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Cabras a la playa: la angustia de un criancero por salvar a sus animales
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Cabras a la playa: la angustia de un criancero por salvar a sus animales

Una mañana de junio, las playas de La Serena y Coquimbo amanecieron llenas. Pero no eran turistas los que la copaban: más de 250 cabras eran arreadas en un viaje de 22 kilómetros en busca de alimento y agua. La historia de Patricio Rojas es la de decenas de crianceros de la Cuarta Región forzados a la trashumancia para evitar la muerte de sus animales.

Por Gerónimo Elordi y Sebastián Ruiz de Gamboa

21 Diciembre 2020

Eran las 9 de la mañana del sábado 27 de junio y la temperatura no superaba los 16°C en Caleta San Pedro (Región de Coquimbo). Pese al frío, la playa de esa localidad, que por esas fechas suele asemejarse más bien a un desierto, estaba llena de cabras. Eran cerca de 250. Al frente del rebaño, el criancero Patricio Rojas (44 años) iniciaba a caballo una travesía de arreo de más de 20 kilómetros a través de las playas de Coquimbo, en busca de alimento y agua para sus ya maltrechos animales. 

Rojas no tenía otra alternativa si quería salvar a su ganado o lo que quedaba de él. Solo en el último año, se le habían muerto más de 100 animales por la severa sequía que azota a la Región de Coquimbo desde hace más de una década. Desde enero de 2008, varias comunas han sido decretadas zona de escasez hídrica por la Dirección General de Aguas (DGA) y, desde noviembre de 2018, el mismo decreto pesa sobre toda la región. 

Sin agua, la vegetación de la parcela de Patricio Rojas en la comuna de Vicuña desapareció y con ello los pastizales que servían de alimento para sus cabras. Poco antes del viaje por las playas de La Serena, ya se había desplazado desde Vicuña hacia Caleta San Pedro, donde armó un rancho provisorio para sus animales. “No había otra opción”, explica. 

Datos obtenidos por Transparencia del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), indican que entre los años 2011 y 2019 el Estado ha desembolsado más de $2.800 millones en la compra de forraje para animales en todo Coquimbo. Es la región del país donde más se concentra el gasto desde el gobierno central en este ítem.  

CRUZAR LA COSTA

No era la primera vez que Patricio Rojas enfrentaba una situación así. En otras ocasiones, ante la falta de agua y alimento para sus animales, optaba por contratar un camión para trasladarlos a otro predio dentro de la misma región. Cada viaje le costaba $300 mil, pero ahora, sin ingresos hace meses, no tenía cómo pagarlo.

Ante la desesperación, le dijo a su familia: “me arriesgo y me voy por la playa, pesco las cabras y me las llevo por ahí. Es la única alternativa que me queda”. 

El trayecto no era sencillo. Desde Caleta San Pedro a Rinconada El Sauce, donde llevaría a sus animales, hay 22 kilómetros de distancia. Además, la Ley de Tránsito prohíbe dejar animales sueltos que puedan obstaculizar la circulación de vehículos. El 27 de junio de 2020, Patricio emprendió el viaje con las 250 cabras por las playas de la región de Coquimbo. “No estaba seguro si podía o no pasar por ahí, porque al final en ese tema era bastante ignorante”, comenta meses después del episodio.  

Cientos de cabras iban dejando sus huellas en la arena mientras el criancero marchaba al costado en su caballo. Los primeros 30 minutos del recorrido fueron tranquilos, pero los problemas no tardaron en llegar. Al pasar por el Faro Monumental de La Serena, una de las postales más icónicas de la ciudad, funcionarios de la Armada se acercaron a Rojas y le dijeron que tenía que devolverse, ya que estaba prohibido circular por las playas con animales. “Tengo todo mi rancho desarmado y ya no tenemos nada que darles a las cabras, entonces tengo que salir a buscar a otro lado”, les dijo. 

Cientos de cabras recorrían las playas de la región de Coquimbo. Créditos: Robert Walton

Al ver que el criancero se rehusaba a detener su avance, los oficiales de la Armada llamaron a la Capitanía de Puerto de Coquimbo, quienes insistieron en que los animales debían salir inmediatamente del borde costero. La escena sorprendió a algunos habitantes de la ciudad que se agolparon a ver al batallón de cabras en la arena. 

–¿Y qué es lo que más afecta del paso de las cabras?  –le preguntó a uno de los oficiales. 

–La basura que van a dejar –le respondieron. 

El criancero miró a su alrededor y vio que había bolsas y latas en el suelo. 

–¿Qué hace más daño, un montón de basura, latas y bolsas o lo que van dejando mis cabras? El guano dura tres días y se disuelve –les dijo.

Patricio Rojas cabalga al costado de su ganado mientras cruza el borde costero. Crédito: Lautaro Carmona

Finalmente, Carabineros escoltó a Rojas y su ganado hasta la quebrada El Culebrón de Coquimbo, lugar en el que dejó atrás las carreteras, la playa y la congestión vehicular. Fue citado a declarar al día siguiente por la Capitanía de Puerto de Coquimbo, donde fue amonestado verbalmente por “efectuar trashumancia de 250 cabras por terrenos de playa (…) sin informar a la autoridad marítima”.

“Si tuviera que volver a hacerlo, lo volvería a hacer”, dice Patricio Rojas. 

 

TRASHUMANCIA POR SEQUÍA

Hace cuatro generaciones que la familia de Patricio Rojas se dedica a la cría de cabras, mismo tiempo que llevan viviendo en Vicuña, ciudad de poco más de 25 mil habitantes ubicada en la provincia de Elqui, en la región de Coquimbo. 

