Blondie eran un espacio de expresión para las disidencias. “En esa época era media dark, media gótica, se ponía corset y se presentaba como ‘ella’ desde chica”. Ahí se hicieron amigos y frecuentaban los mismos espacios, al menos por un tiempo.
Ámbar era de tez morena, alta y tenía un rostro marcado por unas cejas prominentes y labios gruesos. Su pelo era negro y cubría toda su espalda con abundantes ondas. Pero su sonrisa hacía que destacara en todas partes. “Eso es lo que más me acuerdo, era muy chistosa, te la pillabas y era muy de, uy que te ves regia, maravillosa, estupenda, oye, hueona, pero qué culazo. Era muy animosa, muy simpática”, recuerda Francisco.
Según dice, la vida de Ámbar estuvo marcada desde temprano por el rechazo familiar. La relación con sus padres fue conflictiva y su paso por el colegio quedó truncado. “Los papás la discriminaban caleta, después vivió con la abuela y ella tampoco la aceptó. Bastaba con que saliera como ‘ella’ para que fuera pelea segura. A veces no la dejaban quedarse a dormir, y se quedaba dando vueltas en la calle hasta el otro día”.
A pesar de ello, Francisco insiste en que Ámbar “siempre fue bien amujerada. Andaba con el pelo largo, usaba petos, siempre preocupada de cómo se veía. Eso, a pesar de que era alcohólica y drogadicta”.
El alcohol comenzó a ocupar un lugar central en su vida. Las fiestas, las salidas y la precariedad, relata, la fueron empujando hacia el consumo. La vio deteriorarse de a poco, a través de encuentros breves y, muchas veces, inesperados. “Una vez me la encontré en la micro. Iba súper curada. Me dijo: ‘Hueón, ¿en serio erís tú?’. Yo le pregunté qué hacía ahí y me respondió: ‘Tomando, po’, como siempre’. Le dije que parara y me contestó: ‘Jamás’”.
Para sobrevivir, trabajó en lo que tuvo a mano. Según recuerda Francisco, pasó por distintos espacios: un circo donde compartió con otras mujeres trans, algunos trabajos esporádicos y la prostitución. No cree que haya sido una decisión libre. Piensa que más bien fue una salida forzada frente a la falta de oportunidades. “Si no tienes las oportunidades ni las herramientas, vas a lo que puedes, nomás”, resume.
Con los años, la calle empezó a volverse su rutina. No recuerda fechas exactas, pero sí momentos, donde la vio rondando cerca del metro Grecia, en plazas y en distintos puntos del sector. Calcula que estuvo tres o cuatro años siendo indigente. Rememora la impotencia de verla ahí y no saber qué decirle ni cómo sacarla de ese lugar. “Yo hablaba con mi vieja, le decía, me da lata por la Ámbar, no poder hacer nada, porque tratar de ayudar a alguien así, también es complicado”, admite.
Aun así, Francisco no la recuerda con tristeza. Insiste en que, incluso en sus momentos más duros, seguía riendo, bailando en la calle y llamando la atención con su presencia. ”Si podía bailar en la calle, lo hacía, se pegaba el show, no estaba ni ahí”. Para él, esa alegría era lo que más la representaba. “Para haberla pasado tan mal, fue una persona muy alegre”.
Ámbar murió a los 26 años, cerca del metro Grecia. Pasó sus últimas noches en el mismo lugar donde años antes bailó y fue ella misma. Falleció a la intemperie, a causa de una hipotermia.
Según un informe sobre pobreza de Organizando Trans Diversidades (OTD), 55% de la comunidad trans en Chile se encuentra desempleada. Además, 71% de las mujeres trans y 70% de hombres trans no cuentan con dinero suficiente para cubrir sus necesidades básicas.
LAS HORMONAS
Francisco recuerda su primera inyección de testosterona. “Me dolió más que la conchesumadre”, dice entre risas. Era enero de 2020 y después de dos años finalmente se decidió. “Le conté un par de días antes a una amiga Tens y ella se ofreció a ayudarme”, dice.
Cuando llegó a la casa de su amiga, que vivía con su pareja, le preguntaron cómo se sentía. “Estaba súper nervioso”, recuerda. Para relajarse, conversaron, tomaron un par de cervezas y bailaron un poco. “Después fumamos unos pititos, me acosté en el sillón y ella me inyectó las hormonas”, relata.
“La inyección me acuerdo que era helada, dolía y sentía como se escurría por mi pierna. Me sentía eufórico, quería ver cambios ya, no quería esperar. Recuerdo que hablaba con otro amigo que había empezado la testosterona seis meses antes, así que él ya tenía algunos cambios, como esas pelusitas que salen en la barbilla, como cuando se es adolescente, cosas así”.
Poco a poco, los cambios se fueron notando en su cuerpo, marcando el comienzo de un proceso que había esperado durante años.
El acceso a tratamientos hormonales en el país se realiza tanto por el sistema público como por el privado. Aunque los procedimientos son similares, pueden variar según cada persona. De acuerdo con el Ministerio de Salud, los centros deben considerar una evaluación que determine el estado de salud general y la competencia de la persona para recibir el tratamiento. Esto incluye exámenes asociados a riesgos hepáticos y cardiovasculares, además de la lectura y comprensión de un consentimiento informado que detalle los beneficios, efectos y riesgos del tratamiento.