Sin embargo, y a diferencia de la vida que le tocó a su bisabuelo, abuelo y padre, Patricio ha experimentado la sequía en carne propia. “En años buenos el pasto te llegaba hasta las rodillas, en estos años hemos tenido algunas lluviecitas y el pasto con suerte nos ha llegado hasta los tobillos o más abajo”, explica. 

El investigador en recursos hídricos del Instituto de Investigaciones Agropecuarias INIA-Intihuasi, Francisco Meza, sostiene que “con la sequía los crianceros están sufriendo mucho (…), porque la pradera se ha ido empobreciendo cada año un poquito más, entonces la capacidad de sostén es mucho menor de lo que ellos y sus abuelos estaban acostumbrados a ver”. 

Patricio vive con su esposa Mónica y sus dos hijas, Ximena y Ailén. Para él las cabras forman parte de su familia. “Puedo decir que mi familia somos nosotros cuatro más nuestras cabras”, señala. Por ello, ver morir a sus animales siempre lo golpea emocionalmente: “Ver que estos animales que nosotros criamos con tanto cariño se nos mueran, eso es lo más terrible de esta cuestión de los crianceros”, afirma.

Para el ingeniero forestal y académico del Departamento de Silvicultura y Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile, Antonio Vita, la sequía que afecta a la región de Coquimbo se explica por un concepto clave: la desertificación. Entre sus causas, dice, está la deforestación y el consumo de leña; el sobrepastoreo de animales; la expansión urbana; la sobreexplotación del agua y la agricultura en lugares no aptos, la que termina degradando los terrenos. 

“Los bosques esclerófilos de la zona de Coquimbo se están secando casi todos, lo que significa que en el futuro Santiago va a ser como La Serena, en donde predominan los arbustos, y Coquimbo va a ser como Atacama”, asegura Vita.

Dos oficiales de la Armada intentaron frenar el paso del criancero mientras su ganado avanzaba por las costas. Crédito: Lautaro Carmona

La desertificación y sus efectos han obligado a Patricio a convivir con la trashumancia. Al momento de la entrevista, estaba con su familia y un grupo de ocho vecinos crianceros en Rinconada El Sauce, el sector rural donde, tras cruzar las playas de La Serena, llevó a sus animales para evitar que murieran de sed y hambre. 

Ahí se quedaron tres meses viviendo en lo que él denomina “ranchitos”, pequeñas construcciones hechas en base a los materiales que tenga a disposición, como maderas o techos de carpas. “En esta cuestión de la trashumancia el criancero no puede tener un rancho estable porque nosotros tenemos que seguir lo que haya de verde para las cabras”, dice el criancero.

 

UN ADIÓS FORZADO

El ingeniero forestal Antonio Vita explica que uno de los efectos principales de la desertificación es la migración climática: “Las personas más afectadas son las que habitan los lugares más periféricos al desierto. Todo indica que los habitantes del altiplano chileno van a tener que irse de ahí, y en Bolivia pasa lo mismo. O sea, se va a despoblar la tierra”, explica. 

Vicuña es el lugar donde Patricio conoció a su esposa y tuvo a sus dos hijas. También donde su padre, su abuelo y bisabuelo arrearon su ganado, aunque en campos mucho más verdes de los que hoy se pueden encontrar. Hoy está dispuesto a abandonar la región y comenzar una nueva etapa más al sur. 

“Ahí uno está seguro de que va a alimentar a sus animales, yo no saco nada con quedarme aquí”, comenta. 

Patricio Rojas cabalgando rumbo a Rinconada El Sauce, en el fondo se observa su hija y las olas de las playas de la región de Coquimbo. Créditos: Lautaro Carmona 

El problema es que el traslado a otro lugar implica un gasto que no puede costear: según sus cálculos, solo transportar a su familia y su ganado a la Región de O’Higgins le costaría $1.700.000 pesos. Sin dinero, la única alternativa que le queda para enfrentar los efectos de la sequía es desplazarse por la región con sus animales a la espera de que las condiciones climáticas mejoren.

La situación de los crianceros de Coquimbo es preocupante si se considera que, según la última Encuesta de Ganado Caprino (2017) de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA), en esa región se concentra el 70% de este tipo de ganado a nivel nacional. “Si sigue la situación así tal como está ahora, y de ahí póngale que vengan dos, tres años malos, ya no vamos a aguantar como crianceros. Nosotros tal vez vamos a desaparecer (…) esta situación se está poniendo insostenible para muchos”, se lamenta Patricio Rojas. 

Para el investigador Francisco Meza, quien actualmente se encuentra analizando el comportamiento hídrico de las cuencas de los ríos Choapa y Elqui, la situación de los crianceros en la región de Coquimbo es “absolutamente catastrófica”. “El animal se alimenta de la vegetación natural que nace principalmente de la germinación de semillas con lluvias invernales, y esas lluvias invernales comenzaron a desaparecer. Por lo tanto, al no haber vegetación que sustente el suelo, este se va desertificando. Sin agua eso se va perdiendo”, señala.

A pesar de las dificultades de vivir en una de las zonas más golpeadas por la sequía, Rojas se rehúsa a abandonar la actividad que heredó de su familia: “Ese tema en mí no pasa por dejar de criar cabras, voy a seguir luchando quizás hasta cuándo, hasta que Dios me dé vida con mis animales”. 

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