Francisco es un caso poco común. A sus 34 años cuenta con el apoyo de su madre, estudia para ser técnico en sonido y tiene amigos que lo respaldan. No todas las personas trans pueden decir lo mismo. Su amiga Ámbar no contó con ese apoyo, y esa diferencia selló su destino.
Para Nicolás Morales, vocero y psicólogo del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), el escenario de las personas trans en Chile es complejo y marcado por múltiples formas de exclusión. Sin embargo, bajo su criterio, las que enfrentan más dificultades son las mujeres trans: “Son las que están más expuestas a discriminación (…), suelen rechazarlas en los trabajos y ellas saben perfectamente que es por su identidad de género, y el tercer factor súper importante tiene que ver con el acceso a la salud”, el cual presenta barreras tanto en el sistema público, debido a su cobertura limitada, como en el privado, que requiere de altos costos que dificultan el acceso universal.
Morales también explica el fenómeno del cis-passing, es decir, la capacidad de una persona trans de pasar como cisgénero. “Los hombres trans suelen pasar más desapercibidos”, señala. Sin embargo, advierte que esta relativa invisibilidad no supone una vida libre de violencia, sino una forma distinta de exposición.
Según Javiera Barros, ginecóloga experta en identidad de género, si bien algunas personas pueden pasar “inadvertidas” debido al fenómeno del cis-passing, esto depende de ciertos factores: “Todo depende de si la persona tuvo desarrollo puberal. En ese caso, es lógico que se note más, ya que el cuerpo creció de otra manera, los huesos se desarrollan de forma distinta, la voz es diferente y existen características que la terapia hormonal no puede cambiar ni revertir”, explica.
UN FUTURO PARA ELLA
Aurora caminaba por la Alameda hacia la universidad. Buscaba la pequeña caja de audífonos perdida en el caos de su mochila. Vestía pantalones anchos, un peto que dejaba el piercing de su ombligo a la vista y un chal que cubría sus hombros.
Se detuvo cuando el semáforo dio rojo y, de repente, como solía ocurrir, empezó a sentir las miradas curiosas sobre su rostro anguloso, sus pómulos marcados y su barbilla prominente, recién afeitada. Hasta que el semáforo cambió de color y ella siguió su camino.
Pero cuando empezó a colocarse los audífonos, un hombre que venía desde la acera de enfrente la miró directamente y le gritó en la cara:
—¡Maricón!
Esa fue la primera vez. No sabe si será la última.
Aurora estudia cuarto año de Pedagogía en Francés y quiere seguir con Turismo para utilizar el idioma.
Aurora tiene 22 años y, aunque no ha sufrido más agresiones de este tipo, las probabilidades están en su contra. En Chile, los casos de odio contra la población LGBTIQ+ aumentaron un 78,7 % en 2025 en comparación con 2023, según un informe de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres.
“Nunca he llegado a ser discriminada como tal, o aún no, espero que no, pero claro, (…) en Latinoamérica ser una diversidad es vivir en una desilusión constante”, dice.
Una de las medidas que ha llegado a tomar por precaución, es anteponerse a conocer los lugares que visite. Si el local es desconocido, revisa detalladamente la ruta desde su departamento en Ñuñoa, hasta la dirección donde se dirige, si debe tomar metro, micro o auto, por qué calle doblar, caminar, y cuánto tiempo demora. Eso, además de ver qué hora del día es, “no es lo mismo de noche que de día”, comenta.
Estas medidas se han vuelto parte de su rutina, maneras de cuidarse que, aunque de alguna manera la limitan, también le permiten sentirse segura.
A pesar de ello, habla de otros espacios donde logra sentirse más tranquila. La universidad, por ejemplo. Estudia cuarto año de Pedagogía en Francés y quiere seguir con Turismo para utilizar el idioma. Su percepción del mundo ha cambiado ahora que también está su pareja, Tomás, un hombre trans que la entiende de una manera que pocas personas harían, dice. “Él también conoce lo que es habitar un cuerpo que siente ajeno”.
Aurora no esquiva hablar de su familia. Reconoce que no todo ha sido perfecto con algunos de sus parientes, pero con los años ha logrado afianzar lazos. Sobre todo con su mamá. “Cuando voy a Valparaíso hablo mucho con mi mamá y siento que desde que empecé a transicionar, mi relación con ella ha florecido aún más. Ahora es como, te amo y te extraño”.
Tiene hermanos pequeños. Y ahora le gustan los niños. Quizás por eso, cuando imagina su futuro, no lo hace sola. “Quisiera tener una casita grande, linda en Valpo o tal vez en el sur. Me gusta la idea de tener una familia. Siento que eso sanaría partes de mí. Muchas más de las que puedo imaginar en este momento”.
Cuando se le menciona la expectativa de los 35 años, dice que esa cifra no la representa, que aún tiene demasiadas cosas por hacer. Aurora no usa la palabra sobrevivir. Habla de seguir viviendo.
Este reportaje fue realizado durante el curso Taller de Reportajes Interpretativos, del profesor Gazi Jalil, y editado por V240
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